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27 febrero 2026

Acamapichtli

 El manuscrito no es ilegible, pero estaba traspapelado, imprudente forma del olvido.

Le fue dado todo el poder porque la tarea no era fácil, debido a su condición de primer Tlatoani de Technotitlan; no lo sabía, pero su vida encerraba una paradoja pues tenía el raro destino de Moisés, y debía conducir a su pueblo desde los territorios del Aztlán hacia un centro político y religioso que permitió el traslado de los Mexicas, por exigencias insólitas del rey Atzcapotzalco, debían marcharse hacia otras tierras. La ciudad era sólo una isla, pero tuvo la visión de construir jardines flotantes para desarrollar la agricultura y alimentar a su gente.

No tuvo más opción que conocer las formas de las divinidades del poder, para mirarse a sí mismo, y definir el destino de todos entre la siembra, la navegación lacustre y la guerra.

El palacio superaba en mucho en suntuosidad, a las rústicas casuchas de piedra de su gente, y se transformaría en el universo posible de sus decisiones; la soledad del poder lo fue arrastrando a un ciclo interminable de opciones, que no sólo reflejaban su imagen, también, las múltiples vidas que pudo haber llevado por los múltiples beneficios o perjuicios que ocasionaría a los que vivían en los cuatro barrios del pantano. El arduo destino de toda la comunidad estaba entre sus manos, así como las incomprensibles ocasiones del futuro.

No contaba con los recursos actuales de la ciencia, y a unos pocos hombres de confianza relativa se les permitía la promiscua hechicería de sus opiniones. Todo ayudaba a crear un mundo en el cual se mezclaban las ficciones de los sueños, los espejos de la idolatría y los laberintos del poder; su única sabiduría estaba reducida a estas promiscuas iniciativas.

Existía una doctrina general de los sueños que simbolizaban la opinión de los dioses sobre los problemas a resolver; cuando dormía y veía la muerte de un animal, ofrecía el sacrificio humano para obtener un voluble fin buscado; cuando transitaba por el túnel que conducía hacia la galería de plata que nunca hallaron los conquistadores, esperaba reflejarse en ella como un guerrero victorioso o en derrota, según los humores del peyote; al entrar y salir de los corredores de plata, se encontraba con senderos convergentes y divergentes que le impedían transitar en forma sencilla, y que habían sido diseñados así, para que los intrusos no se lleven el precioso metal.

Su existencia de divinidad transcurría en ese pequeño cielo que le había sido deparado y que no podía compartir con nadie, salvo el contacto con las veinte esposas que le suministraron los veinte jefes principales de los Mexicas para las habitaciones del palacio; sus hijos prolongarían el linaje hasta el definitivo derrotado: Cuauhtémoc.

Los primeros años de su reinado fueron prolíficos ordenando a los arquitectos constructores la disposición de la nueva ciudad, conectada a tierra firme por tres amplias calzadas. Cada una de ellas contaba con puentes de madera que podían ser retirados en caso de ataque o inundación; una vez terminadas las obras religiosas y civiles, comenzó a notar el hastío del poder; intentó imaginar un mecanismo para tomar decisiones de una forma simple y la tarea se le volvió imposible.

Los augurios de los sueños no le informaban demasiado y la reiteración de los sacrificios humanos, le dejaban percibir que existía un fuerte descontento ante las inmolaciones de la sangre; llegó el momento en el que debía verse en los reflejos de la galería de plata para intentar reconocerse como el guerrero virtuoso y condescendiente con su pueblo que siempre había querido ser, pero los laberintos le impedían una y otra vez, llegar con facilidad al núcleo argentífero del palacio para reflexionar frente a su imagen espectral y algo deformada, pero una imagen de espejo, al fin y al cabo.

Los años posteriores lo llevaron a encontrarse en aquellas galerías laberínticas con imágenes o figuras de los sacerdotes que habían influido en su vida, ancianos que contaban escenas de su pueblo y siempre le advertían sobre la ambición desmedida. Nunca supo que persistían allí, debido a la conservación que le prodigaban los extraños gases del lugar, originados en su escasa ventilación; la falta de oxígeno provocaba la aparición de aquellos espectros. Cada encuentro ofrecía una lección en la que se demoraba y le insumía un tiempo que lo alejaba una y otra vez del destino común.

En algún momento se topó no sólo frente a los caminos divergentes en aquellos túneles subterráneos, también, al llegar a la galería de plata de los espejos se veía vestido con traje de guerrero o con traje de sacerdote, imaginando así que debía optar entre la guerra o la paz. Cuando volvía a salir de la galería y frente al nuevo laberinto, interpretaba que todas aquellas posibilidades consistían en un solo momento y que su vida era un reflejo de las decisiones colectivas de su pueblo o la suma de las vidas de sus ancestros. Comprendía que, aunque el destino pudiera parecer predeterminado siempre había un espacio para la elección, que es la obrera del éxito o la frustración.

Terminó convirtiéndose en un símbolo de la multiplicidad de la existencia, interpretando que el existir no era más que el cúmulo de las infinitas posibilidades que lo rodeaban y la sucesión de los linajes que moraban en sus venas. La vida de los otros, el acierto o el yerro de sus decisiones, las circunstancias o los empeños.

La noticia llevaba la firma de un tal Borges.

 

13 enero 2025

INFORMACIÓN

A todos los que siguen esta página:

   Han sido vuestros comentarios y observaciones los que me han llevado a editar una obra en Amazon, cuyo título es 'Cuentos de metafísica', en colaboración con el escritor Luciano Fernández Mata. Motivo por el cual, algunos de los cuentos que se dejaban leer en esta página, han debido ser suprimidos por razones legales dispuestas por la empresa, y se han incorporado a la edición.

   Hay expresiones que han caído en desuso como consecuencia de la revolución tecnológica del siglo xx; la ciencia ha puesto delante del público una visión diferente de lo cotidiano: todo se explica por alguna causa; la tecnología aceleró los tiempos de la información y nos introdujo en una sociedad de imágenes. Ambos factores parecieran explicarlo y comunicarlo todo. La palabra metafísica ha sido archivada, quedando relegado su objeto de estudio, a aquéllo que cada uno puede percibir o no, respecto de cuestiones que ni la ciencia ni la tecnología aún pueden explicar. Proponemos en la obra, a través del recurso didáctico del cuento, un recorrido por situaciones que muchos perciben y pocos analizan, pero sobre las que todos reflexionan en algún momento de sus vidas.

    Les dejo el link para aquéllos que deseen adquirir la obra en formato Epub o físico:  

          Amazon - "Cuentos de Metafísica" Juan López de Rivero

      Agradezco el seguimiento de ustedes, y seguiré publicando otras reflexiones en este mismo blog. Saludos cordiales.

                  Juan López de Rivero.

    

15 noviembre 2024

Un pensador español del siglo XVI

 

Conoció el coraje, la excomunión y tres estancias en la cárcel por deudas, circunstancias comunes en aquellos tiempos. Navegó pelea en combate importante y en alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros -atestó-; pero bastaba la muerte del valiente comandante que luchaba junto a sus tropas, para que sus soldados quedaran olvidados hasta una nueva guerra, si es que conservaban alguna aptitud física.

Eran comunes las heridas mal curadas, las septicemias que generaban amputaciones por falta de antibióticos, la pérdida de falanges en los dedos por el esfuerzo de la espada en el cruce de los aceros ignorantes del otro y la segura caída contra la enorme caballería.

Sólo un milagro dejaba entero a cada uno de los que formaban parte de los ejércitos torpes en disciplina o entrenamiento adecuado-. El tronar de las avanzadas por mar -y lo dejó por escrito- cuando las proas en mitad del mar espacioso, las cuales, enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado más espacio que el que concede dos pies de tablas del espolón…viendo que tiene delante de sí tantos ministros de la muerte como cañones que se asestan en la parte contraria, imposibles de esquivar por los torpes movimientos de velas, siempre dependientes de los infieles vientos.

Los regresos al poblado eran con gloria pasajera y con más deseo de mujer abandonada que de recibir panegíricos; los reyes olvidaban pronto los servicios prestados. Había que volver a salir por los caminos de aquella España porque se les había negado empleo, aun cuando sirvieron a tan importante señor en trance de alto riesgo y con secuelas evidentes en el físico. Los hidalgos comandantes que habían armado las expediciones para entrar en combate, muertos que fueron por batalla o edad, terminaron en estatuas, pero las estatuas no retribuían favores; escaseaban los trabajos rurales u oficios de artesanos, los precios de productos y materias primas habían escalado de una forma desmedida, y en los siglos XV y XVI la situación se había vuelto desesperante; el paulatino empobrecimiento de rentas y salarios dejaron a Valladolid, Toledo y Segovia con la mitad de sus habitantes, emigrados todos al nuevo mundo, al igual que Ávila, Castilla, Galicia, Aragón y Valencia.

El camino de Indias había sido emprendido por los hidalgos pobres, francos venidos a menos, menestrales y rústicos, que soñaban con ser señores de indios, propietarios y vecinos de solar conocido para dejar a sus descendientes; aun cuando hubiera que aguantar las penurias y la indiferencia de aquéllos que se quedaban en la metrópoli ignorando la epopeya que imponía la conquista.

Habían hallado la vía navegable a Cipango, sin el riesgo de enfrentar a los otomanos, y colocar en Europa las especies provenientes de la India; una cuestión afrodisíaca y culinaria, terminó por empujar a los navegantes a atropellar contra un nuevo continente, al principio desconocido e ignorado, más tarde, el germen de múltiples consecuencias de todo jaez. El oro y la plata fueron superando la edad de la permuta y su búsqueda movilizaron espíritus, esfuerzos, traiciones y conquistas, para fortalecer las siempre alicaídas arcas reales.

España no podía escapar a la lógica de los efectos incalculables de empresas inesperadas. Las grandes cantidades de metálico que comenzaron a fluir desde México y Perú, generaron un importante desequilibrio de precios y rentas en la península ibérica; aquello que desde un principio se interpretó como una ventaja de la riqueza imprevista, produjo un empobrecimiento general, multiplicación del costo de las mercaderías y una devaluación correlativa del oro y la plata, debido a la repentina abundancia de ambos; en dos siglos, cualquier producto que costaba cuatro reales pasó a valer veinte.

El reino había creído que los metales eran la riqueza misma, y no una representación del trabajo, tal como hoy se ha interpretado a través de los científicos de la economía. La carencia de minas argentíferas, había establecido a la plata como el patrón universal de cambio, y la inundación de este metal que se produjo en España y luego en Europa, provocó en el albur de las amalgamas que se utilizaban para acuñar la moneda, una consecuente escasez de cobre que lo arrastró a Felipe III a prohibir la circulación de alguna de ellas cerca de los puertos, para evitar la migración de la calderilla de feble hacia el extranjero; una de las tantas ilusiones del poder, que prohíben lo imposible.

Quienes llegaban a la América Australis comían carne dos veces por día, prefiriendo abandonar títulos, marcas y condados y devenir en comerciantes, artesanos, y se harían criollos con el tiempo, abonados a los movimientos revolucionarios; no es aconsejable la patria sin comida.

Algunos quedaron en sus burgos natales para narrar, acaso sin mencionarlo, este problema que se había generado en la alteración de la vida doméstica. O bien nunca lo supieron, o bien sabiéndolo lo ignoraron adrede, por razones patrióticas; al fin de cuentas, él, había sido héroe para el hijo de su emperador en la batalla.

 Describió con precisión los pesares por los que atravesaba toda la gente en la empobrecida metrópoli, aun cuando nada dijo de sus causas, acaso por desconocer principios de la ciencia y entusiasmarse con los devaneos literarios de los relatos en prosa; prefirió deambular por la meseta castellana, y lo ignorado fue América, imaginando sus desgracias con una retórica que engañaba a mozas, curas, tenderos y condes. Era una forma también de olvidarse de sí mismo, y dejar de lado los desprecios que había sufrido por parte de aquéllos a los que había servido bien. Prefirió la caballería y descartó la navegación en la expedición de Cortés o Pizarro, tratando de mejorar fortuna sin perder su decoro educado en el honor.

Optó por la cautela de la novela elíptica, romántica y cruda, al panfleto de la denuncia fácil, torpemente periodístico, acaso para evitar un nuevo calabozo que lo hubiera abandonado en la historia pueril de la meseta, de la diatriba fácilmente reconocible por la torpeza intelectual del poder. Ocultó sus designios y no pudieron descubrirlo.

En cada personaje ubicó a traidores, amores, amigos, letrados, borrachines, caminantes, monjes, todos cubiertos por un manto de piedad literaria sobre la realidad agónica, pero de espíritu libre y esperanzado, aventurero. La culpa era de las novelas de caballería, tan delirantes como la sensación de la riqueza fácil.

Selló el carácter de España para siempre; nadie lo advirtió.

El rey y sus censores, incautos en sus aprobaciones, predicaban que el gran escritor había derrotado al odioso género del populacho; se equivocaban, eran ellos los derrotados.

El duque de Béjar, Marqués de Gibraleón, Conde de Benalcázar, Vizconde de la Puebla de Alcocer, Señor de las Villas de Capilla, Curiel y Burguillos, acaso por darse cuenta de la trampa, nunca contestó su dedicatoria por no enemistarse con la monarquía.

Imaginó a un loco haciendo y diciendo locuras, quejándose por escrito de la edad tan detestable como es ésta en la que ahora vivimos; sólo los locos quedan exentos de reproches, y él lo sabía.

La hambruna del rocín y su jinete; la torpeza de Sancho en la ínsula Barataria, cuyo gobierno se fue como sombra y humo por haberse subido sobre las torres de la ambición y de la soberbia; su utopía, la siempre ausente Dulcinea amada, a quien le dio el título de señora de sus pensamientos; su testamento al escudero, al pedirle perdón amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.

Formas solapadas de rebeldía en las perpetuas metáforas.


26 octubre 2024

El tren que dejó de pensar

El fausto de puntualidad ferroviaria hizo que el tren partiera a las 14.12 del lunes, tal como estaba anunciado. Por años se había reclamado el regreso de un servicio que tuvo su prestigio, y que el síndrome del cangrejo argentino descartó, contra la opinión mundial que cultivaba la necesidad de su mantenimiento y el progreso tecnológico de sus velocidades y prestaciones.

            Con coches reacondicionados y vetustos, propios de la Europa de posguerra y que no superan los 90 km/h, se subieron esa tarde con la alegría de saber que había un viaje posible, sereno, con baños limpios y un comedor para distender músculos en el tránsito hacia un café con leche y dos medialunas. Los hombres evitarían los salpicones de los vaivenes de los baños de los ómnibus en las rutas, al colocarse de pie, frente al bamboleante excusado.

Pedro Aguado recordaba episodios de su infancia, viajando en servicios de lujo hacia Mendoza y Mar del Plata con cine abordo, y le bastaba conformarse con este recuerdo del pasado, para mascullar que en un presente distante de lo suntuoso, cuando menos se dejaba advertir alguna clase de promesa para mejorar en tiempos venideros; vio a los empleados del ferrocarril con saco y corbata, controlando boletos e informando a los pasajeros la obligatoriedad de no tirar papel en el inodoro, para evitar la clausura del artefacto aliviador de desechos; los escuchó impartir generosas recomendaciones acerca del uso de auriculares, para no molestar a otros; los niños impactados por el viaje a emprender en aquel grande de metal, imitaban con sus voces el sonido de las bocinas de la locomotora cuando atraviesan un paso a nivel, sorprendidos y expectantes; un piélago de gente buscando su asiento para ubicarse y portando mochilas y bolsos de mano, trasladaba la mitad de sus hogares. Se acomodó frente a una de las generosas ventanillas que le permitirían disfrutar del campo, el sereno ingreso a las estaciones de construcción decimonónica inglesa del recorrido, con andenes somnolientos, perros sorprendidos y respetuosos del paso del monstruo acerado.

Antes de partir, se había desplegado sobre las pequeñas mesas una parafernalia de mates, termos y celulares. Estos últimos encabezaban la lista de adminículos personales; eran portados con un torpe orgullo, como lanzas predispuestas a la batalla en las guerras de la independencia. Más tarde, Pedro se dio cuenta que el combate era verdadero: el enemigo era la especie humana.

Los rostros de los pasajeros tornaron en una presencia de ausencia, similar a la de los muertos, se fueron adhiriendo a las pantallas con gestos de insobornables inteligentes y rictus satisfechos por la pasión de ignorar todo lo que los rodeaba, menos el teléfono; cautivados por un imperio de la información propia -ya se verá- y ajena, que los hace creer libres y cosmopolitas, cuando en realidad son cautivos de la supresión del pensamiento. Una oferta y demanda de naderías que cambia la observación de la realidad y nos digitaliza la vida en el medio de promociones de viajes a Cancún, aun para quienes apenas pueden pagar un subvencionado billete de tren. Pedro me contó estas preocupaciones, a partir del primer episodio que presenció, y lo llevó a un cúmulo de cuestionamientos que pudimos compartir durante una tarde posterior al viaje.

Una señora de más de setenta años, según sus cálculos de sospecha etaria, sentada en diagonal a su asiento, una vez que se ubicó en el mismo, tras confundir su número de plaza por falta de observación de la realidad-cartel, desplegó su mate, tres alfajores, un paquete de galletitas y una tableta electrónica para ver películas; dio inicio de inmediato a una alborozada transmisión de mensajes orales por celular, a siete parientes, reiterando siempre el mismo contenido:  “¡qué alegría!...acabo de conseguir un pasaje para llegar a la operación de mi nieta; le descubrieron un pequeño tumor en su costado izquierdo, y viajo para ayudar a mi hija, aunque sea a cocinar, viste”. Reiteró una y otra vez la declamación de sus preocupaciones familiares, y luego, escuchó en alta voz las siete respuestas de similar y ubicuo formato conmiserativo que recibió de inmediato. Era indudable que había interpretado la solicitud del uso de auriculares, sólo como una sugerencia, y no como una exhortación.

Compartimos con Pedro la siguiente reflexión.  La alegría de la señora no se debía al hecho de realizar el viaje para seguir de cerca el lance quirúrgico de inminente comienzo; tampoco porque podría prestar alguna clase de ayuda en el momento de la controlada atribulación familiar por causa de la salud de la niña. Estaba contenta porque había conseguido un pasaje en tren. Aquéllo que suele ser un trámite normal, y hasta de último momento, en países de economías ordenadas, entre nosotros se convierte en una desventura cotidiana, debido a que en lugar de invertir para colocar más servicios que satisfagan la demanda de estos billetes, se somete a los usuarios a un galimatías propio de una ecuación algebraica, al sólo efecto de adquirir un derecho de viaje, por unos cuatrocientos kilómetros. La abuela se había parado al lado de la ventanilla de ventas, y veinte minutos antes de la partida de la formación, pudo adquirir un billete que devolvió otro pasajero; fue lo primero que había transmitido a su hija, desde el kilómetro cero del recorrido descendente.

Seis pueblos más adelante, se suspendió la operación de la nieta porque llegó al quirófano y no le encontraron el tumorcito; se había ido para adentro, según las literales palabras de quien la mantenía al tanto del episodio hospitalario.

La preocupada señora insistió con frustrar otra vez el intento de siesta erguida de Pedro. En esta segunda ocasión, repitió las siguientes comunicaciones orales de idéntico contenido, anunciando la operatio interruptus, agregando a cada uno de ellas “se escucharon nuestras oraciones, yo sabía, se le fue para adentro, tendrán que buscarlo ahora”. La comunicación pública de ida y vuelta de la pasajera duró no menos de tres horas, en tanto que comenzaron a agotarse las cargas de las baterías de otros concurrentes que también emitían mensajes orales más discretos, pero obstinados; nadie se rendía. Algunos exhibían un segundo celular y otros los enchufaron en los centros de carga del tren. Omitiré los detalles del noviazgo de la divorciada que tenía a su lado mi amigo, porque se alternaban con la cirugía de la locuaz señora de enfrente y el recatado lamento del joven de atrás, por no haber aprobado anatomía en la facultad de medicina, y en definitiva, Pedro pudo haber confundido minucias informativas por lo simultáneo de la murmuración ensordecedora de aquellas congojas. No quedó intimidad por escucharse.

En la mesa del sereno café ubicado en Berutti y Austria, en diálogo cara a cara, compartimos algunas meditaciones que han perdido su autoría, producto de la espontánea y amical conversación.

A través de la amplia ventanilla, mi amigo vio cómo se acumulaban palmo a palmo, kilómetros enteros de vacas, caballos, ovejas, chacras, los indiferentes silencios de los alambrados de la llanura bonaerense y sus posibilidades de serena observación, que invitaban a una pausa de la rutina; sobre las cosas transita la inteligencia porque ellas la estimulan, a través de la reacción visual que provocan. Al evitarse la activación de los sistemas neuronales que dan vida a las ideas en el hombre, se ignoran sus principios, y con ésto, el ordo amoris que mencionaba San Agustín, mediante el cual se administra la intensidad de los afectos que se le otorga a cada objeto, según su importancia y el grado de amor que le corresponde; sólo el objeto (aquéllo que está enfrente), puede ser materia de conocimiento y sensibilidad de parte del sujeto. Incluido el sujeto mismo.

No cabe duda que para el informatus sapiens, las cosas no están en la realidad de lo cercano; habita en la nube imaginaria que le lleva la mirada a una pantalla y le impide ver al costado o al frente, al otro o a los otros. Aun en los mecanismos de educación formal sería imposible sostener a un niño durante horas prestando atención a un maestro, sin concederle un recreo; sin embargo, el mismo púber o sus padres podrán estar igual o más tiempo, soldados al mundo digital como verdaderas víctimas de la anestesia electrónica moderna, sin que adviertan la necesidad de ir al baño.

Vivir en el mundo virtual deriva en una innecesaria acumulación de datos que hacen las veces de una enorme biblioteca, cuyos libros apenas se conocen por sus portadas, desaparece la razón y gana espacio la ausencia de recuerdos en la especie humana; la máquina y la nube pasan a ser exclusivas propietarias de la inteligencia -artificial- y la memoria, y ésto suprime una vez más, el pensamiento. Pedro barruntó que sólo progresarán en la competitiva sociedad moderna, aquéllos que sepan distinguir que tales adminículos son un medio y no un fin en sí mismo. Concedo que podría tener razón; el resto dedicará su tiempo a reclamar derechos de consumo.

Si el hombre no controla la ansiedad de las ofertas electrónicas que le dispensan sus aparatos, se ve incentivado hacia viajes oníricos que lo llevan a lugares lejanos, pequeñas y sintéticas historias intrascendentes mediante imágenes de otros, a vivir sensaciones o mundologías que no le son propias, en síntesis, a auscultar un presente efímero que lo deja sin futuro. Al perder la noción de pensamiento propio, se pierde la idea del recuerdo, y con ésto, queda desprendido de los afectos, alejándose de lo real.

Lo real es reemplazado por la noticia lejana y nos lleva a sustituir la verdad por el comentario, a veces inexacto y malintencionado, sobre un hecho determinado pero ajeno. La primicia -forma retórica de la ansiedad periodística- por apresurada, en ocasiones suprime parte de la verdad.

A medida que avanzaba su tren, mi amigo seguía confrontando los dos paradigmas que observaba: por su ventanilla transitaba la vida; el sol de invierno apenas medrando las huertas de hortalizas de temporada, apoyaba su efímero calor sobre las boinas vascas de los paisanos que cuidaban la hacienda montados en sus caballos, que sentían el frío en sus caras y conocían la escarcha de las seis de la mañana, porque la baja temperatura era mucho más que un numerito en la pantalla del teléfono. En el interior del tren, un espectáculo circense de negadores de todo aquéllo que se veía afuera, deudores para siempre de una caminata por el campo, del sabor de un litro de leche recién obtenido en alguna de las vacas que pastaban en la perpetua pampa; conocerían todo por fotos, mensajes de corta duración, reiteradas mojigaterías instantáneas, olvidables desde el mismo momento en que se emiten.

Pedro miraba hacia el campo en un intento de abstracción de aquella escena, y advirtió a lo largo del trayecto que hasta los animales tornaban la vista sorprendidos por el paso del tren, ellos entendían que en el mundo había cosas para ver, diferentes de su especie, con la que conviven todos los días en el medio de los pastos. Por el contrario, a las personas no le llamaba la atención aquel cosmos original que se destilaba por el flanco de las vías, y hasta hace poco tiempo pagaban entradas para verlos en los vetustos zoológicos; ignoraban que el pasaje adquirido para el viaje, además del traslado, incluía una apreciada platea al espectáculo de la naturaleza.

La denominada inteligencia artificial los dotará de celeridad para el espasmo neuronal, terminará anulando el pensamiento, elegirá el algoritmo y no el hombre, y los buscadores seguirán actuando subrepticiamente como agentes a sueldo de gobiernos totalitarios que se asignan la libertad de elección de los contenidos bajo un mandamiento comercial. Los esclavos de la Roma Cesárea han mutado en autoesclavos.

La especie humana ya se confundió cuando bajó a la tierra el edén prometido en la Biblia, para convertirlo primero en el milenarismo del mercado (homo economicus), luego en la cosmovisión  de la dictadura del proletariado con su utópico paraíso terrenal al final de la historia (homo faber) y ahora ha quedado atrapada como el homo ludens, desorientada en el mundo digital y despreciando su propia inteligencia, regalando su intimidad al atormentar a sus ocasionales vecinos de ruta con historias sin ningún interés para otros. Algunos personajes despreciables, ocultan su identidad y crean perfiles anónimos para atacar a otros, cuestión que los convierte en verdaderos canallas, porque ésto en el barrio no se hacía, por temor a la segura réplica de la trompada ajusticiadora del agraviado; se esconden en la trinchera de una pantalla cobarde y lejana.

Algunos conocen a sus hijos sólo por las cuantiosas fotos de las vacaciones y las ofrecen en las redes sociales para que pasen a integrar la colección que anida en los ordenadores de los enfermos pedófilos, que en nada se interesan por saber si estás en una playita con la nena de tres años porque sólo buscan la foto de la nena; el homo sapiens en etapa de rendición.

Por años, los doctores de la ley trataron de decodificar en los Libros Sagrados dónde se ubicó el edén de la tragedia inicial. Los estudiosos de la Torá hicieron mil alquimias con los números, pero todo fue ineficaz: ni rastros de los frutos prohibidos. Isaías Hurwitz, uno de los más sabios cabalistas del siglo XVII, buscó la puerta del cielo (Sa’ar Hassamayin); resulta por demás curioso, que las recientes generaciones crean que la han hallado en una pequeña pantalla.

Pedro también recordó una curiosa observación de Umberto Eco, en orden a una paradojal relación entre el software y la entidad a la que  se le llama alma, toda vez que el mundo de la electrónica transfiere mensajes de un lugar a otro sin perder sus características, y sobreviven como un inmaterial algoritmo cuando abandonan un teléfono y se trasladan hacia una computadora, recordando imágenes, recados, es decir, conservando sus propiedades originarias; por esta vía explicaba la posibilidad de la muerte y la resurrección -aun si decirlo explícitamente-, debido a la conservación en algún lugar del algoritmo intangible del alma, que luego de la desaparición física, permitiera su reproducción exacta. Con el recuerdo del filólogo italiano, Pedro sugería, que esa paradoja invitaría a pensar que existe el Espíritu Santo, toda vez que hasta la palabra ghost fue utilizada por la informática en sus primeros tiempos, y mediando esta tecnología, resulta sencillo escribir en español con el programa adecuado, y efectuar una traducción simultánea a múltiples idiomas.

Todo ello, mediante una interminable e incomprensible combinación de numeritos binarios. Claro está, que una sugerencia de esta naturaleza, nos llevaría a pensar que la humanidad se ha vuelto religiosa sin saberlo, por la Gracia de aquel miembro de la Trinidad, y en función de lo expuesto, se manifiestan sus dones, tales como el de hablar todas las lenguas y la ubicuidad universal. Nos propusimos dejar esta cuestión para los estudiosos de la metafísica o la informática.

Mi amigo tuvo ocasión de leer estas líneas sobre los hechos que provocaron sus preocupaciones y las mías. Se limitó a comentarme que no compartía el epígrafe que le asigné, porque los trenes mantienen un logos, una lógica mecánica y autómata pero inteligente, que los lleva en general, a no abandonar las vías por causa de distracciones banales, y así nos trasladan de un lugar a otro; es el hombre quien pareciera estar perdiendo su camino de hierro: pensar y mantenerse en una individualidad decorosa, en tanto integrante de una comunidad que debiera superar las conductas imitativas de los simios y el parloteo torpe de los loros.

Tenía razón en orden al título de mi comunicación, pero en el preciso momento de editarla me distraje con un llamado entrante del celular, y olvidé cambiarlo.

No dejo de pensar en los reiterados mensajes de la señora que había orado y transmitido el motivo de sus plegarias por el ghost de su teléfono ¿habrá sido escuchada por Alguien, y se produjo el milagro de la desaparición del tumorcito de la nieta?


09 abril 2024

Una posible vindicación de Juanito.


    Juanito Gamallo tenía 58 años en 1924. Vino al mundo en la calle de los Dolores 3, Padrón, provincia de la Coruña, en la propiedad familiar que siempre ocupó. Por faena del destino decidió viajar a Buenos Aires en aquel año, a modo de conclusión de un sostenido esfuerzo que había hecho toda la familia. Tiempo atrás habían decidido con su mujer, enviar a todos sus hijos a América, de dos en dos, porque estaban abiertas las heridas de la guerra de Filipinas y temían lo peor: un nuevo reclutamiento; los primeros fueron los mayores, y así, escalaron la aventura, hasta el turno de Carmen y las dos últimas hijas menores, que embarcaron con Juanito; diré tan solo para el placer de los calculistas, que el matrimonio había concebido un total de 22 vástagos, pero sólo 15 participaron del emprendimiento, debido a que el resto falleció por cuestiones propias de la humilde medicina de la época. 

    Mientras transitaban en carreta los caminos ripiosos y polvorientos que los depositaron en el muelle de embarque, aquel padre fue repasando con silenciosa melancolía los hórreos de cámara rectangular y rusticidad pétrea, ese testimonio arquitectónico celta provisto de ásperas columnas y difundidos por las cantigas de Santa María; el verde húmedo de los prados, los encuentros con los caminantes hacia la tumba del Apóstol, las vides que sombreaban las estrechas sendas, el humo de las chimeneas de las piedras apiladas formando villorrios; la paciencia de los burros en la tarea del segado de pasto en las montañas, caminando entre cabras, pavos, alguna vaca, y los compasivos cementerios de la campiña; pasaron un valle tras otro, hasta hundirse los viajeros en la ría grande del puerto. 

    El barco zarpó de Vigo, pero las dos pesetas que ganaba por jornada como platero en la catedral de Santiago de Compostela, nunca hubieran alcanzado para costear los gastos de cuatro pasajes en la última clase del vapor Formose. Sólo las remesas de dinero de los hijos mayores y la venta de la única propiedad, macilenta por el número de habitantes que se habían calentado en derredor de su fogón durante más de cincuenta inviernos, dieron lugar al traslado final, que se creía auspicioso y definitivo; sobre las piedras de esa casa quedó el vestigio de las pobres dietas de varias generaciones. El viaje no fue distinto al de otros emigrantes, incómodo por los vómitos de los primeros días y el apilamiento en un sector del buque privado de comodidades, sólo era sobrellevado por el recuento de la abundancia que informaban las cartas de los hijos mayores. La Argentina era tierra de ofrecimientos. Y así fue; aquellos que los precedieron fueron trabajando sin problemas.

    Cuando desembarcó en la capital del Plata, le bastaron pocos días para advertir que no le sentaba el aire pegajoso y afiebrado de las sudestadas del invierno, el bochornoso y agobiante verano austral; no le sentaba la falta de montañas, un río que no era su mar, y una dieta que excluía el aceite de oliva, el rioja y el pan de masa madre en el horno de leña doméstico con entrepernado de jamón ibérico. Carmen tampoco le sentaba demasiado; luego de haber parido tantos hijos, y a causa de un carácter demasiado duro, ajeno a las sutilezas del canon matrimonial de estilo para la época; muchas órdenes y poca obediencia. 

    Se volvió solo a España, quedando toda su familia en el exilio de su afecto, y barruntando para sus insomnios, los motivos de la desnaturalizada decisión. Por aquellos años, la psicología no era una ciencia, y en la distancia del tiempo y por el albur de las suposiciones, sólo cabía vaticinar que había dejado algún amor prohibido, acaso con más hijos, en la Galicia que sangraba migrantes, con la ayuda de su oficio que lo llevaba a vagar, cincelando las iglesias gallegas; los benignos, especularon con que le faltaba el pulpo a feira, los chorizos con cachelos, el cocido gallego, la orella o las xoubas. Sus hijos poco hablaron de la cuestión y lo imaginaron trabajando nuevamente en la grandiosa catedral, formando un nuevo hogar o prolongando uno anterior, sin deseos ni expectativas de volver a verlo, debido al siempre inoportuno abandono. 

    La historia, de allí en más, le dejó reservado en la familia el sitio de los canallas, de los gitanillos vividores y saltimbanquis que van de pueblo en pueblo labrando plata, engañando y embarazando mujeres para que se entretengan en sus ausencias de circo errante; un hogar aquí, otro por allá, y el padre siempre con excusas de trabajo, distancias, desparramando genes para huir de la rutina policial hogareña; nada más se supo de él. 

    Tengo ante mí, una carta de 1928 firmada por Juanito, y que hallé en manos de un anticuario y coleccionista de sellos postales en la calle José Gómez Posada Curros 10, Vigo, y que la había guardado para darle justicia en algún siglo, a alguna historia familiar; se puede leer en aquel papel con trabajosa caligrafía y que nunca llegó a enviarse: “… Dígovos que despois do meu regreso confirmouse a miña sospeita; padecía unha tuberculose que me impedía respirar alí o aire; volvín ao aire dos montes de Padrón, agardando a miña morte; esta é a miña terra... os meus fillos están a salvo de calquera guerra…”.

Se desconoce la fecha y el lugar de su muerte.


05 noviembre 2023

Teodorico y su laberinto teológico

    Flavio Teodorico 'el Grande' fue rey de los ostrogodos, patricio del imperio y gobernante de la prefectura de Italia (474-526); tal como era costumbre, había sido enviado por su padre como rehén a Constantinopla, para asegurar el pago de los tributos de sus tierras, y allí recibió una educación grecolatina, motivo por el cual era conocido como ‘el filósofo vestido de púrpura’. Desempeñó un papel importante en las disputas eclesiásticas de las primeras épocas del cristianismo y como todo militar romano había adscripto a la herejía arriana. 

    Las discusiones religiosas eran intensas aun después del Concilio de Nicea (325) convocado por Constantino, debido a que los gobernantes del imperio buscaban ganar la confianza de sus pueblos y las autoridades eclesiásticas, en épocas en las cuales también era común la inestabilidad política por la paulatina disgregación del poder centralizado romano; aun así, rindió tributo al emperador Zenón de Constantinopla, quien lo envió para reemplazar al general Odoacro, al mando de la provincia itálica. Para sustituirlo organizó un banquete y lo mató con su propia espada, mientras el reemplazado moribundo le preguntaba ¿dónde está Dios? Su eficacia brutal en modo alguno le impidió reflexionar sobre la pregunta final, y habiendo gozado de longevidad, meditó una y otra vez sobre la respuesta adecuada, según cuenta en sus memorias su yerno Eutarico, consignando alguno de los desvelos teológicos del padre de su esposa Amalasunta. 

    El arrianismo fincó su esfuerzo central en la racionalización de los misterios divinos, y por esta vía, no admitían la existencia de la Santísima Trinidad, colocando en crisis la divinidad de Cristo. Este resultado de simplificación religiosa, llevó a una más sencilla aceptación de las doctrinas de Arrio en la base militar del imperio; el esfuerzo no requería el poder de una inteligencia en abstracto para interpretar la consustancialidad del Hijo, y fue así que penetró fácilmente en el espíritu de los toscos hombres de las centurias. Como todo arriano, Teodorico, comenzó por descreer de aquello que los teólogos de oficio escudriñaban en los misterios, por considerar que en muchos casos se cometían extravagancias, y era partidario de ver las cosas como aparecían a simple vista; fue así que se entregó a la interpretación textual de la Biblia, tratando de responderse aquella pregunta final del asesinado Odoacro. 

    Sostenía que nada había sido improvisado en el plan del Señor y sus rastros se leen sin esfuerzo en los primeros versículos de la Biblia; se crearon los animales, y luego el hombre que debía nombrarlos; dijo el Señor 'hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza; y que le estén sometidos los peces del mar y las aves del cielo, el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales que se arrastran por el suelo'. En este párrafo aparece uno de los primeros misterios de la Creación, el Verbo provoca la incógnita que se planteara el aprendiz de teólogo, que quedó atrapado en algunas de sus expresiones literales. Escudriñó primero, el alcance de la expresión ‘hagamos’; a riesgo de ser considerado hereje, daba a entender que el Señor se encontraba acompañado por alguien más en aquellos instantes fundacionales; descreyó del empleo del plural mayestático. Revisó una y otra vez los primeros párrafos del Libro Sagrado y no pudo establecer a quién se refería. Descartó a la Santísima Trinidad, aun cuando siempre tuvo la duda respecto del Espíritu Santo, por ser éste, el que habría inspirado la documentación de aquellos actos fundacionales; acaso su escritor, y aun así, no estaba mencionado en el parágrafo y no era propio de un arriano, suponerlo. 

    Desechó este primer intento debido a que la consustancialidad de los Tres, no hacía necesario de que Yahvé hablara en voz alta, y bastaría sólo con que pensara la cuestión y los otros dos la entenderían en el mismo instante; es posible que en la soledad, el hombre hable solo, pero en este caso se trataba de Dios que era puro Logos. La duda lo siguió arrastrando a la segura dimensión de la verificación de su herejía, debido a la intervención de la serpiente en el pasaje en el que induce a Eva, a pecar. La serpiente dialoga con la mujer, con lo cual no es de descartar que aquel animal tuviera el don de lenguas; de hecho, el Señor se dirigió a ella, maldiciendo su actitud y con claridad refiere el texto Sagrado ‘…Y el Señor dijo a la serpiente…’, condenándola a arrastrarse sobre su vientre y otros pesares ...

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Agradezco el seguimiento de ustedes, y seguiré publicando otras reflexiones en este mismo blog. Saludos cordiales.

                                    Juan López de Rivero.

29 octubre 2023

El faro y su paradoja. Canto a los héroes de Claromecó.

 Desliza una tosca rigidez de silueta que ondula

Como aquella Leucótoe que atrajo al Sol

A su lecho griego, desorientando en la pasión,

Al día, a las horas, y a la Luna

 

Metido entre el viento y la llanura,

Gira y gira, a izquierda y a derecha,

Alrededor de su luz afantasmada

El agua se adecenta por su brecha

 

Los marineros sueñan la noche exacta

Imaginando la paz de una alcoba en Bretaña

Y escuchan una fémina y tunante voz inglesa

Que les cambia la luz por la histórica patraña

 

Malvinas, le había deparado este destino,

Por faena del fervor de la Patria y de su ingenio,

En lugar de guiarlo en la tormenta

Debía confundir y extraviar al enemigo

 

En el insomnio azul de la cúpula segura

Los alumbra y oscurece como un sino

Dibuja y desdibuja la derrota

Corrigiendo al compás sus desatinos

 

Los atrapa con el relato de Ptolomeo

Sufriendo por el amor de una mujer en Pharos

Los enreda con historias y borrascas

De amores, naufragios y desvelos

 

Les marca el límite de la tierra

Que no podrán pisar sin escarmiento

Claromecó, Cabo de Hornos, Ostia,

Livorno o la linterna de Génova

 

No importa el capricho topográfico

Se encuentra como estaca en su arena

Con el cuerpo ajedrezado a dos colores

Y el resplandor perpetuo entre sus venas

 

Y sigue allí, desafiando la brújula y las técnicas

Si fuera derrotado por la ciencia,

Su inevitable imagen ya es eterna,

Su recuerdo, algo más que una leyenda.

 

16 octubre 2023

La cuarta protoforma matrimonial

 

   La inmensa península Arábiga es un desierto deudor de agua y plantas, de proporciones inimaginables para el hombre, que puesto allí, con la idea de poblarlo, debía cuidar las ovejas y proveer manos al tránsito de las caravanas que ingresaban desde Arabia del sur, rica y fértil, que producía incienso, mirra y otras sustancias aromáticas, hacia el Egipto faraónico y las provincias sirias del imperio Persa; sin herramientas, con multitud de camellos ignorados por el Corán posterior, y el designio de las cualidades amatorias del varón y la mujer, sutilmente imaginadas por algún dios, de entre tantas entidades que se alababan por aquellas soledades. Los babilonios, cananeos, fenicios y hebreos no conocían la zona y se registran los primeros combates alrededor del año 1100 (ac) entre israelitas y los nómades de Palestina; a estos últimos se los conocía como los hombres del Madian y las hostilidades eran permanentes entre ellos desde los tiempos del juez Gedeón (Jueces, 6, 2-5).

    Era tan importante multiplicar los corderos como centuplicar la especie erecta para la guerra y la subsistencia; se necesitaban pastores, guerreros y beduinos. La soledad y el aislamiento era lo habitual. En un hadiz atribuido a Urba b. al-Zubayr, se refiere que Aisha, una de las esposas preferidas del Profeta (sea tenido con Alá, clemente y misericordioso) halló cánones matrimoniales muy comunes en los primeros años de la Hégira, y se empeñó en tratar de ordenar las protoformas de esas prácticas de la época preislámica o yahiliyya; algunas de ellas eran fuente de confusión y disputas entre los hombres. Eran cuatro los métodos para unirse en matrimonio antes de la iluminación de Mahoma (la paz sea con él): 1) este primer formato era muy similar al actual, y por su medio,  un hombre proponía matrimonio al tutor de la mujer o a su padre y este último le asignaba una dote; 2) cuando el hombre no podía tener hijos, mandaba a su mujer a cohabitar con otro hombre; 3) un grupo de diez individuos como máximo, tenían por turno relaciones con una misma mujer, y cuando ésta quedaba encinta y había dado a luz, los convocaba y asignaba la paternidad del niño a uno de ellos; el elegido no podía sustraerse a la asignación. 

    En lo sustancial nos interesa una cuarta forma preexistente (4), debido a que era la más compleja de sobrellevar, por ser cuna de confusiones. La mujer, en muchos casos viuda o huérfana por los constantes combates que existían por la zona, colocaba una bandera en su puerta a modo de insignia, permitiendo que todo varón que deseara entrar, pudiera hacerlo libremente. La franquicia se extendía hasta su primera falta; cuando nacía el niño se convocaba a los fisonomistas para establecer mediante un juicio de aproximación corporal, quién era su padre. Ningún hombre solía negar esta paternidad, menos aún si el niño era varón, por lo útil que resultaría con los años para los menesteres de pastoreo o tareas de guerra. La época condenaba a las mujeres a una tarea exclusivamente reproductora, y a la espera que los padres de sus hijos se dignen a suministrarles alimentos. 

    En una ocasión, tal como era costumbre, se convocó a los fisonomistas para establecer a quién pertenecía un varón nacido en el mes 1 de Sefar; el niño tenía pelo renegrido, piel aceitunada y dos grandes ojos oscuros, facciones que en nada se diferenciaban de aquellas que poseían casi todos los seguidores del Profeta (la paz sea con él). Los peritos resolvían estos casos con más aproximación que ciencia, y en general, buscaban arribar a juicios terminantes para evitar disputas posteriores. Todos advirtieron dos peculiaridades que podrían encaminar la solución del enigma genético: el recién nacido carecía de lunar alguno que pudiera ser comparado con el que poseyera alguno de sus eventuales padres, por otra parte, sus orejas eran más grandes de lo habitual en los herederos de la raza; convocados los hombres que habían  yacido con la mujer, los sabios genetistas advirtieron que ninguno de ellos poseía un lunar en parte alguna de sus cuerpos; se habían presentado veintidós, y ninguno tenía grandes orejas. Las deliberaciones se hicieron exhaustas, citando reiteradamente a la mujer, para interrogarla acerca de otros hombres que podría no recordar y que hayan pasado por su lecho. Una y otra vez, la madre manifestaba su honestidad en orden al número de visitantes que había recibido. No resultaba adecuado asignarle el hijo a cualquiera, porque al crecer, podría carecer de todo rasgo físico similar al de su padre y ser repudiado bajo un fútil pretexto para evitar la obligación alimentaria del progenitor. Optaron por realizar un receso intermedio de la asamblea, a los fines de aguardar, un primer crecimiento del niño para observar otro tipo de detalles: las formas de caminar, correr, hablar. 

    Mientras tanto obligaron a los veintidós varones a sostener con alimentos a quien provisoriamente llamaron Jamil, debido a su gran belleza. Se volvieron a juntar los sabios un año más tarde, y tampoco hallaron alguna similitud física con ninguno de los visitantes del lecho. Repitieron al quinto año y el resultado fue igual de frustrante, a pesar que uno de los hombres creyó reconocer los labios de su padre en los labios del niño; los fisonomistas hicieron comparecer al supuesto abuelo, sin advertir parecido alguno entre ambos, sospechando que intentaron timarlos por cuestiones de ambición, debido a que el niño crecía fuerte, sano y bello. 

    A los diez años de aquel parto, la mujer había dado a luz a ocho niños más, pero a todos ellos se les había ubicado un progenitor. Seguía criando a su lado al huérfano Jamil y no resultaba factible, en sucesivas asambleas de discernimiento, adjudicárselo a alguno de los veintidós hombres. Recurrieron a un trámite extremo; al cumplir dieciséis años decidieron mandar a Jamil a la guerra junto a sus posibles padres, y así todos fueron reclutados, con la idea de probar si aparecía algún rasgo común de valentía, destreza o cobardía, que permita suponer una relación de sangre con alguna de las paternidades. Relegaron la posibilidad de la muerte, pues interesaba en primer término, resolver el litigio del nacimiento. Al regresar el ejército de una batalla en las inmediaciones de Hedjaz, preguntaron a sus capitanes si habían advertido actitudes que permitieran establecer un laudo. Ellos respondieron que todos tenían en común una sola característica: habían muerto en batalla...

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Agradezco el seguimiento de ustedes, y seguiré publicando otras reflexiones en este mismo blog. Saludos cordiales.

                                    Juan López de Rivero.

 




10 octubre 2023

El papiro perdido

 

    Las rústicas casas de piedra marcaban el rústico destino de quien sería olvidado por el imperio y recordado por la humanidad; no pudo soportar su exilio dispuesto por Tiberio y confirmado por   Calígula, y apareció colgado de una viga de quebracho en el equinoccio de la primavera romana, en algún año del siglo I. 

    Cuando regresó de Judea, alrededor del 36 (dc), no pudo saber si fue víctima de un designio de la economía de la Redención o de su propia crueldad. Tiberio había escuchado a los líderes judíos que se trasladaron a Roma para protestar por la matanza de samaritanos en el monte Gerizin; el gobernador estaba perseguido por la sombra de una permanente insurrección que no podía terminar de desactivar, aun después de aquella crucifixión. Se dispuso para él, una diminuta villa con unos pocos acres de tierra en la Galia, que le permitirían una mendicante subsistencia; alejado del mando y la lujuria que le habían prodigado los excesos en Galilea, apenas contaba con espacio para los enseres domésticos, algunos papiros que relataban su despótico ejercicio del poder y las pocas joyas de Prócula que tampoco pudo soportar su impotencia frente a lo Inexorable; había fallecido unos años antes. 

    Su mentor ante Tiberio, Lucio Elio Sejano, lo había acompañado en su vida de funcionario del imperio, y se encargaba de mantener en orden los folios que daban fe de sus actos y que habrían merecido alguna clase de piedad para la memoria histórica, de no ser por la trágica urdimbre de sus decisiones. Lucio pertenecía a una vieja familia quiritaria caída en desgracia durante las traiciones que sucedieron al magnicidio de César; no pudo aspirar a la gloria militar ni a los honores pretorianos, y debió conformarse con acompañarlo en funciones de amanuense para documentar las acciones del gobernador. Fue con él al destierro y ordenó sus documentos, pero aquella mañana había ido al mercado para conseguir algunos encargos de Pilato, y al regresar a la villa, encontró su cuerpo pendiendo de una soga. 

    Conocía los detalles de cada uno de sus escritos porque a él se los había dictado, salvo el contenido de un folio que nunca redactó de su mano y que el exiliado conservaba siempre en su poder, lacrado y fuera del alcance de otros funcionarios; nunca supo qué contenía aquel papiro, hasta aquella mañana en que halló su cuerpo exánime prolongando la viga. Tampoco le fue fácil ubicarlo, aun cuando sabía de su existencia. Revisó uno a uno los textos, leyendo y releyendo el movimiento de las finanzas de la gobernación, la cantidad de tropas apostadas en la región, los juicios que llevó a cabo y las sentencias que dictó, al igual que la cantidad de crucifixiones que había ordenado, los enseres y armas que se habían adquirido para sostener al ejército, los fondos que le sustrajo al Sanedrín para construir un acueducto y demás detalles de abastecimiento, inútilmente probatorios cuando pretendió defenderse ante Tiberio, por la acusación de la última matanza. 

    No exhibió al emperador el escrito que conservaba para sí, porque lo atormentaba una gran incógnita: ¿Cuál sería la reacción del César, si conociera una solitaria estadística?; había temido por su vida porque sabía de antemano que en modo alguno sería factible alterar una cosmovisión que contaba con miles de años de seguimiento. Imaginó que si algo tan banal como una habitual represión romana contra sediciosos religiosos podría significarle perder la confianza de Roma, aquel manuscrito, importaba un directo pasaporte a una reclusión por demente...

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                                    Juan López de Rivero.


28 septiembre 2023

El indio estratega.

Un día de invierno de 1652, el cacique Runcapayú fue derrotado en un combate en las inmediaciones del río que los indígenas conocían como Vuta Leufu, por ser muy grande. Las tropas que provenían del puerto de Santa María del Buen Ayre estaban dispuestas a despejar el camino hacia las salinas grandes ubicadas unas pocas leguas más al oeste. Quedan muchas muertes de sus hombres en el campo, y se hacía imposible huir hacia las tolderías del poniente porque los soldados reales cansados de reiterar sus excursiones para despejar el acceso al mineral que conservaría sus carnes, haciendo uso del manual de estrategia militar español, se lo impidieron. Tuvo que abandonarlo todo y galopar con su potro de guerra hacia el naciente; sabía que había un gran río que le impediría avanzar, motivo por el cual comenzó a trepar por la ribera del mismo durante largas jornadas, apenas descansando para que su caballo tome agua, pero decidido a volver para recuperar lo que quede de sus amores en el campamento. 

Su regreso no sería inmediato. Durante meses esperaba encontrar amistad con pequeñas tribus dispersas que siempre se mostraron belicosas para darle el refugio que por su condición merecía; nadie recibe a un derrotado. Siguió subiendo hacia el calor húmedo de la selva, hasta que se halló en el medio de una plaza muy distinta a las que conocía, en cuyo alrededor cohabitaban indígenas iguales a él, junto a hombres vestidos de otra forma; luego se enteró que había arribado a la misión jesuítica Santo Tomé Apóstol. Por el mismo motivo, también comprendió que había sido bien recibido, y por tratarse de un cacique, aprendería el latín que los monjes estaban dispuestos a enseñarle, en tanto que le permitían conservar su lengua para comunicarse con otros indios que con él habían cabalgado luego de aquel desastre en la llanura.

Poco a poco fue comprendiendo que se hallaba frente a un mundo diferente, con un orden establecido y funcional a la finalidad que perseguía el asiento; la plaza estaba rodeada por un templo en el que habitaba un Dios misericordioso y amable, un potrero donde se enterraban los muertos en el medio de unas cruces que alababan a aquel Dios, una casa para quienes enseñaban sus milagros, escuelas y talleres para aprender oficios.

Meses después fue convocado en su condición de capitanejo indígena a ejercicios de naturaleza militar, programados, interesantes para su ignorancia de salvaje en estos temas, y le explicaron que la finalidad de estos asentamientos era la defensa de la frontera de una España en América que se hallaba en constante disputa con el reino de Portugal. Todavía no llegaba a comprender que era España y que era Portugal, y aun así, se sentía cómodo pues había muchas más mujeres que hombres, y el poblado no tenía más de cuatro o cinco mil almas. Supo que existía el alma. Conoció las puertas, las ventanas y los baños. Aprendió a entender cómo pensaba el hombre blanco, apreció parte de su literatura, sus métodos de ataque y defensa, pero siempre pensando en su regreso al Vuta Leufu. Luego de algunas escaramuzas por la zona se fue ganando el respeto y la confianza de los frailes que dirigían la reducción, se sentía cómodo y permeable a sus enseñanzas, y por tal motivo lo dejaban entretenerse con los manuscritos que los copistas del monasterio habían traído consigo para abrevar de libros clásicos; entre ellos, halló un ejemplar de Ars Belli del General chino Sun Tzu, que San Ignacio había recomendado a sus hombres para enfrentar la misión evangelizadora y militar, que el rey Felipe II les había asignado, y que había sido traído de oriente por un miembro de la Orden. Aún con los problemas que su incipiente latín le prodigaba, llegó a traducir a su lengua algunas de las máximas de guerra que enseñaba aquel escrito: “No será ventajoso para el ejército actuar sin conocer la situación del enemigo”.

A partir de ese momento no pudo conciliar el sueño por las noches, debido a que la convivencia en aquel sitio le estaba mostrando las herramientas para su regreso; la misma raza que lo había echado de sus potreros, le estaba enseñando a recuperarlos. Recordó que los buenos monjes se quejaban de las ambiciones y esclavitudes a las que eran sometidos los inocentes indios; recordó que lo habían corrido por media llanura para apropiarse con exclusividad de la sal, que estaba al alcance de cualquiera; recordó que los Jesuitas leían en misa la bula Sublimis Deus del Papa Paulo III, en la que se proclamaba la libertad de los indígenas en las colonias; recordó el evangelio de Mateo “… ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas que limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de codicia y desenfreno!...”. Todo estaba a su alcance, todo se lo habían enseñado, o por lo menos lo necesario para conocerlos y volver al ataque.

Se fue una mañana de primavera, luego de conversar la noche anterior con el prior del asentamiento; le mencionó que volvería a ver a los suyos, le agradeció todo lo que le habían mostrado y le dijo expresamente: “me voy para hacer lo mismo que ustedes”.

Tomó su caballo y los únicos seis indios que le habían quedado de su tribu; cabalgó por millas enteras hasta el Vuta Leufu, y cuando llegó a la zona se reunió con varias tolderías dispersas; las convocó a una asamblea indígena, al estilo de las reuniones que había observado en la misión jesuítica. Con paciencia aguardó a que llegaran chanás, pampas, ranqueles y aucases, y les fue contando que había conocido el latín y la doctrina de un Dios del enemigo que castigaba la codicia y el desenfreno. Estaban de acuerdo en que no podían dar una guerra en igualdad de armas.

Luego de un mes acordaron que tendrían un único mensaje frente al invasor: “el oro y la plata están en el Potosí”.  Los obligaron a dispersarse hacia el norte rezándole a su Dios para hallar fortuna.

También había aprendido que las enseñanzas de Sun Tzu sobre la guerra se apoyan en dos principios:

La Guerra se basa en el engaño. El supremo Arte de la Guerra es someter al enemigo sin luchar.

18 septiembre 2023

La Patria

 Esta palabra otrora convocante

A innumerables campañas del esfuerzo

Por olvidos o enconos de los hombres

Yace en un desván de polvo somnoliento,

Con improvisados ejércitos sin ropas

Los valientes vecinos del gauchaje

Labraron fechas e imperecederas glorias

En batallas o entreveros al galope

Quedaron solo los clarines y el renombre

Del bronce de los héroes en sus estatuas

También yertas, inmóviles y fatuas

Estampan lo que exhiben y lo que esconden

Un pasado perdido entre girones

Debiera recuperarse en la humildad,

Del gaucho y su progenie,

Siempre dispuesto a la lealtad forzada

Aportando los hijos, su sangre y su flete

En las duras páginas de la derrota y la victoria

deambula, solo, orgulloso y olvidado

sin reclamar pensiones ni la historia

Ni siquiera sabemos en qué osarios

Tantos intrépidos descansan

Ausentes, en el verso y en la pluma

Conformes, con un postrer abandono

Anónimos, todo lo ofrecieron

Tan sólo por creer que había un destino

En tanto que el tiempo y la distancia

Los inmolan en su empeño y su coraje

Sus mármoles ocultos no delatan

Nombres, vindicaciones o hazañas

No permiten el recuerdo de esta raza

Los guardaron con feriados y patrañas.

 

La Patria fueron sus hombres, sus madres y sus viudas

Compartiendo bajo el frío un pan y un mate

En la última noche, austera, sombría y previa,

A la muerte para el otro en un combate.

 

 

 

02 septiembre 2023

Opúsculo sobre el boludo.

No escapa a nuestro criterio lo inconveniente que resulta para la literatura el uso de términos toscos y groseros, pero la necesidad de realizar una comunicación sobre un marcado aspecto de la realidad, antepone la crudeza a la elegancia. El oficio de escribir debe ser capaz de reflejar la realidad con o sin eufemismos, y esta cuestión nada tiene que ver con la literatura comprometida.

Una segunda aclaración se impone: esta clase de sujetos existe en todas las culturas porque no son patrimonio exclusivo de una raza o producto de circunstancias climáticas, históricas o geográficas; responden a alguna clase de combinación genética deficiente propia del ser humano, y sólo varían los términos con los cuales se los designa en el lenguaje popular. Esto nos remite a una conclusión inevitable: pareciera que no existen perros o gatos con esta disminución conductual, y este malogro cognitivo es propio del hombre; su distribución porcentual en el total de la población es asignada por la naturaleza de la misma forma en que dispensa equilibrios tales como el número de varones y mujeres que existen.

Con sentido propedéutico daremos por conocido y citaremos abreviadamente, el enjundioso y preciso estudio del economista italiano Carlo Cipolla, en el que delinea con agudeza y prueba científica[1], las cinco leyes fundamentales de la estupidez humana, cuya sintética mención es la siguiente:

Primera Ley Fundamental de la estupidez humana: ‘Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo'

Segunda Ley Fundamental: ‘La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona’.

Tercera Ley Fundamental: ‘Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio’.

Cuarta Ley Fundamental: ‘Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que, en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error’.

Quinta Ley Fundamental: ‘La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe’.

El corolario de la quinta ley dice así: ‘El estúpido es más peligroso que el malvado’.

  Con el auxilio de estas prologales aclaraciones en honor de la síntesis, arribamos a una primera aproximación práctica: podemos predicar que el estúpido que describe Cipolla encuentra exacta correspondencia existencial con el boludo vernáculo argentino (acaso también con el gillipollas español, pero dejaremos a la pluma ibérica su eventual verificación y estudio). En esta comprobación deambula nuestro intento.

  La estructura del análisis del autor italiano nos confiere cierta comodidad literaria que evita una extensión desproporcionada del esfuerzo y un consiguiente agotamiento innecesario del lector. De allí su seguimiento, con la única finalidad de aportar a la cultura internacional dos aspectos que son de nuestra incumbencia: por un lado, una aproximación al término de extendido uso argentino que confiere título al trabajo, en tanto que también nos moviliza, la idea de actualizar algunos aspectos generados por el mundo de la tecnología y que incumben a la materia bajo examen.

  Una nueva mención debemos realizar respecto de una cierta sinonimia de origen entre los términos boludo y pelotudo. En ambos casos se refleja, a partir del sufijo ‘udo’[2], una inflamación indebida de las bolas o las pelotas, y al juzgar por nuestro empleo lingüístico habitual de estos dos sustantivos, hace inexorable referencia a los testículos masculinos. Esta anatómica, y a la par literaria deformación, habilita la idea de una especie de patológico andar en el sujeto que la padece y que genera signos de erráticas conductas sobre la tierra, y por extensión, aparecería la idea de algo no lineal, zigzagueante, por momentos demorado y deficitario en el empleo de sus miembros inferiores, a raíz del entorpecimiento que genera el tamaño exorbitado de su aparato de reproducción. Por extensión de analogía enunciaremos la ‘ley general de la torpe utilización de la herramienta adecuada para conseguir un determinado fin propuesto’. En este último punto fracasa siempre esta clase de sujetos.

  Antes de avanzar con el informe, es menester acompañar una idea que expresara el escritor Roberto Fontanarrosa en su académica intervención en el congreso internacional de la lengua[3] en torno de la expresión ‘pelotudo’. No cabe duda alguna que existe una sinonimia entre esta última y el término boludo, tal como se adelantó; tampoco podemos negar que el rosarino ha destacado en forma correcta, la importancia enfática que tiene aquel término, a partir de la letra ‘t’ que posee en su grafía, y acerca de lo cual, sólo nos permitimos agregar que también la letra ‘p’, confiere una segunda carga emocional a la expresión, que apertura un mayor empleo de la misma cuando se intenta zaherir intensamente a alguna persona mediante su uso. Coincidimos con lo expresado, aun cuando nuestro propósito, gira en torno de la expresión utilizada en el título; admitimos pues, sinonimia de génesis, pero mayor intensidad emocional en este segundo término. Progresemos con nuestro originario propósito.

  Se observa un paulatino distanciamiento en la aplicación de ambos, cuestión que nos permite sospechar una alteración modal, no sólo en el énfasis de su empleo, también en la evolución de su significado.

  En un trabajo de campo realizado por el investigador profesor doctor Teodosio Navarro de la Universidad Municipal de Carmen de Areco, con fondos aportados por el Instituto Nacional del Sentido Común – I.N.S.C, ya disuelto, por desgracia-, llegó a establecerse que en un universo de diez mil casos testeados en la estación Catedral de la línea D de la red de subtes de Buenos Aires, sólo en un 3% de la masa crítica evaluada, se había escuchado el empleo del fonema pelotudo. En este pequeño grupo subexamine se verificaron golpes de puños y lesiones una vez emitido el fonema.

  Por otra parte, el 97% restante, se correspondía con un trato coloquial entre transeúntes, mediante el empleo de la expresión boludo en forma amical de reiterado y abusado uso y sin efectos secundarios posteriores.

  El profesor Navarro pudo así establecer una evolución dispar en el empleo de ambos términos, conservando el primero, su sentido de innegable agresión, en tanto que el segundo, había mutado hacía formas relacionales de la sociedad posindustrial de la verdad ocultada. No compartimos la expresión ‘posverdad’, utilizada a veces para describir a esta clase de evoluciones de la comunidad; tampoco adherimos a la idea de evolución, sin aclaración alguna.

  Alentado él y su equipo por los resultados, Navarro amplió el espectro de la indagación, incrementando los confines geográficos de su trabajo. De tal forma, instaló un equipo de investigadores universitarios en el Aeroparque de Buenos Aires y otro sobre la línea del Ferrocarril Sarmiento, suponiendo que por ambos sitios, circulaban personas de distinta extracción social y diferente nivel de ingresos[4].

  Pudo verificar similares resultados en orden a la diferenciación de ambos términos y su consabida utilización, pero su sorpresa fue mayor cuando advirtió con números a la vista, una evolución posideológica en el empleo de la expresión boludo; en los hechos había sustituido a la palabra ‘che’, que hiciera famosos a los argentinos, a partir del fenómeno revolucionario de los años sesenta del siglo XX. Una pequeña dispersión porcentual mostraba el empleo de ambos fonemas a la vez, siempre con idéntico fin comunicacional: ‘che boludo vení’.

  Esta variación parcial del empleo del fonema, nos arrastra a una nueva confusión por la interpretación anfibológica del término; en otras palabras, cuando alguien se dirige a otra persona confiriéndole el tratamiento de boludo, el receptor del mensaje puede desorientarse en la interpretación de la intencionalidad con la cual fue empleado el término, y por este camino, suponer que lo tratan como a un amigo y no como a un torpe estúpido.

  De una punta a la otra de los trenes del Sarmiento, en sus estaciones o durante su recorrido, en los encuentros de la terminal aérea, abundaban expresiones tales como ‘hola boludo’, ‘chau bolu’, ‘sale el avión boludo, apúrate a orinar en el baño que después no te deja pasar el carrito de la azafata’.

  El enjundioso trabajo, seguía arrojando entre un 2,5 y 3,2 % de lesiones y agresiones verbales varias, cuando se pretendía usar la expresión pelotudo. La pequeña desviación decimal, no obstaba a verificar la innegable variación en el empleo de ambos términos que ya se había observado en la estación Catedral de la línea de Subtes. Navarro dio así por satisfechas sus conclusiones y lo informó a la Academia de la Lengua Española, sin que hasta el presente se tenga noticia de que se le haya prestado alguna clase de atención al esfuerzo.

  En otro orden de ideas, podemos asegurar que esta clase de personas no actúa de una forma organizada o siguiendo manuales de autoayuda, no se encuentran identificados con una conciencia de clase o adscriptos a algún club que los reúna los fines de semana para intercambiar sus experiencias como tales; por el contrario, resulta difícil hacerles comprender que una terapia individual o de grupo podría constituir un buen principio para corregir parte de estas conductas que aparecen como una constante en sus personalidades. Este último aspecto termina no sólo por desorientar a quienes deben tolerarlos, también afecta a ellos mismos sin que puedan darse cuenta; circulan felices por la vida.

El problema también acosa a quienes formulan clasificaciones sobre las patologías psicológicas del ser humano; tal fue el caso del doctor en psicología Herbert Müller, Profesor de las carreras de Teología Católica y Ciencias Cognitivas de la universidad de Tubinga, y amigo del argentino Juan Crisóstomo Quiñones, radicado en Alemania, quién en una tarde de amable café solicitó al experto que realice alguna clase de aproximación a los desvíos conductuales de los boludos. A tales fines, le efectuó una detallada descripción de los embrollos que los aquejan.

Müller interiorizado de las peripecias que había sobrellevado con algunos de ellos su amigo Quiñones, dedicó algunas horas académicas de su actividad para tratar de encaminar el desafío planteado en aquella conversación, y que él mismo había alentado, seducido por la particular expresión argentina.

En su derrotero analítico partió de una concepción de la personalidad del ser humano como resultado de una organización dinámica de aspectos intelectuales y afectivos, coligados a factores de origen genético y al entorno en el cual se verifica el crecimiento y desarrollo de las personas; tras la búsqueda para ubicar trastornos del contenido del pensamiento o la distorsión del juicio crítico que los aqueja, no pudo establecer criterios o límites cuali-cuantitativos que le permitieran situar el estudio de estos sujetos en alguna clase de tipología de la personalidad; es decir, cuando intentaba analizar el carácter y temperamento del objeto estudiado, no podía concluir en una precisa ubicación de una definida patología reconocida por la ciencia.

En otros términos, no logró avanzar hacia la formulación de una tesis que superara el umbral de un simple trastorno de conducta, que no necesariamente se verifica de forma reiterada y suele aparecer tanto en momentos críticos como en cuestiones banales. Esta última y errática característica determinó al académico a abandonar todo intento.

El Profesor alemán conocía las leyes que planteara Cipolla en su trabajo y concluyó con un razonable corolario a la segunda ley de la estupidez humana, cuyo enunciado envió por correo electrónico a Quiñones: ‘la sustracción de los aspectos boludoides de un estúpido, deja ver una personalidad normal en cualquier ámbito del quehacer humano’. Interpretando, a su vez, que requerir fondos para iniciar una investigación de campo en el ámbito de su universidad, hubiera importado un esfuerzo presupuestario de varios años y el tema no era de interés alemán; por lo menos eso creyó suponer.

Con los años, preocupado por aquella frustración, llegó a escribir un opúsculo que tituló ‘Der Idiot in der Geschichte´, y que nunca dio a la imprenta, mediante el cual había verificado que hasta de los sectores dogmáticos de la religión se prevenía respecto de esta clase de personalidades: ´El que engendra a un tonto, es para su aflicción, y no hay alegría para el padre de un necio‘ (Prov. 17, 21), ´La instrucción es para el tonto como un cepo en los pies y como esposas en su mano derecha‘ (Ecle 20,19), ´No hables demasiado con un insensato ni vayas con el que no tiene inteligencia; cuídate de él, para no tener molestias y no salpicarte cuando él se sacuda; apártate de él: estarás tranquilo y su estupidez no te fastidiará‘ (Eclo 22,13). Hasta el Señor, fue su conclusión, no los tenía en estima y advertía sobre ellos.

Tanto Cipolla como Müller, nos dan cuenta de una existencia histórica, extendida y actualizada de este mal que aqueja a las sociedades e impide una correcta individualización y tolerancia de estos fenotipos psicológicos porque escapan a las verificaciones de laboratorio, pero son alcanzados por la sabiduría e inmisericordia divina.

La teoría política de la república desarrollada a partir de la evolución de las monarquías absolutas de la Europa vieja, ha venido a convalidar una cohabitación difícil de superar a la hora del condigno trato que se merecen. Las pautas de igualdad que establecen este tipo de sistemas políticos, aunadas al único requisito de la idoneidad para acceder a la función pública, no sólo resultan impotentes filtros para evitar que un boludo desempeñe funciones de gobierno, también, estériles para frenar su avance en masa, adecentados y ocultos por consignas ideológicas de toda laya que ellos mismos no alcanzan a comprender. De allí, lo importante del empeño frustrado del Profesor Müller, que no pudo categorizarlos como deficitarios mentales. Son libres y nos vemos obligados a aceptarlos sin ambages por las prescripciones del sistema, aun bajo las reservas bíblicas.

Uno de los inconvenientes a resolver es la relación que existe en una sociedad de masas entre el boludo y las ideologías. Pareciera que ambos, en la medida que no operan y sólo teorizan, son inocuos. El problema se genera cuando pasan a la acción y buscan reivindicaciones abarcadoras de la realidad toda, a partir de una sola idea que pretende conferirle cualidades  lógicas a entidades diferentes. Los boludos y los ´ismos´ son asfixiantemente simplistas y porfiados cuando avanzan queriendo cambiar la existencia; desprecian los hechos construyendo artificios disparatados.

En unos y otros, existe una curiosa manía de extender una idea única a la solución de los problemas del todo social, sin atender variantes que se adecuen a realidades concretas. Suelen compartir también una especie de prestigio, amañado en la ignorancia o consumismo irracional de los demás. El resto del dislate lo produce una sociedad cuyos miembros caminan por las calles como ´zombies de shopping‘, distraídos pero satisfechos.

El avance tecnológico de la sociedad de masas ha venido a coronar la impotencia de la comunidad para inmunizarse de los agravios que generan estas conductas; nos basta mencionar, sólo a título de ejemplo, que el sistema le concede registro de conducir a cualquiera, pero sólo el boludo le agrega ímpetus comunicacionales a la faena de transitar, mientras barrena arriba de su automóvil, bajo la única consigna de ´celular activo o muerte´. Esta clase de individuos ha trasladado su vida social al pequeño adminículo y lo ha transformado en el eje de su actividad cotidiana; así las cosas, se los sufre mediante eternos audios de mensajería o a través del fraccionamiento de un mensaje único en quince textos diferentes; circunstancia que acredita una disfuncional fluidez del pensamiento, pues en cuestión de segundos, no puede armar una idea única, sino seccionarla en tantas partes, como irracionales impulsos intuitivos y emocionales padece. Suele verificarse en estos casos, una retahíla de comunicaciones recibidas por el sufriente receptor con la siguiente serie horaria: 16,20- 16,21- 16.22- 16,23 y así, hasta que el boludo deja de emitir, con la única finalidad de avisar que va a llegar tarde a un encuentro.

La expansión de la galaxia de la boludez en el ámbito de las redes sociales, merece un Tractatus específico. El Profesor Navarro ha efectuado una comunicación en tal sentido a varios colegas, por interpretar que la adecuada subsistencia de la comunidad política exige profundizar estos tópicos; lo hizo vía Facebook, pero sólo ha obtenido como respuesta varios pulgares hacia abajo (We don‘t Like) con un sugerente comentario que rezaba: ´subsistimos con publicidad gracias a ellos, no moleste´. Quedó desorientado y dudando de sus interlocutores.

Por último, debemos mencionar que el equipo de investigación local intentó establecer una descripción de categorías para distinguir a las diversas clases de sujetos que padecen estos desvíos conductuales, pero les ha sido imposible, a partir de la verificación de la primera y segunda ley fundamental de Cipolla; ello así, debido a la importante dispersión humana existente en este tipo de conductas.

El investigador de la prestigiosa universidad de la pampa húmeda, no avanzó para tratar de analizar, si este mal también aqueja al sexo femenino, debido a ciertas complejidades que advirtió en la empresa, con las cuáles prefirió no lidiar.

Por último, variando sustancialmente el método a emplear, y en el ánimo de realizar un trabajo de utilidad a modo de extensión universitaria local, dado el emplazamiento de la casa de estudios[5], no podía dejar de lado una indagación respecto de la existencia de estas semi-patologías en el ámbito rural. Mediante el diseño de un sistema de entrevistas con cuestionarios, y luego de recorrer un número suficiente de tranqueras y chacras, arribaron a la conclusión de la existencia de boludos también en el mismo; todo ello con aclaraciones que merecen su cita: a) debido al bajo índice demográfico de población, es más difícil ubicarlos; b) existen en la misma proporción que en las grandes ciudades; c) su presencia se advertía de una forma más definida, debido al tipo de tareas que se ejecutan en las fincas; basta con dejar abierta una tranquera para perder doscientas cabezas de ganado. No obstante, dado a la vigencia del uso del facón en la cintura por parte de los paisanos, a la fecha del trabajo realizado, no era habitual extender la expresión ´boludo´ a un trato de naturaleza amical; los gauchos son más conservadores y sacan rápido el cuchillo.

El Profesor Navarro y sus alumnos lograron una síntesis del trabajo de campo en el campo, como consecuencia de la honestidad de un abuelo de uno de los investigadores, que dejó para la memoria final, un aforismo usual que comprueba la existencia de estos sujetos en la escena agroganadera y verifica  lo que otros investigadores lograron concluir; Romualdo Apesteguía citaba en su entrevista con uno de los científicos, una frase de un paisano que ilustraba sobre el particular: ´prefiero atajar locos y no empujar boludos´.

La sintética expresión, concisa y plena de sabiduría práctica, nos devuelve a las conclusiones del Profesor Müller, en orden a la imposibilidad de clasificar como locos a estos personajes, cuestión que nos impide un diagnóstico a priori de los mismos y su correspondiente tratamiento. De allí que en materia de prevención, con el boludo, siempre se fracasa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Cipolla, C.M, Las Leyes Fundamentales de la Estupidez Humana, ed. Crítica, 2013.

[2] Del latín ütus, abundancia, en gran tamaño.

[3] Rosario, Argentina, noviembre de 2004.

[4] N. del E.: un alumno que participó del experimento, llegó a leer en un pequeño anotador del profesor Navarro, que hizo esta opción por advertir que se viajaba en avión mediante el pago de pasajes con tarjeta de crédito, en tanto, que se lo hacía en tren, empleado la SUBE. Parecía así, distinguir diferentes ámbitos sociales propicios para el trabajo de campo.

[5] El campus universitario se encuentra en el Km 138,5 de la Ruta Nacional 7, con vista a los alambrados.

Acamapichtli

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