No escapa a
nuestro criterio lo inconveniente que resulta para la literatura el uso de
términos toscos y groseros, pero la necesidad de realizar una comunicación
sobre un marcado aspecto de la realidad, antepone la crudeza a la elegancia. El
oficio de escribir debe ser capaz de reflejar la realidad con o sin eufemismos,
y esta cuestión nada tiene que ver con la literatura comprometida.
Una segunda
aclaración se impone: esta clase de sujetos existe en todas las culturas porque
no son patrimonio exclusivo de una raza o producto de circunstancias
climáticas, históricas o geográficas; responden a alguna clase de combinación
genética deficiente propia del ser humano, y sólo varían los términos con los
cuales se los designa en el lenguaje popular. Esto nos remite a una conclusión
inevitable: pareciera que no existen perros o gatos con esta disminución
conductual, y este malogro cognitivo es propio del hombre; su distribución
porcentual en el total de la población es asignada por la naturaleza de la
misma forma en que dispensa equilibrios tales como el número de varones y
mujeres que existen.
Con sentido
propedéutico daremos por conocido y citaremos abreviadamente, el enjundioso y
preciso estudio del economista italiano Carlo Cipolla, en el que delinea con agudeza
y prueba científica,
las cinco leyes fundamentales de la estupidez humana, cuya sintética mención es
la siguiente:
Primera
Ley Fundamental de
la estupidez humana: ‘Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros
subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo'
Segunda
Ley Fundamental: ‘La
probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de
cualquier otra característica de la misma persona’.
Tercera
Ley Fundamental: ‘Una
persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo
de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso
obteniendo un perjuicio’.
Cuarta
Ley Fundamental: ‘Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial
nocivo de las personas estúpidas. Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente
que, en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/o
asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un
costosísimo error’.
Quinta
Ley Fundamental: ‘La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que
existe’.
El
corolario de la quinta ley dice así: ‘El estúpido es más peligroso que el
malvado’.
Con el auxilio de estas prologales
aclaraciones en honor de la síntesis, arribamos a una primera aproximación
práctica: podemos predicar que el estúpido que describe Cipolla encuentra exacta
correspondencia existencial con el boludo vernáculo argentino (acaso también con
el gillipollas español, pero dejaremos a la pluma ibérica su eventual
verificación y estudio). En esta comprobación deambula nuestro intento.
La estructura del análisis del autor italiano
nos confiere cierta comodidad literaria que evita una extensión
desproporcionada del esfuerzo y un consiguiente agotamiento innecesario del
lector. De allí su seguimiento, con la única finalidad de aportar a la cultura
internacional dos aspectos que son de nuestra incumbencia: por un lado, una
aproximación al término de extendido uso argentino que confiere título al
trabajo, en tanto que también nos moviliza, la idea de actualizar algunos
aspectos generados por el mundo de la tecnología y que incumben a la materia
bajo examen.
Una nueva mención debemos realizar respecto de
una cierta sinonimia de origen entre los términos boludo y pelotudo. En ambos
casos se refleja, a partir del sufijo ‘udo’,
una inflamación indebida de las bolas o las pelotas, y al juzgar por nuestro empleo
lingüístico habitual de estos dos sustantivos, hace inexorable referencia a los
testículos masculinos. Esta anatómica, y a la par literaria deformación,
habilita la idea de una especie de patológico andar en el sujeto que la padece
y que genera signos de erráticas conductas sobre la tierra, y por extensión,
aparecería la idea de algo no lineal, zigzagueante, por momentos demorado y
deficitario en el empleo de sus miembros inferiores, a raíz del entorpecimiento
que genera el tamaño exorbitado de su aparato de reproducción. Por extensión de
analogía enunciaremos la ‘ley general de la torpe utilización de la
herramienta adecuada para conseguir un determinado fin propuesto’. En este
último punto fracasa siempre esta clase de sujetos.
Antes de avanzar con el informe, es menester
acompañar una idea que expresara el escritor Roberto Fontanarrosa en su
académica intervención en el congreso internacional de la lengua
en torno de la expresión ‘pelotudo’. No cabe duda alguna que existe una
sinonimia entre esta última y el término boludo, tal como se adelantó; tampoco
podemos negar que el rosarino ha destacado en forma correcta, la importancia
enfática que tiene aquel término, a partir de la letra ‘t’ que posee en su
grafía, y acerca de lo cual, sólo nos permitimos agregar que también la letra
‘p’, confiere una segunda carga emocional a la expresión, que apertura un mayor
empleo de la misma cuando se intenta zaherir intensamente a alguna persona
mediante su uso. Coincidimos con lo expresado, aun cuando nuestro propósito,
gira en torno de la expresión utilizada en el título; admitimos pues, sinonimia
de génesis, pero mayor intensidad emocional en este segundo término. Progresemos
con nuestro originario propósito.
Se observa un paulatino distanciamiento en la
aplicación de ambos, cuestión que nos permite sospechar una alteración modal,
no sólo en el énfasis de su empleo, también en la evolución de su significado.
En un trabajo de campo realizado por el
investigador profesor doctor Teodosio Navarro de la Universidad Municipal de
Carmen de Areco, con fondos aportados por el Instituto Nacional del Sentido
Común – I.N.S.C, ya disuelto, por desgracia-, llegó a establecerse que en un
universo de diez mil casos testeados en la estación Catedral de la línea D de
la red de subtes de Buenos Aires, sólo en un 3% de la masa crítica evaluada, se
había escuchado el empleo del fonema pelotudo. En este pequeño grupo subexamine
se verificaron golpes de puños y lesiones una vez emitido el fonema.
Por otra parte, el 97% restante, se
correspondía con un trato coloquial entre transeúntes, mediante el empleo de la
expresión boludo en forma amical de reiterado y abusado uso y sin efectos
secundarios posteriores.
El profesor Navarro pudo así establecer una
evolución dispar en el empleo de ambos términos, conservando el primero, su
sentido de innegable agresión, en tanto que el segundo, había mutado hacía
formas relacionales de la sociedad posindustrial de la verdad ocultada. No
compartimos la expresión ‘posverdad’, utilizada a veces para describir a esta
clase de evoluciones de la comunidad; tampoco adherimos a la idea de evolución,
sin aclaración alguna.
Alentado él y su equipo por los resultados,
Navarro amplió el espectro de la indagación, incrementando los confines
geográficos de su trabajo. De tal forma, instaló un equipo de investigadores
universitarios en el Aeroparque de Buenos Aires y otro sobre la línea del
Ferrocarril Sarmiento, suponiendo que por ambos sitios, circulaban personas de
distinta extracción social y diferente nivel de ingresos.
Pudo verificar similares resultados en orden a
la diferenciación de ambos términos y su consabida utilización, pero su
sorpresa fue mayor cuando advirtió con números a la vista, una evolución
posideológica en el empleo de la expresión boludo; en los hechos había
sustituido a la palabra ‘che’, que hiciera famosos a los argentinos, a partir
del fenómeno revolucionario de los años sesenta del siglo XX. Una pequeña
dispersión porcentual mostraba el empleo de ambos fonemas a la vez, siempre con
idéntico fin comunicacional: ‘che boludo vení’.
Esta variación parcial del empleo del fonema,
nos arrastra a una nueva confusión por la interpretación anfibológica del
término; en otras palabras, cuando alguien se dirige a otra persona
confiriéndole el tratamiento de boludo, el receptor del mensaje puede
desorientarse en la interpretación de la intencionalidad con la cual fue
empleado el término, y por este camino, suponer que lo tratan como a un amigo y
no como a un torpe estúpido.
De una punta a la otra de los trenes del
Sarmiento, en sus estaciones o durante su recorrido, en los encuentros de la
terminal aérea, abundaban expresiones tales como ‘hola boludo’, ‘chau bolu’,
‘sale el avión boludo, apúrate a orinar en el baño que después no te deja pasar
el carrito de la azafata’.
El enjundioso trabajo, seguía arrojando entre
un 2,5 y 3,2 % de lesiones y agresiones verbales varias, cuando se pretendía
usar la expresión pelotudo. La pequeña desviación decimal, no obstaba a
verificar la innegable variación en el empleo de ambos términos que ya se había
observado en la estación Catedral de la línea de Subtes. Navarro dio así por
satisfechas sus conclusiones y lo informó a la Academia de la Lengua Española,
sin que hasta el presente se tenga noticia de que se le haya prestado alguna
clase de atención al esfuerzo.
En otro orden de ideas, podemos asegurar que
esta clase de personas no actúa de una forma organizada o siguiendo manuales de
autoayuda, no se encuentran identificados con una conciencia de clase o
adscriptos a algún club que los reúna los fines de semana para intercambiar sus
experiencias como tales; por el contrario, resulta difícil hacerles comprender
que una terapia individual o de grupo podría constituir un buen principio para
corregir parte de estas conductas que aparecen como una constante en sus
personalidades. Este último aspecto termina no sólo por desorientar a quienes
deben tolerarlos, también afecta a ellos mismos sin que puedan darse cuenta;
circulan felices por la vida.
El problema
también acosa a quienes formulan clasificaciones sobre las patologías
psicológicas del ser humano; tal fue el caso del doctor en psicología Herbert
Müller, Profesor de las carreras de Teología Católica y Ciencias Cognitivas de
la universidad de Tubinga, y amigo del argentino Juan Crisóstomo Quiñones,
radicado en Alemania, quién en una tarde de amable café solicitó al experto que
realice alguna clase de aproximación a los desvíos conductuales de los boludos.
A tales fines, le efectuó una detallada descripción de los embrollos que los
aquejan.
Müller
interiorizado de las peripecias que había sobrellevado con algunos de ellos su
amigo Quiñones, dedicó algunas horas académicas de su actividad para tratar de encaminar
el desafío planteado en aquella conversación, y que él mismo había alentado,
seducido por la particular expresión argentina.
En su
derrotero analítico partió de una concepción de la personalidad del ser humano
como resultado de una organización dinámica de aspectos intelectuales y
afectivos, coligados a factores de origen genético y al entorno en el cual se
verifica el crecimiento y desarrollo de las personas; tras la búsqueda para
ubicar trastornos del contenido del pensamiento o la distorsión del juicio
crítico que los aqueja, no pudo establecer criterios o límites cuali-cuantitativos
que le permitieran situar el estudio de estos sujetos en alguna clase de
tipología de la personalidad; es decir, cuando intentaba analizar el carácter y
temperamento del objeto estudiado, no podía concluir en una precisa ubicación
de una definida patología reconocida por la ciencia.
En otros
términos, no logró avanzar hacia la formulación de una tesis que superara el
umbral de un simple trastorno de conducta, que no necesariamente se verifica de
forma reiterada y suele aparecer tanto en momentos críticos como en cuestiones
banales. Esta última y errática característica determinó al académico a abandonar
todo intento.
El Profesor
alemán conocía las leyes que planteara Cipolla en su trabajo y concluyó con un
razonable corolario a la segunda ley de la estupidez humana, cuyo enunciado
envió por correo electrónico a Quiñones: ‘la sustracción de los aspectos
boludoides de un estúpido, deja ver una personalidad normal en cualquier ámbito
del quehacer humano’. Interpretando, a su vez, que requerir fondos para
iniciar una investigación de campo en el ámbito de su universidad, hubiera importado
un esfuerzo presupuestario de varios años y el tema no era de interés alemán;
por lo menos eso creyó suponer.
Con los
años, preocupado por aquella frustración, llegó a escribir un opúsculo que tituló
‘Der Idiot in der Geschichte´, y que nunca dio a la imprenta,
mediante el cual había verificado que hasta de los sectores dogmáticos de la
religión se prevenía respecto de esta clase de personalidades: ´El que
engendra a un tonto, es para su aflicción, y no hay alegría para el padre de un
necio‘ (Prov. 17, 21), ´La instrucción es para el tonto como un cepo en los
pies y como esposas en su mano derecha‘ (Ecle 20,19), ´No hables demasiado con
un insensato ni vayas con el que no tiene inteligencia; cuídate de él, para no
tener molestias y no salpicarte cuando él se sacuda; apártate de él: estarás
tranquilo y su estupidez no te fastidiará‘ (Eclo 22,13). Hasta el Señor,
fue su conclusión, no los tenía en estima y advertía sobre ellos.
Tanto Cipolla como Müller, nos dan cuenta de una
existencia histórica, extendida y actualizada de este mal que aqueja a las
sociedades e impide una correcta individualización y tolerancia de estos
fenotipos psicológicos porque escapan a las verificaciones de laboratorio, pero
son alcanzados por la sabiduría e inmisericordia divina.
La teoría política de la república desarrollada a partir
de la evolución de las monarquías absolutas de la Europa vieja, ha venido a
convalidar una cohabitación difícil de superar a la hora del condigno trato que
se merecen. Las pautas de igualdad que establecen este tipo de sistemas
políticos, aunadas al único requisito de la idoneidad para acceder a la función
pública, no sólo resultan impotentes filtros para evitar que un boludo
desempeñe funciones de gobierno, también, estériles para frenar su avance en
masa, adecentados y ocultos por consignas ideológicas de toda laya que ellos
mismos no alcanzan a comprender. De allí, lo importante del empeño frustrado
del Profesor Müller, que no pudo categorizarlos como deficitarios mentales. Son
libres y nos vemos obligados a aceptarlos sin ambages por las prescripciones del
sistema, aun bajo las reservas bíblicas.
Uno de los inconvenientes a resolver es la relación que
existe en una sociedad de masas entre el boludo y las ideologías. Pareciera que
ambos, en la medida que no operan y sólo teorizan, son inocuos. El problema se
genera cuando pasan a la acción y buscan reivindicaciones abarcadoras de la
realidad toda, a partir de una sola idea que pretende conferirle
cualidades lógicas a entidades
diferentes. Los boludos y los ´ismos´ son asfixiantemente simplistas y porfiados
cuando avanzan queriendo cambiar la existencia; desprecian los hechos construyendo
artificios disparatados.
En unos y otros, existe una curiosa manía de extender una
idea única a la solución de los problemas del todo social, sin atender
variantes que se adecuen a realidades concretas. Suelen compartir también una
especie de prestigio, amañado en la ignorancia o consumismo irracional de los
demás. El resto del dislate lo produce una sociedad cuyos miembros caminan por las calles
como ´zombies de shopping‘, distraídos pero satisfechos.
El avance tecnológico de la sociedad de masas ha venido a
coronar la impotencia de la comunidad para inmunizarse de los agravios que
generan estas conductas; nos basta mencionar, sólo a título de ejemplo, que el
sistema le concede registro de conducir a cualquiera, pero sólo el boludo le
agrega ímpetus comunicacionales a la faena de transitar, mientras barrena
arriba de su automóvil, bajo la única consigna de ´celular activo o muerte´.
Esta clase de individuos ha trasladado su vida social al pequeño adminículo y
lo ha transformado en el eje de su actividad cotidiana; así las cosas, se los
sufre mediante eternos audios de mensajería o a través del fraccionamiento de
un mensaje único en quince textos diferentes; circunstancia que acredita una
disfuncional fluidez del pensamiento, pues en cuestión de segundos, no puede
armar una idea única, sino seccionarla en tantas partes, como irracionales
impulsos intuitivos y emocionales padece. Suele verificarse en estos casos, una
retahíla de comunicaciones recibidas por el sufriente receptor con la siguiente
serie horaria: 16,20- 16,21- 16.22- 16,23 y así, hasta que el boludo deja de
emitir, con la única finalidad de avisar que va a llegar tarde a un encuentro.
La expansión de la galaxia de la boludez en el ámbito de
las redes sociales, merece un Tractatus específico. El Profesor Navarro
ha efectuado una comunicación en tal sentido a varios colegas, por interpretar
que la adecuada subsistencia de la comunidad política exige profundizar estos
tópicos; lo hizo vía Facebook, pero sólo ha obtenido como respuesta varios
pulgares hacia abajo (We don‘t Like) con un sugerente comentario que
rezaba: ´subsistimos con publicidad gracias a ellos, no moleste´. Quedó
desorientado y dudando de sus interlocutores.
Por último, debemos mencionar que el equipo de investigación
local intentó establecer una descripción de categorías para distinguir a las
diversas clases de sujetos que padecen estos desvíos conductuales, pero les ha
sido imposible, a partir de la verificación de la primera y segunda ley
fundamental de Cipolla; ello así, debido a la importante dispersión humana
existente en este tipo de conductas.
El investigador de la prestigiosa universidad de la pampa
húmeda, no avanzó para tratar de analizar, si este mal también aqueja al sexo
femenino, debido a ciertas complejidades que advirtió en la empresa, con las
cuáles prefirió no lidiar.
Por último, variando sustancialmente el método a emplear,
y en el ánimo de realizar un trabajo de utilidad a modo de extensión
universitaria local, dado el emplazamiento de la casa de estudios,
no podía dejar de lado una indagación respecto de la existencia de estas
semi-patologías en el ámbito rural. Mediante el diseño de un sistema de
entrevistas con cuestionarios, y luego de recorrer un número suficiente de
tranqueras y chacras, arribaron a la conclusión de la existencia de boludos
también en el mismo; todo ello con aclaraciones que merecen su cita: a)
debido al bajo índice demográfico de población, es más difícil ubicarlos; b)
existen en la misma proporción que en las grandes ciudades; c) su presencia se
advertía de una forma más definida, debido al tipo de tareas que se ejecutan en
las fincas; basta con dejar abierta una tranquera para perder doscientas
cabezas de ganado. No obstante, dado a la vigencia del uso del facón en la
cintura por parte de los paisanos, a la fecha del trabajo realizado, no era
habitual extender la expresión ´boludo´ a un trato de naturaleza amical; los gauchos
son más conservadores y sacan rápido el cuchillo.
El Profesor Navarro y sus alumnos lograron una síntesis
del trabajo de campo en el campo, como consecuencia de la honestidad de un
abuelo de uno de los investigadores, que dejó para la memoria final, un
aforismo usual que comprueba la existencia de estos sujetos en la escena agroganadera
y verifica lo que otros investigadores
lograron concluir; Romualdo Apesteguía citaba en su entrevista con uno de los científicos,
una frase de un paisano que ilustraba sobre el particular: ´prefiero atajar
locos y no empujar boludos´.
La sintética expresión, concisa y plena de sabiduría
práctica, nos devuelve a las conclusiones del Profesor Müller, en orden a la
imposibilidad de clasificar como locos a estos personajes, cuestión que nos
impide un diagnóstico a priori de los mismos y su correspondiente
tratamiento. De allí que en materia de prevención, con el boludo, siempre se
fracasa.