Un día de invierno de 1652, el cacique Runcapayú fue
derrotado en un combate en las inmediaciones del río que
los indígenas conocían como Vuta Leufu, por
ser muy grande. Las tropas que provenían del puerto de Santa María del Buen Ayre
estaban dispuestas a despejar el camino hacia las salinas grandes ubicadas unas
pocas leguas más al oeste. Quedan muchas muertes de sus hombres en el campo, y
se hacía imposible huir hacia las tolderías del poniente porque los soldados
reales cansados de reiterar sus excursiones para despejar el acceso al mineral
que conservaría sus carnes, haciendo uso del manual de estrategia militar
español, se lo impidieron. Tuvo que abandonarlo todo y galopar con su potro de
guerra hacia el naciente; sabía que había un gran río que le impediría avanzar,
motivo por el cual comenzó a trepar por la ribera del mismo durante largas
jornadas, apenas descansando para que su caballo tome agua, pero decidido a
volver para recuperar lo que quede de sus amores en el campamento.
Su regreso
no sería inmediato. Durante meses esperaba encontrar amistad con pequeñas
tribus dispersas que siempre se mostraron belicosas para darle el refugio que
por su condición merecía; nadie recibe a un derrotado. Siguió subiendo hacia el
calor húmedo de la selva, hasta que se halló en el medio de una plaza muy
distinta a las que conocía, en cuyo alrededor cohabitaban indígenas iguales a
él, junto a hombres vestidos de otra forma; luego se enteró que había arribado
a la misión jesuítica Santo Tomé Apóstol. Por el mismo motivo, también
comprendió que había sido bien recibido, y por tratarse de un cacique,
aprendería el latín que los monjes estaban dispuestos a enseñarle, en tanto que
le permitían conservar su lengua para comunicarse con otros indios que con él
habían cabalgado luego de aquel desastre en la llanura.
Poco a poco
fue comprendiendo que se hallaba frente a un mundo diferente, con un orden
establecido y funcional a la finalidad que perseguía el asiento; la plaza
estaba rodeada por un templo en el que habitaba un Dios misericordioso y
amable, un potrero donde se enterraban los muertos en el medio de unas cruces
que alababan a aquel Dios, una casa para quienes enseñaban sus milagros,
escuelas y talleres para aprender oficios.
Meses
después fue convocado en su condición de capitanejo indígena a ejercicios de
naturaleza militar, programados, interesantes para su ignorancia de salvaje en
estos temas, y le explicaron que la finalidad de estos asentamientos era la
defensa de la frontera de una España en América que se hallaba en constante
disputa con el reino de Portugal. Todavía no llegaba a comprender que era
España y que era Portugal, y aun así, se sentía cómodo pues había muchas más
mujeres que hombres, y el poblado no tenía más de cuatro o cinco mil almas.
Supo que existía el alma. Conoció las puertas, las ventanas y los baños. Aprendió a
entender cómo pensaba el hombre blanco, apreció parte de su literatura, sus
métodos de ataque y defensa, pero siempre pensando en su regreso al Vuta
Leufu. Luego de algunas escaramuzas por la zona se fue ganando el respeto y
la confianza de los frailes que dirigían la reducción, se sentía cómodo y
permeable a sus enseñanzas, y por tal motivo lo dejaban entretenerse con los
manuscritos que los copistas del monasterio habían traído consigo para abrevar
de libros clásicos; entre ellos, halló un ejemplar de Ars Belli del General chino Sun Tzu, que San
Ignacio había recomendado a sus hombres para enfrentar la misión evangelizadora
y militar, que el rey Felipe II les había asignado, y que había sido traído de
oriente por un miembro de la Orden. Aún con los problemas que su incipiente
latín le prodigaba, llegó a traducir a su lengua algunas de las máximas de
guerra que enseñaba aquel escrito: “No será ventajoso para el ejército
actuar sin conocer la situación del enemigo”.
A partir de ese momento no pudo conciliar el sueño por las
noches, debido a que la convivencia en aquel sitio le estaba mostrando las
herramientas para su regreso; la misma raza que lo había echado de sus
potreros, le estaba enseñando a recuperarlos. Recordó que los buenos monjes se
quejaban de las ambiciones y esclavitudes a las que eran sometidos los inocentes
indios; recordó que lo habían corrido por media llanura para apropiarse con
exclusividad de la sal, que estaba al alcance de cualquiera; recordó que los Jesuitas
leían en misa la bula Sublimis Deus del Papa Paulo III, en la que se
proclamaba la libertad de los indígenas en las colonias; recordó el evangelio
de Mateo “… ¡Ay de ustedes, escribas y
fariseos hipócritas que limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por
dentro están llenos de codicia y desenfreno!...”. Todo estaba a su alcance, todo se lo habían enseñado, o por lo
menos lo necesario para conocerlos y volver al ataque.
Se fue una mañana de primavera, luego de conversar la noche
anterior con el prior del asentamiento; le mencionó que volvería a ver a los
suyos, le agradeció todo lo que le habían mostrado y le dijo expresamente: “me
voy para hacer lo mismo que ustedes”.
Tomó su caballo y los únicos seis indios que le habían
quedado de su tribu; cabalgó por millas enteras hasta el Vuta Leufu, y
cuando llegó a la zona se reunió con varias tolderías dispersas; las convocó a
una asamblea indígena, al estilo de las reuniones que había observado en la
misión jesuítica. Con paciencia aguardó a que llegaran chanás,
pampas, ranqueles y aucases, y les fue contando que había conocido el latín y
la doctrina de un Dios del enemigo que castigaba la codicia y el desenfreno. Estaban
de acuerdo en que no podían dar una guerra en igualdad de armas.
Luego de un
mes acordaron que tendrían un único mensaje frente al invasor: “el oro y la
plata están en el Potosí”. Los
obligaron a dispersarse hacia el norte rezándole a su Dios para hallar fortuna.
También había aprendido que las enseñanzas de Sun Tzu sobre
la guerra se apoyan en dos principios:
La Guerra se basa en el engaño. El supremo Arte de la Guerra
es someter al enemigo sin luchar.
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Agradezco a quien comenta porque acompaña el sabor de la escritura, que siempre es de a dos: escritor y lector.