Había sufrido su madre el dolor de un parto que no fue tan natural como se esperaba, aun así, creció rodeado de los suyos, preparándose con sacrificio, para una vida que resultaría compleja, dura, rutinaria en los detalles y en las oportunidades. Al igual que todas las vidas.
Tuvo
la suerte de un buen colegio que le suministró las herramientas necesarias para
sentir que su existencia guardaba gestos de progreso cultural y material; de
tal forma, en el año calendario que había sido dispuesto por alguien, gozaba de
algunos días de vacaciones, escasos e insuficientes, para conocer el mar, las
montañas y otras complacencias que no le ofrecía su ciudad, tales como el aire
puro, la ausencia de ruidos y discusiones de tránsito, la música de un río que
se convierte en cascada y forma la mansedumbre de un lago.
Pudo
conocer la magnificencia de la música y el ingenio de la literatura, pero le
quedó claro que en ambos casos, apenas disfrutaba de ellas en los cortos
momentos libres que tenía durante cada jornada de labor, o bien, trepado a un
colectivo oliendo axilas ajenas, sudorosas de trabajo y falta de higiene,
mediante la utilización de la tecnología del aislamiento; con esto atesoraba
alguna clase de alegría, porque sus auriculares lo confortaban por breves
minutos en el tedio del viaje.
En
los mismos trayectos, aprovechaba el descanso transitorio del asiento libre,
sólo cuando este milagro se producía. Sentía en estas humildes cuestiones, que
cuando llegaba a su casa, luego de un día agotador, conservaba un mínimo de
energía para disfrutar de un hijo o caminar sin zapatos.
Casi
a diario se enteraba por las noticias, que había conflictos bélicos y muertos
por todas partes; que aquello que había aprendido con el Dios de su infancia,
seguía allí vigente, repartido como el bien y el mal, con máscaras o nombres
diferentes, y que los demás evitaban aquellos términos para no parecer antiguos,
pero no conseguían hacerle ignorar su existencia. Se preguntaba qué era el
progreso.
También
el calendario le prodigaba algún respiro el fin de semana, apenas suficiente
para pasear por su barrio, pero nunca le alcanzaba para realizar todo aquello que
lo movilizaba desde su pensamiento, cercado por la práctica de la reiteración
diaria de los mismos modales, hábitos y vicios.
Eso
sí, una vez al año alguien le recordaba que había nacido, celebraba su
cumpleaños y se veía acumulando tiempo; en una primera etapa con la atropellada
jactancia de la juventud, y luego, envejeciendo en la inercia de la
frustración; a pesar de sus estudios, nunca había querido trabajar en una
oficina, aun cuando contaba con buenos compañeros de labor e ingresos
apropiados a sus expectativas.
Tampoco
se explicaba demasiado por qué celebraba y celebraban su vida sólo una vez al
año, cuando llegaba a advertir que había motivos más que suficientes para
celebrarla todos los días. A pesar de todo no podía hacerlo por el exceso de
reglas a la que estaba sometido, y a edad temprana, comenzó a rechazar aquellas
fiestas anuales por parecerles una falta de respeto; una invitación a la
tristeza del recuerdo de la torpe edad, solo por un día.
El
inútil invento de la corbata lo asfixiaba y el de la jubilación le marcaba una
fecha de decrepitud...
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Agradezco el seguimiento de ustedes, y seguiré publicando otras reflexiones en este mismo blog. Saludos cordiales.
Juan López de Rivero.