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26 octubre 2024

El tren que dejó de pensar

El fausto de puntualidad ferroviaria hizo que el tren partiera a las 14.12 del lunes, tal como estaba anunciado. Por años se había reclamado el regreso de un servicio que tuvo su prestigio, y que el síndrome del cangrejo argentino descartó, contra la opinión mundial que cultivaba la necesidad de su mantenimiento y el progreso tecnológico de sus velocidades y prestaciones.

            Con coches reacondicionados y vetustos, propios de la Europa de posguerra y que no superan los 90 km/h, se subieron esa tarde con la alegría de saber que había un viaje posible, sereno, con baños limpios y un comedor para distender músculos en el tránsito hacia un café con leche y dos medialunas. Los hombres evitarían los salpicones de los vaivenes de los baños de los ómnibus en las rutas, al colocarse de pie, frente al bamboleante excusado.

Pedro Aguado recordaba episodios de su infancia, viajando en servicios de lujo hacia Mendoza y Mar del Plata con cine abordo, y le bastaba conformarse con este recuerdo del pasado, para mascullar que en un presente distante de lo suntuoso, cuando menos se dejaba advertir alguna clase de promesa para mejorar en tiempos venideros; vio a los empleados del ferrocarril con saco y corbata, controlando boletos e informando a los pasajeros la obligatoriedad de no tirar papel en el inodoro, para evitar la clausura del artefacto aliviador de desechos; los escuchó impartir generosas recomendaciones acerca del uso de auriculares, para no molestar a otros; los niños impactados por el viaje a emprender en aquel grande de metal, imitaban con sus voces el sonido de las bocinas de la locomotora cuando atraviesan un paso a nivel, sorprendidos y expectantes; un piélago de gente buscando su asiento para ubicarse y portando mochilas y bolsos de mano, trasladaba la mitad de sus hogares. Se acomodó frente a una de las generosas ventanillas que le permitirían disfrutar del campo, el sereno ingreso a las estaciones de construcción decimonónica inglesa del recorrido, con andenes somnolientos, perros sorprendidos y respetuosos del paso del monstruo acerado.

Antes de partir, se había desplegado sobre las pequeñas mesas una parafernalia de mates, termos y celulares. Estos últimos encabezaban la lista de adminículos personales; eran portados con un torpe orgullo, como lanzas predispuestas a la batalla en las guerras de la independencia. Más tarde, Pedro se dio cuenta que el combate era verdadero: el enemigo era la especie humana.

Los rostros de los pasajeros tornaron en una presencia de ausencia, similar a la de los muertos, se fueron adhiriendo a las pantallas con gestos de insobornables inteligentes y rictus satisfechos por la pasión de ignorar todo lo que los rodeaba, menos el teléfono; cautivados por un imperio de la información propia -ya se verá- y ajena, que los hace creer libres y cosmopolitas, cuando en realidad son cautivos de la supresión del pensamiento. Una oferta y demanda de naderías que cambia la observación de la realidad y nos digitaliza la vida en el medio de promociones de viajes a Cancún, aun para quienes apenas pueden pagar un subvencionado billete de tren. Pedro me contó estas preocupaciones, a partir del primer episodio que presenció, y lo llevó a un cúmulo de cuestionamientos que pudimos compartir durante una tarde posterior al viaje.

Una señora de más de setenta años, según sus cálculos de sospecha etaria, sentada en diagonal a su asiento, una vez que se ubicó en el mismo, tras confundir su número de plaza por falta de observación de la realidad-cartel, desplegó su mate, tres alfajores, un paquete de galletitas y una tableta electrónica para ver películas; dio inicio de inmediato a una alborozada transmisión de mensajes orales por celular, a siete parientes, reiterando siempre el mismo contenido:  “¡qué alegría!...acabo de conseguir un pasaje para llegar a la operación de mi nieta; le descubrieron un pequeño tumor en su costado izquierdo, y viajo para ayudar a mi hija, aunque sea a cocinar, viste”. Reiteró una y otra vez la declamación de sus preocupaciones familiares, y luego, escuchó en alta voz las siete respuestas de similar y ubicuo formato conmiserativo que recibió de inmediato. Era indudable que había interpretado la solicitud del uso de auriculares, sólo como una sugerencia, y no como una exhortación.

Compartimos con Pedro la siguiente reflexión.  La alegría de la señora no se debía al hecho de realizar el viaje para seguir de cerca el lance quirúrgico de inminente comienzo; tampoco porque podría prestar alguna clase de ayuda en el momento de la controlada atribulación familiar por causa de la salud de la niña. Estaba contenta porque había conseguido un pasaje en tren. Aquéllo que suele ser un trámite normal, y hasta de último momento, en países de economías ordenadas, entre nosotros se convierte en una desventura cotidiana, debido a que en lugar de invertir para colocar más servicios que satisfagan la demanda de estos billetes, se somete a los usuarios a un galimatías propio de una ecuación algebraica, al sólo efecto de adquirir un derecho de viaje, por unos cuatrocientos kilómetros. La abuela se había parado al lado de la ventanilla de ventas, y veinte minutos antes de la partida de la formación, pudo adquirir un billete que devolvió otro pasajero; fue lo primero que había transmitido a su hija, desde el kilómetro cero del recorrido descendente.

Seis pueblos más adelante, se suspendió la operación de la nieta porque llegó al quirófano y no le encontraron el tumorcito; se había ido para adentro, según las literales palabras de quien la mantenía al tanto del episodio hospitalario.

La preocupada señora insistió con frustrar otra vez el intento de siesta erguida de Pedro. En esta segunda ocasión, repitió las siguientes comunicaciones orales de idéntico contenido, anunciando la operatio interruptus, agregando a cada uno de ellas “se escucharon nuestras oraciones, yo sabía, se le fue para adentro, tendrán que buscarlo ahora”. La comunicación pública de ida y vuelta de la pasajera duró no menos de tres horas, en tanto que comenzaron a agotarse las cargas de las baterías de otros concurrentes que también emitían mensajes orales más discretos, pero obstinados; nadie se rendía. Algunos exhibían un segundo celular y otros los enchufaron en los centros de carga del tren. Omitiré los detalles del noviazgo de la divorciada que tenía a su lado mi amigo, porque se alternaban con la cirugía de la locuaz señora de enfrente y el recatado lamento del joven de atrás, por no haber aprobado anatomía en la facultad de medicina, y en definitiva, Pedro pudo haber confundido minucias informativas por lo simultáneo de la murmuración ensordecedora de aquellas congojas. No quedó intimidad por escucharse.

En la mesa del sereno café ubicado en Berutti y Austria, en diálogo cara a cara, compartimos algunas meditaciones que han perdido su autoría, producto de la espontánea y amical conversación.

A través de la amplia ventanilla, mi amigo vio cómo se acumulaban palmo a palmo, kilómetros enteros de vacas, caballos, ovejas, chacras, los indiferentes silencios de los alambrados de la llanura bonaerense y sus posibilidades de serena observación, que invitaban a una pausa de la rutina; sobre las cosas transita la inteligencia porque ellas la estimulan, a través de la reacción visual que provocan. Al evitarse la activación de los sistemas neuronales que dan vida a las ideas en el hombre, se ignoran sus principios, y con ésto, el ordo amoris que mencionaba San Agustín, mediante el cual se administra la intensidad de los afectos que se le otorga a cada objeto, según su importancia y el grado de amor que le corresponde; sólo el objeto (aquéllo que está enfrente), puede ser materia de conocimiento y sensibilidad de parte del sujeto. Incluido el sujeto mismo.

No cabe duda que para el informatus sapiens, las cosas no están en la realidad de lo cercano; habita en la nube imaginaria que le lleva la mirada a una pantalla y le impide ver al costado o al frente, al otro o a los otros. Aun en los mecanismos de educación formal sería imposible sostener a un niño durante horas prestando atención a un maestro, sin concederle un recreo; sin embargo, el mismo púber o sus padres podrán estar igual o más tiempo, soldados al mundo digital como verdaderas víctimas de la anestesia electrónica moderna, sin que adviertan la necesidad de ir al baño.

Vivir en el mundo virtual deriva en una innecesaria acumulación de datos que hacen las veces de una enorme biblioteca, cuyos libros apenas se conocen por sus portadas, desaparece la razón y gana espacio la ausencia de recuerdos en la especie humana; la máquina y la nube pasan a ser exclusivas propietarias de la inteligencia -artificial- y la memoria, y ésto suprime una vez más, el pensamiento. Pedro barruntó que sólo progresarán en la competitiva sociedad moderna, aquéllos que sepan distinguir que tales adminículos son un medio y no un fin en sí mismo. Concedo que podría tener razón; el resto dedicará su tiempo a reclamar derechos de consumo.

Si el hombre no controla la ansiedad de las ofertas electrónicas que le dispensan sus aparatos, se ve incentivado hacia viajes oníricos que lo llevan a lugares lejanos, pequeñas y sintéticas historias intrascendentes mediante imágenes de otros, a vivir sensaciones o mundologías que no le son propias, en síntesis, a auscultar un presente efímero que lo deja sin futuro. Al perder la noción de pensamiento propio, se pierde la idea del recuerdo, y con ésto, queda desprendido de los afectos, alejándose de lo real.

Lo real es reemplazado por la noticia lejana y nos lleva a sustituir la verdad por el comentario, a veces inexacto y malintencionado, sobre un hecho determinado pero ajeno. La primicia -forma retórica de la ansiedad periodística- por apresurada, en ocasiones suprime parte de la verdad.

A medida que avanzaba su tren, mi amigo seguía confrontando los dos paradigmas que observaba: por su ventanilla transitaba la vida; el sol de invierno apenas medrando las huertas de hortalizas de temporada, apoyaba su efímero calor sobre las boinas vascas de los paisanos que cuidaban la hacienda montados en sus caballos, que sentían el frío en sus caras y conocían la escarcha de las seis de la mañana, porque la baja temperatura era mucho más que un numerito en la pantalla del teléfono. En el interior del tren, un espectáculo circense de negadores de todo aquéllo que se veía afuera, deudores para siempre de una caminata por el campo, del sabor de un litro de leche recién obtenido en alguna de las vacas que pastaban en la perpetua pampa; conocerían todo por fotos, mensajes de corta duración, reiteradas mojigaterías instantáneas, olvidables desde el mismo momento en que se emiten.

Pedro miraba hacia el campo en un intento de abstracción de aquella escena, y advirtió a lo largo del trayecto que hasta los animales tornaban la vista sorprendidos por el paso del tren, ellos entendían que en el mundo había cosas para ver, diferentes de su especie, con la que conviven todos los días en el medio de los pastos. Por el contrario, a las personas no le llamaba la atención aquel cosmos original que se destilaba por el flanco de las vías, y hasta hace poco tiempo pagaban entradas para verlos en los vetustos zoológicos; ignoraban que el pasaje adquirido para el viaje, además del traslado, incluía una apreciada platea al espectáculo de la naturaleza.

La denominada inteligencia artificial los dotará de celeridad para el espasmo neuronal, terminará anulando el pensamiento, elegirá el algoritmo y no el hombre, y los buscadores seguirán actuando subrepticiamente como agentes a sueldo de gobiernos totalitarios que se asignan la libertad de elección de los contenidos bajo un mandamiento comercial. Los esclavos de la Roma Cesárea han mutado en autoesclavos.

La especie humana ya se confundió cuando bajó a la tierra el edén prometido en la Biblia, para convertirlo primero en el milenarismo del mercado (homo economicus), luego en la cosmovisión  de la dictadura del proletariado con su utópico paraíso terrenal al final de la historia (homo faber) y ahora ha quedado atrapada como el homo ludens, desorientada en el mundo digital y despreciando su propia inteligencia, regalando su intimidad al atormentar a sus ocasionales vecinos de ruta con historias sin ningún interés para otros. Algunos personajes despreciables, ocultan su identidad y crean perfiles anónimos para atacar a otros, cuestión que los convierte en verdaderos canallas, porque ésto en el barrio no se hacía, por temor a la segura réplica de la trompada ajusticiadora del agraviado; se esconden en la trinchera de una pantalla cobarde y lejana.

Algunos conocen a sus hijos sólo por las cuantiosas fotos de las vacaciones y las ofrecen en las redes sociales para que pasen a integrar la colección que anida en los ordenadores de los enfermos pedófilos, que en nada se interesan por saber si estás en una playita con la nena de tres años porque sólo buscan la foto de la nena; el homo sapiens en etapa de rendición.

Por años, los doctores de la ley trataron de decodificar en los Libros Sagrados dónde se ubicó el edén de la tragedia inicial. Los estudiosos de la Torá hicieron mil alquimias con los números, pero todo fue ineficaz: ni rastros de los frutos prohibidos. Isaías Hurwitz, uno de los más sabios cabalistas del siglo XVII, buscó la puerta del cielo (Sa’ar Hassamayin); resulta por demás curioso, que las recientes generaciones crean que la han hallado en una pequeña pantalla.

Pedro también recordó una curiosa observación de Umberto Eco, en orden a una paradojal relación entre el software y la entidad a la que  se le llama alma, toda vez que el mundo de la electrónica transfiere mensajes de un lugar a otro sin perder sus características, y sobreviven como un inmaterial algoritmo cuando abandonan un teléfono y se trasladan hacia una computadora, recordando imágenes, recados, es decir, conservando sus propiedades originarias; por esta vía explicaba la posibilidad de la muerte y la resurrección -aun si decirlo explícitamente-, debido a la conservación en algún lugar del algoritmo intangible del alma, que luego de la desaparición física, permitiera su reproducción exacta. Con el recuerdo del filólogo italiano, Pedro sugería, que esa paradoja invitaría a pensar que existe el Espíritu Santo, toda vez que hasta la palabra ghost fue utilizada por la informática en sus primeros tiempos, y mediando esta tecnología, resulta sencillo escribir en español con el programa adecuado, y efectuar una traducción simultánea a múltiples idiomas.

Todo ello, mediante una interminable e incomprensible combinación de numeritos binarios. Claro está, que una sugerencia de esta naturaleza, nos llevaría a pensar que la humanidad se ha vuelto religiosa sin saberlo, por la Gracia de aquel miembro de la Trinidad, y en función de lo expuesto, se manifiestan sus dones, tales como el de hablar todas las lenguas y la ubicuidad universal. Nos propusimos dejar esta cuestión para los estudiosos de la metafísica o la informática.

Mi amigo tuvo ocasión de leer estas líneas sobre los hechos que provocaron sus preocupaciones y las mías. Se limitó a comentarme que no compartía el epígrafe que le asigné, porque los trenes mantienen un logos, una lógica mecánica y autómata pero inteligente, que los lleva en general, a no abandonar las vías por causa de distracciones banales, y así nos trasladan de un lugar a otro; es el hombre quien pareciera estar perdiendo su camino de hierro: pensar y mantenerse en una individualidad decorosa, en tanto integrante de una comunidad que debiera superar las conductas imitativas de los simios y el parloteo torpe de los loros.

Tenía razón en orden al título de mi comunicación, pero en el preciso momento de editarla me distraje con un llamado entrante del celular, y olvidé cambiarlo.

No dejo de pensar en los reiterados mensajes de la señora que había orado y transmitido el motivo de sus plegarias por el ghost de su teléfono ¿habrá sido escuchada por Alguien, y se produjo el milagro de la desaparición del tumorcito de la nieta?


1 comentario:

Agradezco a quien comenta porque acompaña el sabor de la escritura, que siempre es de a dos: escritor y lector.

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