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05 noviembre 2023

Teodorico y su laberinto teológico

    Flavio Teodorico 'el Grande' fue rey de los ostrogodos, patricio del imperio y gobernante de la prefectura de Italia (474-526); tal como era costumbre, había sido enviado por su padre como rehén a Constantinopla, para asegurar el pago de los tributos de sus tierras, y allí recibió una educación grecolatina, motivo por el cual era conocido como ‘el filósofo vestido de púrpura’. Desempeñó un papel importante en las disputas eclesiásticas de las primeras épocas del cristianismo y como todo militar romano había adscripto a la herejía arriana. 

    Las discusiones religiosas eran intensas aun después del Concilio de Nicea (325) convocado por Constantino, debido a que los gobernantes del imperio buscaban ganar la confianza de sus pueblos y las autoridades eclesiásticas, en épocas en las cuales también era común la inestabilidad política por la paulatina disgregación del poder centralizado romano; aun así, rindió tributo al emperador Zenón de Constantinopla, quien lo envió para reemplazar al general Odoacro, al mando de la provincia itálica. Para sustituirlo organizó un banquete y lo mató con su propia espada, mientras el reemplazado moribundo le preguntaba ¿dónde está Dios? Su eficacia brutal en modo alguno le impidió reflexionar sobre la pregunta final, y habiendo gozado de longevidad, meditó una y otra vez sobre la respuesta adecuada, según cuenta en sus memorias su yerno Eutarico, consignando alguno de los desvelos teológicos del padre de su esposa Amalasunta. 

    El arrianismo fincó su esfuerzo central en la racionalización de los misterios divinos, y por esta vía, no admitían la existencia de la Santísima Trinidad, colocando en crisis la divinidad de Cristo. Este resultado de simplificación religiosa, llevó a una más sencilla aceptación de las doctrinas de Arrio en la base militar del imperio; el esfuerzo no requería el poder de una inteligencia en abstracto para interpretar la consustancialidad del Hijo, y fue así que penetró fácilmente en el espíritu de los toscos hombres de las centurias. Como todo arriano, Teodorico, comenzó por descreer de aquello que los teólogos de oficio escudriñaban en los misterios, por considerar que en muchos casos se cometían extravagancias, y era partidario de ver las cosas como aparecían a simple vista; fue así que se entregó a la interpretación textual de la Biblia, tratando de responderse aquella pregunta final del asesinado Odoacro. 

    Sostenía que nada había sido improvisado en el plan del Señor y sus rastros se leen sin esfuerzo en los primeros versículos de la Biblia; se crearon los animales, y luego el hombre que debía nombrarlos; dijo el Señor 'hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza; y que le estén sometidos los peces del mar y las aves del cielo, el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales que se arrastran por el suelo'. En este párrafo aparece uno de los primeros misterios de la Creación, el Verbo provoca la incógnita que se planteara el aprendiz de teólogo, que quedó atrapado en algunas de sus expresiones literales. Escudriñó primero, el alcance de la expresión ‘hagamos’; a riesgo de ser considerado hereje, daba a entender que el Señor se encontraba acompañado por alguien más en aquellos instantes fundacionales; descreyó del empleo del plural mayestático. Revisó una y otra vez los primeros párrafos del Libro Sagrado y no pudo establecer a quién se refería. Descartó a la Santísima Trinidad, aun cuando siempre tuvo la duda respecto del Espíritu Santo, por ser éste, el que habría inspirado la documentación de aquellos actos fundacionales; acaso su escritor, y aun así, no estaba mencionado en el parágrafo y no era propio de un arriano, suponerlo. 

    Desechó este primer intento debido a que la consustancialidad de los Tres, no hacía necesario de que Yahvé hablara en voz alta, y bastaría sólo con que pensara la cuestión y los otros dos la entenderían en el mismo instante; es posible que en la soledad, el hombre hable solo, pero en este caso se trataba de Dios que era puro Logos. La duda lo siguió arrastrando a la segura dimensión de la verificación de su herejía, debido a la intervención de la serpiente en el pasaje en el que induce a Eva, a pecar. La serpiente dialoga con la mujer, con lo cual no es de descartar que aquel animal tuviera el don de lenguas; de hecho, el Señor se dirigió a ella, maldiciendo su actitud y con claridad refiere el texto Sagrado ‘…Y el Señor dijo a la serpiente…’, condenándola a arrastrarse sobre su vientre y otros pesares ...

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Agradezco el seguimiento de ustedes, y seguiré publicando otras reflexiones en este mismo blog. Saludos cordiales.

                                    Juan López de Rivero.

29 octubre 2023

El faro y su paradoja. Canto a los héroes de Claromecó.

 Desliza una tosca rigidez de silueta que ondula

Como aquella Leucótoe que atrajo al Sol

A su lecho griego, desorientando en la pasión,

Al día, a las horas, y a la Luna

 

Metido entre el viento y la llanura,

Gira y gira, a izquierda y a derecha,

Alrededor de su luz afantasmada

El agua se adecenta por su brecha

 

Los marineros sueñan la noche exacta

Imaginando la paz de una alcoba en Bretaña

Y escuchan una fémina y tunante voz inglesa

Que les cambia la luz por la histórica patraña

 

Malvinas, le había deparado este destino,

Por faena del fervor de la Patria y de su ingenio,

En lugar de guiarlo en la tormenta

Debía confundir y extraviar al enemigo

 

En el insomnio azul de la cúpula segura

Los alumbra y oscurece como un sino

Dibuja y desdibuja la derrota

Corrigiendo al compás sus desatinos

 

Los atrapa con el relato de Ptolomeo

Sufriendo por el amor de una mujer en Pharos

Los enreda con historias y borrascas

De amores, naufragios y desvelos

 

Les marca el límite de la tierra

Que no podrán pisar sin escarmiento

Claromecó, Cabo de Hornos, Ostia,

Livorno o la linterna de Génova

 

No importa el capricho topográfico

Se encuentra como estaca en su arena

Con el cuerpo ajedrezado a dos colores

Y el resplandor perpetuo entre sus venas

 

Y sigue allí, desafiando la brújula y las técnicas

Si fuera derrotado por la ciencia,

Su inevitable imagen ya es eterna,

Su recuerdo, algo más que una leyenda.

 

16 octubre 2023

La cuarta protoforma matrimonial

 

   La inmensa península Arábiga es un desierto deudor de agua y plantas, de proporciones inimaginables para el hombre, que puesto allí, con la idea de poblarlo, debía cuidar las ovejas y proveer manos al tránsito de las caravanas que ingresaban desde Arabia del sur, rica y fértil, que producía incienso, mirra y otras sustancias aromáticas, hacia el Egipto faraónico y las provincias sirias del imperio Persa; sin herramientas, con multitud de camellos ignorados por el Corán posterior, y el designio de las cualidades amatorias del varón y la mujer, sutilmente imaginadas por algún dios, de entre tantas entidades que se alababan por aquellas soledades. Los babilonios, cananeos, fenicios y hebreos no conocían la zona y se registran los primeros combates alrededor del año 1100 (ac) entre israelitas y los nómades de Palestina; a estos últimos se los conocía como los hombres del Madian y las hostilidades eran permanentes entre ellos desde los tiempos del juez Gedeón (Jueces, 6, 2-5).

    Era tan importante multiplicar los corderos como centuplicar la especie erecta para la guerra y la subsistencia; se necesitaban pastores, guerreros y beduinos. La soledad y el aislamiento era lo habitual. En un hadiz atribuido a Urba b. al-Zubayr, se refiere que Aisha, una de las esposas preferidas del Profeta (sea tenido con Alá, clemente y misericordioso) halló cánones matrimoniales muy comunes en los primeros años de la Hégira, y se empeñó en tratar de ordenar las protoformas de esas prácticas de la época preislámica o yahiliyya; algunas de ellas eran fuente de confusión y disputas entre los hombres. Eran cuatro los métodos para unirse en matrimonio antes de la iluminación de Mahoma (la paz sea con él): 1) este primer formato era muy similar al actual, y por su medio,  un hombre proponía matrimonio al tutor de la mujer o a su padre y este último le asignaba una dote; 2) cuando el hombre no podía tener hijos, mandaba a su mujer a cohabitar con otro hombre; 3) un grupo de diez individuos como máximo, tenían por turno relaciones con una misma mujer, y cuando ésta quedaba encinta y había dado a luz, los convocaba y asignaba la paternidad del niño a uno de ellos; el elegido no podía sustraerse a la asignación. 

    En lo sustancial nos interesa una cuarta forma preexistente (4), debido a que era la más compleja de sobrellevar, por ser cuna de confusiones. La mujer, en muchos casos viuda o huérfana por los constantes combates que existían por la zona, colocaba una bandera en su puerta a modo de insignia, permitiendo que todo varón que deseara entrar, pudiera hacerlo libremente. La franquicia se extendía hasta su primera falta; cuando nacía el niño se convocaba a los fisonomistas para establecer mediante un juicio de aproximación corporal, quién era su padre. Ningún hombre solía negar esta paternidad, menos aún si el niño era varón, por lo útil que resultaría con los años para los menesteres de pastoreo o tareas de guerra. La época condenaba a las mujeres a una tarea exclusivamente reproductora, y a la espera que los padres de sus hijos se dignen a suministrarles alimentos. 

    En una ocasión, tal como era costumbre, se convocó a los fisonomistas para establecer a quién pertenecía un varón nacido en el mes 1 de Sefar; el niño tenía pelo renegrido, piel aceitunada y dos grandes ojos oscuros, facciones que en nada se diferenciaban de aquellas que poseían casi todos los seguidores del Profeta (la paz sea con él). Los peritos resolvían estos casos con más aproximación que ciencia, y en general, buscaban arribar a juicios terminantes para evitar disputas posteriores. Todos advirtieron dos peculiaridades que podrían encaminar la solución del enigma genético: el recién nacido carecía de lunar alguno que pudiera ser comparado con el que poseyera alguno de sus eventuales padres, por otra parte, sus orejas eran más grandes de lo habitual en los herederos de la raza; convocados los hombres que habían  yacido con la mujer, los sabios genetistas advirtieron que ninguno de ellos poseía un lunar en parte alguna de sus cuerpos; se habían presentado veintidós, y ninguno tenía grandes orejas. Las deliberaciones se hicieron exhaustas, citando reiteradamente a la mujer, para interrogarla acerca de otros hombres que podría no recordar y que hayan pasado por su lecho. Una y otra vez, la madre manifestaba su honestidad en orden al número de visitantes que había recibido. No resultaba adecuado asignarle el hijo a cualquiera, porque al crecer, podría carecer de todo rasgo físico similar al de su padre y ser repudiado bajo un fútil pretexto para evitar la obligación alimentaria del progenitor. Optaron por realizar un receso intermedio de la asamblea, a los fines de aguardar, un primer crecimiento del niño para observar otro tipo de detalles: las formas de caminar, correr, hablar. 

    Mientras tanto obligaron a los veintidós varones a sostener con alimentos a quien provisoriamente llamaron Jamil, debido a su gran belleza. Se volvieron a juntar los sabios un año más tarde, y tampoco hallaron alguna similitud física con ninguno de los visitantes del lecho. Repitieron al quinto año y el resultado fue igual de frustrante, a pesar que uno de los hombres creyó reconocer los labios de su padre en los labios del niño; los fisonomistas hicieron comparecer al supuesto abuelo, sin advertir parecido alguno entre ambos, sospechando que intentaron timarlos por cuestiones de ambición, debido a que el niño crecía fuerte, sano y bello. 

    A los diez años de aquel parto, la mujer había dado a luz a ocho niños más, pero a todos ellos se les había ubicado un progenitor. Seguía criando a su lado al huérfano Jamil y no resultaba factible, en sucesivas asambleas de discernimiento, adjudicárselo a alguno de los veintidós hombres. Recurrieron a un trámite extremo; al cumplir dieciséis años decidieron mandar a Jamil a la guerra junto a sus posibles padres, y así todos fueron reclutados, con la idea de probar si aparecía algún rasgo común de valentía, destreza o cobardía, que permita suponer una relación de sangre con alguna de las paternidades. Relegaron la posibilidad de la muerte, pues interesaba en primer término, resolver el litigio del nacimiento. Al regresar el ejército de una batalla en las inmediaciones de Hedjaz, preguntaron a sus capitanes si habían advertido actitudes que permitieran establecer un laudo. Ellos respondieron que todos tenían en común una sola característica: habían muerto en batalla...

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Agradezco el seguimiento de ustedes, y seguiré publicando otras reflexiones en este mismo blog. Saludos cordiales.

                                    Juan López de Rivero.

 




10 octubre 2023

El papiro perdido

 

    Las rústicas casas de piedra marcaban el rústico destino de quien sería olvidado por el imperio y recordado por la humanidad; no pudo soportar su exilio dispuesto por Tiberio y confirmado por   Calígula, y apareció colgado de una viga de quebracho en el equinoccio de la primavera romana, en algún año del siglo I. 

    Cuando regresó de Judea, alrededor del 36 (dc), no pudo saber si fue víctima de un designio de la economía de la Redención o de su propia crueldad. Tiberio había escuchado a los líderes judíos que se trasladaron a Roma para protestar por la matanza de samaritanos en el monte Gerizin; el gobernador estaba perseguido por la sombra de una permanente insurrección que no podía terminar de desactivar, aun después de aquella crucifixión. Se dispuso para él, una diminuta villa con unos pocos acres de tierra en la Galia, que le permitirían una mendicante subsistencia; alejado del mando y la lujuria que le habían prodigado los excesos en Galilea, apenas contaba con espacio para los enseres domésticos, algunos papiros que relataban su despótico ejercicio del poder y las pocas joyas de Prócula que tampoco pudo soportar su impotencia frente a lo Inexorable; había fallecido unos años antes. 

    Su mentor ante Tiberio, Lucio Elio Sejano, lo había acompañado en su vida de funcionario del imperio, y se encargaba de mantener en orden los folios que daban fe de sus actos y que habrían merecido alguna clase de piedad para la memoria histórica, de no ser por la trágica urdimbre de sus decisiones. Lucio pertenecía a una vieja familia quiritaria caída en desgracia durante las traiciones que sucedieron al magnicidio de César; no pudo aspirar a la gloria militar ni a los honores pretorianos, y debió conformarse con acompañarlo en funciones de amanuense para documentar las acciones del gobernador. Fue con él al destierro y ordenó sus documentos, pero aquella mañana había ido al mercado para conseguir algunos encargos de Pilato, y al regresar a la villa, encontró su cuerpo pendiendo de una soga. 

    Conocía los detalles de cada uno de sus escritos porque a él se los había dictado, salvo el contenido de un folio que nunca redactó de su mano y que el exiliado conservaba siempre en su poder, lacrado y fuera del alcance de otros funcionarios; nunca supo qué contenía aquel papiro, hasta aquella mañana en que halló su cuerpo exánime prolongando la viga. Tampoco le fue fácil ubicarlo, aun cuando sabía de su existencia. Revisó uno a uno los textos, leyendo y releyendo el movimiento de las finanzas de la gobernación, la cantidad de tropas apostadas en la región, los juicios que llevó a cabo y las sentencias que dictó, al igual que la cantidad de crucifixiones que había ordenado, los enseres y armas que se habían adquirido para sostener al ejército, los fondos que le sustrajo al Sanedrín para construir un acueducto y demás detalles de abastecimiento, inútilmente probatorios cuando pretendió defenderse ante Tiberio, por la acusación de la última matanza. 

    No exhibió al emperador el escrito que conservaba para sí, porque lo atormentaba una gran incógnita: ¿Cuál sería la reacción del César, si conociera una solitaria estadística?; había temido por su vida porque sabía de antemano que en modo alguno sería factible alterar una cosmovisión que contaba con miles de años de seguimiento. Imaginó que si algo tan banal como una habitual represión romana contra sediciosos religiosos podría significarle perder la confianza de Roma, aquel manuscrito, importaba un directo pasaporte a una reclusión por demente...

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                                    Juan López de Rivero.


28 septiembre 2023

El indio estratega.

Un día de invierno de 1652, el cacique Runcapayú fue derrotado en un combate en las inmediaciones del río que los indígenas conocían como Vuta Leufu, por ser muy grande. Las tropas que provenían del puerto de Santa María del Buen Ayre estaban dispuestas a despejar el camino hacia las salinas grandes ubicadas unas pocas leguas más al oeste. Quedan muchas muertes de sus hombres en el campo, y se hacía imposible huir hacia las tolderías del poniente porque los soldados reales cansados de reiterar sus excursiones para despejar el acceso al mineral que conservaría sus carnes, haciendo uso del manual de estrategia militar español, se lo impidieron. Tuvo que abandonarlo todo y galopar con su potro de guerra hacia el naciente; sabía que había un gran río que le impediría avanzar, motivo por el cual comenzó a trepar por la ribera del mismo durante largas jornadas, apenas descansando para que su caballo tome agua, pero decidido a volver para recuperar lo que quede de sus amores en el campamento. 

Su regreso no sería inmediato. Durante meses esperaba encontrar amistad con pequeñas tribus dispersas que siempre se mostraron belicosas para darle el refugio que por su condición merecía; nadie recibe a un derrotado. Siguió subiendo hacia el calor húmedo de la selva, hasta que se halló en el medio de una plaza muy distinta a las que conocía, en cuyo alrededor cohabitaban indígenas iguales a él, junto a hombres vestidos de otra forma; luego se enteró que había arribado a la misión jesuítica Santo Tomé Apóstol. Por el mismo motivo, también comprendió que había sido bien recibido, y por tratarse de un cacique, aprendería el latín que los monjes estaban dispuestos a enseñarle, en tanto que le permitían conservar su lengua para comunicarse con otros indios que con él habían cabalgado luego de aquel desastre en la llanura.

Poco a poco fue comprendiendo que se hallaba frente a un mundo diferente, con un orden establecido y funcional a la finalidad que perseguía el asiento; la plaza estaba rodeada por un templo en el que habitaba un Dios misericordioso y amable, un potrero donde se enterraban los muertos en el medio de unas cruces que alababan a aquel Dios, una casa para quienes enseñaban sus milagros, escuelas y talleres para aprender oficios.

Meses después fue convocado en su condición de capitanejo indígena a ejercicios de naturaleza militar, programados, interesantes para su ignorancia de salvaje en estos temas, y le explicaron que la finalidad de estos asentamientos era la defensa de la frontera de una España en América que se hallaba en constante disputa con el reino de Portugal. Todavía no llegaba a comprender que era España y que era Portugal, y aun así, se sentía cómodo pues había muchas más mujeres que hombres, y el poblado no tenía más de cuatro o cinco mil almas. Supo que existía el alma. Conoció las puertas, las ventanas y los baños. Aprendió a entender cómo pensaba el hombre blanco, apreció parte de su literatura, sus métodos de ataque y defensa, pero siempre pensando en su regreso al Vuta Leufu. Luego de algunas escaramuzas por la zona se fue ganando el respeto y la confianza de los frailes que dirigían la reducción, se sentía cómodo y permeable a sus enseñanzas, y por tal motivo lo dejaban entretenerse con los manuscritos que los copistas del monasterio habían traído consigo para abrevar de libros clásicos; entre ellos, halló un ejemplar de Ars Belli del General chino Sun Tzu, que San Ignacio había recomendado a sus hombres para enfrentar la misión evangelizadora y militar, que el rey Felipe II les había asignado, y que había sido traído de oriente por un miembro de la Orden. Aún con los problemas que su incipiente latín le prodigaba, llegó a traducir a su lengua algunas de las máximas de guerra que enseñaba aquel escrito: “No será ventajoso para el ejército actuar sin conocer la situación del enemigo”.

A partir de ese momento no pudo conciliar el sueño por las noches, debido a que la convivencia en aquel sitio le estaba mostrando las herramientas para su regreso; la misma raza que lo había echado de sus potreros, le estaba enseñando a recuperarlos. Recordó que los buenos monjes se quejaban de las ambiciones y esclavitudes a las que eran sometidos los inocentes indios; recordó que lo habían corrido por media llanura para apropiarse con exclusividad de la sal, que estaba al alcance de cualquiera; recordó que los Jesuitas leían en misa la bula Sublimis Deus del Papa Paulo III, en la que se proclamaba la libertad de los indígenas en las colonias; recordó el evangelio de Mateo “… ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas que limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de codicia y desenfreno!...”. Todo estaba a su alcance, todo se lo habían enseñado, o por lo menos lo necesario para conocerlos y volver al ataque.

Se fue una mañana de primavera, luego de conversar la noche anterior con el prior del asentamiento; le mencionó que volvería a ver a los suyos, le agradeció todo lo que le habían mostrado y le dijo expresamente: “me voy para hacer lo mismo que ustedes”.

Tomó su caballo y los únicos seis indios que le habían quedado de su tribu; cabalgó por millas enteras hasta el Vuta Leufu, y cuando llegó a la zona se reunió con varias tolderías dispersas; las convocó a una asamblea indígena, al estilo de las reuniones que había observado en la misión jesuítica. Con paciencia aguardó a que llegaran chanás, pampas, ranqueles y aucases, y les fue contando que había conocido el latín y la doctrina de un Dios del enemigo que castigaba la codicia y el desenfreno. Estaban de acuerdo en que no podían dar una guerra en igualdad de armas.

Luego de un mes acordaron que tendrían un único mensaje frente al invasor: “el oro y la plata están en el Potosí”.  Los obligaron a dispersarse hacia el norte rezándole a su Dios para hallar fortuna.

También había aprendido que las enseñanzas de Sun Tzu sobre la guerra se apoyan en dos principios:

La Guerra se basa en el engaño. El supremo Arte de la Guerra es someter al enemigo sin luchar.

18 septiembre 2023

La Patria

 Esta palabra otrora convocante

A innumerables campañas del esfuerzo

Por olvidos o enconos de los hombres

Yace en un desván de polvo somnoliento,

Con improvisados ejércitos sin ropas

Los valientes vecinos del gauchaje

Labraron fechas e imperecederas glorias

En batallas o entreveros al galope

Quedaron solo los clarines y el renombre

Del bronce de los héroes en sus estatuas

También yertas, inmóviles y fatuas

Estampan lo que exhiben y lo que esconden

Un pasado perdido entre girones

Debiera recuperarse en la humildad,

Del gaucho y su progenie,

Siempre dispuesto a la lealtad forzada

Aportando los hijos, su sangre y su flete

En las duras páginas de la derrota y la victoria

deambula, solo, orgulloso y olvidado

sin reclamar pensiones ni la historia

Ni siquiera sabemos en qué osarios

Tantos intrépidos descansan

Ausentes, en el verso y en la pluma

Conformes, con un postrer abandono

Anónimos, todo lo ofrecieron

Tan sólo por creer que había un destino

En tanto que el tiempo y la distancia

Los inmolan en su empeño y su coraje

Sus mármoles ocultos no delatan

Nombres, vindicaciones o hazañas

No permiten el recuerdo de esta raza

Los guardaron con feriados y patrañas.

 

La Patria fueron sus hombres, sus madres y sus viudas

Compartiendo bajo el frío un pan y un mate

En la última noche, austera, sombría y previa,

A la muerte para el otro en un combate.

 

 

 

02 septiembre 2023

Opúsculo sobre el boludo.

No escapa a nuestro criterio lo inconveniente que resulta para la literatura el uso de términos toscos y groseros, pero la necesidad de realizar una comunicación sobre un marcado aspecto de la realidad, antepone la crudeza a la elegancia. El oficio de escribir debe ser capaz de reflejar la realidad con o sin eufemismos, y esta cuestión nada tiene que ver con la literatura comprometida.

Una segunda aclaración se impone: esta clase de sujetos existe en todas las culturas porque no son patrimonio exclusivo de una raza o producto de circunstancias climáticas, históricas o geográficas; responden a alguna clase de combinación genética deficiente propia del ser humano, y sólo varían los términos con los cuales se los designa en el lenguaje popular. Esto nos remite a una conclusión inevitable: pareciera que no existen perros o gatos con esta disminución conductual, y este malogro cognitivo es propio del hombre; su distribución porcentual en el total de la población es asignada por la naturaleza de la misma forma en que dispensa equilibrios tales como el número de varones y mujeres que existen.

Con sentido propedéutico daremos por conocido y citaremos abreviadamente, el enjundioso y preciso estudio del economista italiano Carlo Cipolla, en el que delinea con agudeza y prueba científica[1], las cinco leyes fundamentales de la estupidez humana, cuya sintética mención es la siguiente:

Primera Ley Fundamental de la estupidez humana: ‘Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo'

Segunda Ley Fundamental: ‘La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona’.

Tercera Ley Fundamental: ‘Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio’.

Cuarta Ley Fundamental: ‘Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que, en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error’.

Quinta Ley Fundamental: ‘La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe’.

El corolario de la quinta ley dice así: ‘El estúpido es más peligroso que el malvado’.

  Con el auxilio de estas prologales aclaraciones en honor de la síntesis, arribamos a una primera aproximación práctica: podemos predicar que el estúpido que describe Cipolla encuentra exacta correspondencia existencial con el boludo vernáculo argentino (acaso también con el gillipollas español, pero dejaremos a la pluma ibérica su eventual verificación y estudio). En esta comprobación deambula nuestro intento.

  La estructura del análisis del autor italiano nos confiere cierta comodidad literaria que evita una extensión desproporcionada del esfuerzo y un consiguiente agotamiento innecesario del lector. De allí su seguimiento, con la única finalidad de aportar a la cultura internacional dos aspectos que son de nuestra incumbencia: por un lado, una aproximación al término de extendido uso argentino que confiere título al trabajo, en tanto que también nos moviliza, la idea de actualizar algunos aspectos generados por el mundo de la tecnología y que incumben a la materia bajo examen.

  Una nueva mención debemos realizar respecto de una cierta sinonimia de origen entre los términos boludo y pelotudo. En ambos casos se refleja, a partir del sufijo ‘udo’[2], una inflamación indebida de las bolas o las pelotas, y al juzgar por nuestro empleo lingüístico habitual de estos dos sustantivos, hace inexorable referencia a los testículos masculinos. Esta anatómica, y a la par literaria deformación, habilita la idea de una especie de patológico andar en el sujeto que la padece y que genera signos de erráticas conductas sobre la tierra, y por extensión, aparecería la idea de algo no lineal, zigzagueante, por momentos demorado y deficitario en el empleo de sus miembros inferiores, a raíz del entorpecimiento que genera el tamaño exorbitado de su aparato de reproducción. Por extensión de analogía enunciaremos la ‘ley general de la torpe utilización de la herramienta adecuada para conseguir un determinado fin propuesto’. En este último punto fracasa siempre esta clase de sujetos.

  Antes de avanzar con el informe, es menester acompañar una idea que expresara el escritor Roberto Fontanarrosa en su académica intervención en el congreso internacional de la lengua[3] en torno de la expresión ‘pelotudo’. No cabe duda alguna que existe una sinonimia entre esta última y el término boludo, tal como se adelantó; tampoco podemos negar que el rosarino ha destacado en forma correcta, la importancia enfática que tiene aquel término, a partir de la letra ‘t’ que posee en su grafía, y acerca de lo cual, sólo nos permitimos agregar que también la letra ‘p’, confiere una segunda carga emocional a la expresión, que apertura un mayor empleo de la misma cuando se intenta zaherir intensamente a alguna persona mediante su uso. Coincidimos con lo expresado, aun cuando nuestro propósito, gira en torno de la expresión utilizada en el título; admitimos pues, sinonimia de génesis, pero mayor intensidad emocional en este segundo término. Progresemos con nuestro originario propósito.

  Se observa un paulatino distanciamiento en la aplicación de ambos, cuestión que nos permite sospechar una alteración modal, no sólo en el énfasis de su empleo, también en la evolución de su significado.

  En un trabajo de campo realizado por el investigador profesor doctor Teodosio Navarro de la Universidad Municipal de Carmen de Areco, con fondos aportados por el Instituto Nacional del Sentido Común – I.N.S.C, ya disuelto, por desgracia-, llegó a establecerse que en un universo de diez mil casos testeados en la estación Catedral de la línea D de la red de subtes de Buenos Aires, sólo en un 3% de la masa crítica evaluada, se había escuchado el empleo del fonema pelotudo. En este pequeño grupo subexamine se verificaron golpes de puños y lesiones una vez emitido el fonema.

  Por otra parte, el 97% restante, se correspondía con un trato coloquial entre transeúntes, mediante el empleo de la expresión boludo en forma amical de reiterado y abusado uso y sin efectos secundarios posteriores.

  El profesor Navarro pudo así establecer una evolución dispar en el empleo de ambos términos, conservando el primero, su sentido de innegable agresión, en tanto que el segundo, había mutado hacía formas relacionales de la sociedad posindustrial de la verdad ocultada. No compartimos la expresión ‘posverdad’, utilizada a veces para describir a esta clase de evoluciones de la comunidad; tampoco adherimos a la idea de evolución, sin aclaración alguna.

  Alentado él y su equipo por los resultados, Navarro amplió el espectro de la indagación, incrementando los confines geográficos de su trabajo. De tal forma, instaló un equipo de investigadores universitarios en el Aeroparque de Buenos Aires y otro sobre la línea del Ferrocarril Sarmiento, suponiendo que por ambos sitios, circulaban personas de distinta extracción social y diferente nivel de ingresos[4].

  Pudo verificar similares resultados en orden a la diferenciación de ambos términos y su consabida utilización, pero su sorpresa fue mayor cuando advirtió con números a la vista, una evolución posideológica en el empleo de la expresión boludo; en los hechos había sustituido a la palabra ‘che’, que hiciera famosos a los argentinos, a partir del fenómeno revolucionario de los años sesenta del siglo XX. Una pequeña dispersión porcentual mostraba el empleo de ambos fonemas a la vez, siempre con idéntico fin comunicacional: ‘che boludo vení’.

  Esta variación parcial del empleo del fonema, nos arrastra a una nueva confusión por la interpretación anfibológica del término; en otras palabras, cuando alguien se dirige a otra persona confiriéndole el tratamiento de boludo, el receptor del mensaje puede desorientarse en la interpretación de la intencionalidad con la cual fue empleado el término, y por este camino, suponer que lo tratan como a un amigo y no como a un torpe estúpido.

  De una punta a la otra de los trenes del Sarmiento, en sus estaciones o durante su recorrido, en los encuentros de la terminal aérea, abundaban expresiones tales como ‘hola boludo’, ‘chau bolu’, ‘sale el avión boludo, apúrate a orinar en el baño que después no te deja pasar el carrito de la azafata’.

  El enjundioso trabajo, seguía arrojando entre un 2,5 y 3,2 % de lesiones y agresiones verbales varias, cuando se pretendía usar la expresión pelotudo. La pequeña desviación decimal, no obstaba a verificar la innegable variación en el empleo de ambos términos que ya se había observado en la estación Catedral de la línea de Subtes. Navarro dio así por satisfechas sus conclusiones y lo informó a la Academia de la Lengua Española, sin que hasta el presente se tenga noticia de que se le haya prestado alguna clase de atención al esfuerzo.

  En otro orden de ideas, podemos asegurar que esta clase de personas no actúa de una forma organizada o siguiendo manuales de autoayuda, no se encuentran identificados con una conciencia de clase o adscriptos a algún club que los reúna los fines de semana para intercambiar sus experiencias como tales; por el contrario, resulta difícil hacerles comprender que una terapia individual o de grupo podría constituir un buen principio para corregir parte de estas conductas que aparecen como una constante en sus personalidades. Este último aspecto termina no sólo por desorientar a quienes deben tolerarlos, también afecta a ellos mismos sin que puedan darse cuenta; circulan felices por la vida.

El problema también acosa a quienes formulan clasificaciones sobre las patologías psicológicas del ser humano; tal fue el caso del doctor en psicología Herbert Müller, Profesor de las carreras de Teología Católica y Ciencias Cognitivas de la universidad de Tubinga, y amigo del argentino Juan Crisóstomo Quiñones, radicado en Alemania, quién en una tarde de amable café solicitó al experto que realice alguna clase de aproximación a los desvíos conductuales de los boludos. A tales fines, le efectuó una detallada descripción de los embrollos que los aquejan.

Müller interiorizado de las peripecias que había sobrellevado con algunos de ellos su amigo Quiñones, dedicó algunas horas académicas de su actividad para tratar de encaminar el desafío planteado en aquella conversación, y que él mismo había alentado, seducido por la particular expresión argentina.

En su derrotero analítico partió de una concepción de la personalidad del ser humano como resultado de una organización dinámica de aspectos intelectuales y afectivos, coligados a factores de origen genético y al entorno en el cual se verifica el crecimiento y desarrollo de las personas; tras la búsqueda para ubicar trastornos del contenido del pensamiento o la distorsión del juicio crítico que los aqueja, no pudo establecer criterios o límites cuali-cuantitativos que le permitieran situar el estudio de estos sujetos en alguna clase de tipología de la personalidad; es decir, cuando intentaba analizar el carácter y temperamento del objeto estudiado, no podía concluir en una precisa ubicación de una definida patología reconocida por la ciencia.

En otros términos, no logró avanzar hacia la formulación de una tesis que superara el umbral de un simple trastorno de conducta, que no necesariamente se verifica de forma reiterada y suele aparecer tanto en momentos críticos como en cuestiones banales. Esta última y errática característica determinó al académico a abandonar todo intento.

El Profesor alemán conocía las leyes que planteara Cipolla en su trabajo y concluyó con un razonable corolario a la segunda ley de la estupidez humana, cuyo enunciado envió por correo electrónico a Quiñones: ‘la sustracción de los aspectos boludoides de un estúpido, deja ver una personalidad normal en cualquier ámbito del quehacer humano’. Interpretando, a su vez, que requerir fondos para iniciar una investigación de campo en el ámbito de su universidad, hubiera importado un esfuerzo presupuestario de varios años y el tema no era de interés alemán; por lo menos eso creyó suponer.

Con los años, preocupado por aquella frustración, llegó a escribir un opúsculo que tituló ‘Der Idiot in der Geschichte´, y que nunca dio a la imprenta, mediante el cual había verificado que hasta de los sectores dogmáticos de la religión se prevenía respecto de esta clase de personalidades: ´El que engendra a un tonto, es para su aflicción, y no hay alegría para el padre de un necio‘ (Prov. 17, 21), ´La instrucción es para el tonto como un cepo en los pies y como esposas en su mano derecha‘ (Ecle 20,19), ´No hables demasiado con un insensato ni vayas con el que no tiene inteligencia; cuídate de él, para no tener molestias y no salpicarte cuando él se sacuda; apártate de él: estarás tranquilo y su estupidez no te fastidiará‘ (Eclo 22,13). Hasta el Señor, fue su conclusión, no los tenía en estima y advertía sobre ellos.

Tanto Cipolla como Müller, nos dan cuenta de una existencia histórica, extendida y actualizada de este mal que aqueja a las sociedades e impide una correcta individualización y tolerancia de estos fenotipos psicológicos porque escapan a las verificaciones de laboratorio, pero son alcanzados por la sabiduría e inmisericordia divina.

La teoría política de la república desarrollada a partir de la evolución de las monarquías absolutas de la Europa vieja, ha venido a convalidar una cohabitación difícil de superar a la hora del condigno trato que se merecen. Las pautas de igualdad que establecen este tipo de sistemas políticos, aunadas al único requisito de la idoneidad para acceder a la función pública, no sólo resultan impotentes filtros para evitar que un boludo desempeñe funciones de gobierno, también, estériles para frenar su avance en masa, adecentados y ocultos por consignas ideológicas de toda laya que ellos mismos no alcanzan a comprender. De allí, lo importante del empeño frustrado del Profesor Müller, que no pudo categorizarlos como deficitarios mentales. Son libres y nos vemos obligados a aceptarlos sin ambages por las prescripciones del sistema, aun bajo las reservas bíblicas.

Uno de los inconvenientes a resolver es la relación que existe en una sociedad de masas entre el boludo y las ideologías. Pareciera que ambos, en la medida que no operan y sólo teorizan, son inocuos. El problema se genera cuando pasan a la acción y buscan reivindicaciones abarcadoras de la realidad toda, a partir de una sola idea que pretende conferirle cualidades  lógicas a entidades diferentes. Los boludos y los ´ismos´ son asfixiantemente simplistas y porfiados cuando avanzan queriendo cambiar la existencia; desprecian los hechos construyendo artificios disparatados.

En unos y otros, existe una curiosa manía de extender una idea única a la solución de los problemas del todo social, sin atender variantes que se adecuen a realidades concretas. Suelen compartir también una especie de prestigio, amañado en la ignorancia o consumismo irracional de los demás. El resto del dislate lo produce una sociedad cuyos miembros caminan por las calles como ´zombies de shopping‘, distraídos pero satisfechos.

El avance tecnológico de la sociedad de masas ha venido a coronar la impotencia de la comunidad para inmunizarse de los agravios que generan estas conductas; nos basta mencionar, sólo a título de ejemplo, que el sistema le concede registro de conducir a cualquiera, pero sólo el boludo le agrega ímpetus comunicacionales a la faena de transitar, mientras barrena arriba de su automóvil, bajo la única consigna de ´celular activo o muerte´. Esta clase de individuos ha trasladado su vida social al pequeño adminículo y lo ha transformado en el eje de su actividad cotidiana; así las cosas, se los sufre mediante eternos audios de mensajería o a través del fraccionamiento de un mensaje único en quince textos diferentes; circunstancia que acredita una disfuncional fluidez del pensamiento, pues en cuestión de segundos, no puede armar una idea única, sino seccionarla en tantas partes, como irracionales impulsos intuitivos y emocionales padece. Suele verificarse en estos casos, una retahíla de comunicaciones recibidas por el sufriente receptor con la siguiente serie horaria: 16,20- 16,21- 16.22- 16,23 y así, hasta que el boludo deja de emitir, con la única finalidad de avisar que va a llegar tarde a un encuentro.

La expansión de la galaxia de la boludez en el ámbito de las redes sociales, merece un Tractatus específico. El Profesor Navarro ha efectuado una comunicación en tal sentido a varios colegas, por interpretar que la adecuada subsistencia de la comunidad política exige profundizar estos tópicos; lo hizo vía Facebook, pero sólo ha obtenido como respuesta varios pulgares hacia abajo (We don‘t Like) con un sugerente comentario que rezaba: ´subsistimos con publicidad gracias a ellos, no moleste´. Quedó desorientado y dudando de sus interlocutores.

Por último, debemos mencionar que el equipo de investigación local intentó establecer una descripción de categorías para distinguir a las diversas clases de sujetos que padecen estos desvíos conductuales, pero les ha sido imposible, a partir de la verificación de la primera y segunda ley fundamental de Cipolla; ello así, debido a la importante dispersión humana existente en este tipo de conductas.

El investigador de la prestigiosa universidad de la pampa húmeda, no avanzó para tratar de analizar, si este mal también aqueja al sexo femenino, debido a ciertas complejidades que advirtió en la empresa, con las cuáles prefirió no lidiar.

Por último, variando sustancialmente el método a emplear, y en el ánimo de realizar un trabajo de utilidad a modo de extensión universitaria local, dado el emplazamiento de la casa de estudios[5], no podía dejar de lado una indagación respecto de la existencia de estas semi-patologías en el ámbito rural. Mediante el diseño de un sistema de entrevistas con cuestionarios, y luego de recorrer un número suficiente de tranqueras y chacras, arribaron a la conclusión de la existencia de boludos también en el mismo; todo ello con aclaraciones que merecen su cita: a) debido al bajo índice demográfico de población, es más difícil ubicarlos; b) existen en la misma proporción que en las grandes ciudades; c) su presencia se advertía de una forma más definida, debido al tipo de tareas que se ejecutan en las fincas; basta con dejar abierta una tranquera para perder doscientas cabezas de ganado. No obstante, dado a la vigencia del uso del facón en la cintura por parte de los paisanos, a la fecha del trabajo realizado, no era habitual extender la expresión ´boludo´ a un trato de naturaleza amical; los gauchos son más conservadores y sacan rápido el cuchillo.

El Profesor Navarro y sus alumnos lograron una síntesis del trabajo de campo en el campo, como consecuencia de la honestidad de un abuelo de uno de los investigadores, que dejó para la memoria final, un aforismo usual que comprueba la existencia de estos sujetos en la escena agroganadera y verifica  lo que otros investigadores lograron concluir; Romualdo Apesteguía citaba en su entrevista con uno de los científicos, una frase de un paisano que ilustraba sobre el particular: ´prefiero atajar locos y no empujar boludos´.

La sintética expresión, concisa y plena de sabiduría práctica, nos devuelve a las conclusiones del Profesor Müller, en orden a la imposibilidad de clasificar como locos a estos personajes, cuestión que nos impide un diagnóstico a priori de los mismos y su correspondiente tratamiento. De allí que en materia de prevención, con el boludo, siempre se fracasa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Cipolla, C.M, Las Leyes Fundamentales de la Estupidez Humana, ed. Crítica, 2013.

[2] Del latín ütus, abundancia, en gran tamaño.

[3] Rosario, Argentina, noviembre de 2004.

[4] N. del E.: un alumno que participó del experimento, llegó a leer en un pequeño anotador del profesor Navarro, que hizo esta opción por advertir que se viajaba en avión mediante el pago de pasajes con tarjeta de crédito, en tanto, que se lo hacía en tren, empleado la SUBE. Parecía así, distinguir diferentes ámbitos sociales propicios para el trabajo de campo.

[5] El campus universitario se encuentra en el Km 138,5 de la Ruta Nacional 7, con vista a los alambrados.

El hombre que buscaba una idea.

    Sentado en un viejo baúl en la casa de sus abuelos reflexionaba una y otra vez acerca de los motivos por los cuales no tenía futuro. Se dijo a sí mismo, y ante un constante aliento de sus amigos, que debía encontrar la fórmula para resolver el estado de quietud que lo enraizaba a la habitación, no le permitía salir de lo conocido, explorar posibilidades de vida que superaran la rutina de los horarios prefijados, heredados por generaciones de culto familiar y social. Él creía que existían otros horizontes, estaba seguro de poder hallarlos.

    Se entregó a la fatiga de revisar una escasa biblioteca instalada en la misma despensa en la que yacía el cofre sobre el que se había apoyado, donde también estaban dispuestos estantes con alimentos secos, conservas, un lavarropas y tres sogas para colgar las prendas lavadas en los días de lluvia. El olvido de su tío había dejado esos libros, emigrado de la casa familiar por razones de matrimonio, o acaso, convenientemente dispuestos allí, por haber pensado que superada la era de la tracción a sangre, el motor a explosión los había transformado en un artículo de museo y no tenían más nada que ilustrar. Si bien se parecían a los prolijos tomos del ‘Tesoro de la Juventud’, no había duda que pertenecían a alguna colección cuyo nombre no le quedó registrado, pero suficientes en cuanto a su contenido, para disparar artilugios del pensamiento que lo movilizarían por algunos meses.

    Los primeros días descubrió que a Juan Jacobo Rousseau se le ocurrió inclinar el eje del planeta, al advertir que el hombre nacía bueno y luego la sociedad lo corrompía; quedó impactado por semejante variación de aquéllo que había leído de Caín y Abel en la Biblia familiar, la manzana y la serpiente, y todo lo que sería escrito interpretando que había una tendencia hacia el mal en el bípedo erguido y no en la sociedad, y por eso mismo, Cristo había bajado a la tierra para redimirlo. Le pareció extraña la propuesta, más aun, porque no se mencionaba a ningún Dios o dios, que respaldara el aserto; se advertía una especie de temeraria idea en el escritor francés, un capricho de barrio lanzado para la afiebrada imaginación de un mundo que siempre quiere cambiar las cosas, aunque no siempre sepa para qué. Pensó ‘habrá sido el progreso’.

    La radio cercana de su abuela transmitía un reportaje a un señor que no conocía y que explicaba en forma académica que las sociedades modernas tienen cárceles para recuperar a quienes delinquen, educarlos, y devolverlos a su casa para que continúen trabajando, sin molestar a nadie. Un aserto de doctrina recogido de una ley importante o algo así. Esta ocasional distracción que lo separó de su momento reflexivo puro, le generó una paradojal idea ¿Si al hombre lo corrompía la sociedad cómo podría ser la misma sociedad en sus cárceles la que le quite el baño de corrupción que ella misma le proporciona? En una primera respuesta no se cuestionó demasiado y concluyó que era posible que si era la sociedad la que corrompía, también tuviera la fórmula del antídoto para hacerlo cesar en su estado de corrupción; después interpretó que esto no tenía sentido alguno, y además generaba un exceso de gastos de los tesoros públicos en el mecanismo de corromper para luego quitar la corrupción; no dejó de sugerirse que si las personas eran buenas al conformar una sociedad, no tenía por qué la sociedad transformarse en mala por la simple adición o colección de buenos; tomó en cuenta una posibilidad remota pero cierta: la existencia de otros factores que influyan en el proceso, que no se hubieran analizado. Decidió emprender esta tarea sabiendo que el hombre era bueno, ignorando a la serpiente y a la manzana.

    Los tomos eran vetustos, pero tenían detallados e interesantes registros de una historia que él no conocía, y que por su misma condición de historia, tenía la vigencia de un presente que había pasado pero que había sido. Estaban ordenados y bien encuadernados, por temas y orden alfabético y cronológico, tal como suele ocurrir en este tipo de obras universales. Los fondos documentales de esa época informaban poco sobre civilizaciones antiguas y la edad media; había más prejuicios históricos que verificaciones científicas en ambos casos. De todas formas, al ginebrino lo halló en el segundo ejemplar, sobre un total de quince que allí dormían por falta de lectura habitual.

    Cuando barrenaba con sus dedos por la ‘D’, descubrió a Desttut de Tracy, uno de los primeros escritores que aportó un significado al término ideología, como expresión histórico-social de un grupo, en tanto superestructura espiritual de fuerzas que no tienen nada de espirituales, intereses de clase, motivaciones colectivas inconscientes o condiciones concretas de la existencia en sociedad. Debido a que no tenía mucho más por hacer, se dijo a sí mismo, voy a convertirme en un ideólogo; pareciera que es prestigioso y dejaré de lado la intención de ser médico, ingeniero o arquitecto. Ellos apenas conocen una porción de la realidad, técnica, fría y seccionada.

    Según lo planeó, primero debía hallar una idea para poder ser ideólogo; por lo que sospechaba que bastaría con una idea con pretensión de importancia. Además, debía ser posible transformarla en una relativa interpretación de la realidad, hacia un absoluto imprescindible con el cual todo se explique y justifique. Sabía que la cuestión no era sencilla, pero tenía muy claro que con semejante alquimia se transformaría en el indispensable hombre que quería ser. En primer término, revisó a lo largo de aquella concentración de sabiduría que se advertía entre los libros que había hallado, los logos correspondientes a otros hombres para no caer en el absurdo de la reiteración, y en consecuencia, el descarte o el olvido, por parte de quienes lo escuchen al formular sus planteos.

    No quería problemas con la religión, cuestión de presbíteros -se dijo-, motivo por el cual desechó todo intento de explorar cualquier clase de mecanismo que lo condujera a la idea de Dios; interpretó que bastaba con desconocer esa porción de la realidad, ignorarla, para dar por sentado que podría elegir algún otro ingenio para generar una obra literaria que se imponga como éxito de ventas por lo sabio de sus razonamientos.

    Estaba seguro de poder forjar una nueva ciencia por simple voluntarismo, aun cuando no sabía, si discurriría por campos propios de lo exacto, matemático o geométrico, o en su lugar, hallaría principios que permitieran cambiarle la vida a la gente mediante la economía o cosas similares.

    En el proceso de sus meditaciones estaba decidido a sustituir a la metafísica por la ideología, en la idea de engendrar cuando más no sea una noción de bienestar, consciente de que la ciencia es extraña a todo juicio valorativo, y por lo tanto no se la puede calificar de moral o inmoral; este último aspecto sería descartado porque ya se había discutido mucho en la historia sobre estas cuestiones perdiéndose un tiempo necesario para mejores empeños. Por otra parte, tenía claro en apartar a la metafísica, debido a que la gente estaba feliz o triste, pero siempre viviendo el día de su fecha y no se hallaba interesada en conocer qué pasaría dentro de una semana; el mero momento les impedía cualquier idea que lo transportara un poco más allá del barrio o en el tiempo.

    En la mezcla de autores que fue deshilachando advirtió que no tenía sentido dar respuesta alguna a la cuestión de Dios, tal como había hecho Friedrich Nietzsche, sino que era mejor suprimirlo como problema. Para qué perder tiempo con cuestiones que están más allá de lo que podemos ver.

    Quería avanzar en el desarrollo de una lógica cuyo objeto sea el presente en el que se plantea y se aplique como tal. Estaba seguro que la ideología era un formidable instrumento de explicación de la presente situación de nuestra sociedad que se exhibe bajo un aspecto claramente tecnológico, cruel, economicista.

    También descartó materias conflictivas y que ya se habían enunciado como la libertad, el mercado, la revolución y la lucha de clases, la patria, la guerra justa, la modernidad. Todas fracasadas por el enceguecimiento de sus propulsores y la frustración de sus destinatarios; sobre cada una de ellas tuvo tardes enteras de reflexión, y aun sin desconocer que todas dejaron alguna huella, también debía admitirse que no lograron abarcar una efectiva vigencia en la totalidad del hombre.

    El amor, esa especie de sentimiento agradable y doloroso al mismo tiempo, ya estaba inscripto en el marco de otros intentos, y su eventual utilización como soporte de la ideología que pretendía afirmar, hubiera aparecido como un simple mecanismo que no llegaba a explicar el todo que procuraba abarcar.

    Había escuchado hablar de la posverdad, pero los libros que estaban a su alcance en el ámbito del baúl de los abuelos, no habían llegado a conocer la época en la cual podía suponerse que luego de la verdad podía haber algo, que sin ser verdad, sea verdadero. Se preguntaba qué significaba estar parado después de la verdad, y lo cierto es que las respuestas que elucubraba, no hacían más que desorientarlo: si estábamos en una era posterior a la verdad, no podía haber verdad; con lo cual, se había matado a la verdad -ya no era necesaria- o bien pretendía ignorársela con alguna finalidad de difícil elucidación. Advertía con claridad que vivir sin verdad era como negarle una brújula a Cristóbal Colón, mientras seguía sin encontrar una idea que lo transformara en ideólogo.

    Le pareció oportuna la sustitución de la verdad por la mentira eficaz; por aquellos años en el barrio vivía un vecino que había comprado el primer televisor que salió a la venta. Para escuchar una primera transmisión, invitó a todos sus conocidos, quiénes sorprendidos por el aparato que transportaba la realidad de un lugar a otro, observaban la forma en que una reconocida actriz intentaba vender una máquina para hacer tallarines, a través del sutil artilugio del aviso publicitario; la mujer ilustró sobre las bondades técnicas y casi humanas del artefacto en no menos de diez minutos, prodigando su intervención en detallar cualidades del invento. Su abuela, presente en el acto oficial y barrial de la inauguración de la televisión, había sentenciado: “nunca será como el palo de amasar con el que estiro mis tallarines”. El episodio le había permitido sospechar a la mentira eficaz, y el tiempo siempre sazonador del olvido y de la razón, terminó por demostrarle que a pesar de todo desaparecieron los palos de amasar y las abuelas, imponiéndose aquel aparato...

El cuento completo se puede leer en Amazon bajo el título "Cuentos de Metafísica" en el siguiente vínculo https://www.amazon.com/s?k=cuentos+de+metafisica&i=stripbooks&crid=2SYJPAP6DZVJZ&sprefix=%2Cstripbooks%2C356&ref=nb_sb_ss_recent_1_0_recent

Agradezco el seguimiento de ustedes, y seguiré publicando otras reflexiones en este mismo blog. Saludos cordiales.

                                    Juan López de Rivero.

 


05 agosto 2023

Otra posible vindicación de Judas

    Borges relata que el teólogo Nils Runeberg en sus obras sobre el tema, se aboca a la conclusión y no a las pruebas[1]; el catedrático de la ciudad universitaria de Lund, exhumado del anonimato por la trama borgeana, carecía de artes de abogado, motivo por el cual no vio las evidencias.

    Las fuentes paganas son escasas, pero un análisis conglobado de ellas con los acontecimientos narrados por los apóstoles en el Nuevo Testamento, nos permiten una aproximación a las pasiones que desencadenaron los hechos. Hubo una Pasión y varios dramas.

    Coincidimos con el profesor alemán, en orden a que conformarse con la imputación del crimen de Judas a su codicia, es resignarse a admitir el móvil más torpe, y en igual sentido, no podemos suponer un error en la Escritura o un hecho gobernado por la casualidad en el proceso de la redención.

    En el plano del análisis humano, el efecto se nos presenta más evidente que la causa, y por cualquier efecto puede ser demostrada su causa (demonstratio quia), siempre que los efectos de la causa se nos presenten como más evidentes[2], debido a que carecemos de herramientas para sondear la mente divina. Aquel Mesías, en tanto hombre que era, había temido por su final pidiendo al Padre en el monte de los Olivos, que le aparte el amargo cáliz; como Dios, que también lo fue, pudo comprenderlo y aceptó los cánones proféticos.

    Ante semejante limitación de nuestra inteligencia, nos resta intentar el camino de analizar las actitudes de los demás protagonistas de aquellos días en Judea; ninguno de ellos era Dios, y así la develación del enigma, nos debiera resultar menos insondable. Trabajaremos sobre los efectos por desconocer las causas.

    Debemos admitir, en primer término, que Runeberg nos moviliza a través de Borges, y lleva a plantearnos innumerables preguntas: ¿Era necesario que el Sanedrín abonara treinta monedas de plata para que un servidor allegado a Cristo, lo entregara?; en igual sentido ¿Por qué motivo se montó semejante estrategia para individualizar y arrestar al Mesías, que enseñaba habitualmente en la sinagoga?;[3] ¿Quiso Cristo mostrar en Judas, todo lo malo que debía renovarse en el hombre, y con ésto, la exhibición de la traición exhibe el pecado a remediar?; ¿Por qué condenar a la indignidad del infierno a uno de los que Él mismo había elegido, existiendo otros caminos, también humanos, para arribar al mismo objetivo?; ¿Si Jesús conocía de antemano la conversión que se operaría en los apóstoles, por qué razón iba a desconocer desde un principio la posterior traición de Judas, más aún, teniendo en cuenta, que los actos del traidor podrían haber arrastrado a la crucifixión de la pequeña comunidad de los hombres escogidos, y con ésto, al fracaso de la divulgación evangélica?; ¿Por qué motivo Él, todo misericordia, condenaría al infierno a uno de sus seguidores, a quién además, le había confiado la administración de los recursos de la pequeña comunidad apostólica? Muchos de estos interrogantes debieran despejarse conociendo sus causas; tarea improbable por pertenecer al diseño divino.

    Las preguntas podrían seguir enumerándose y conformar una larga lista que intentaremos resumir en una sola cuestión ¿Fue el Señor quien administró los aspectos de la Pasión, o bien, los enconos y miserias de los hombres cambiaron los planos de acción, y en definitiva, se cumplió con el mismo fin anunciado por los profetas, pero por otros medios?

    En otros términos ¿Cuál fue la intención inicial del Sanedrín y de Judas, al entregarlo a Cristo?

    Veamos el escenario que se establece en el Libro Sagrado.

   Pilato tenía su sede militar y política en Cesárea, pero se trasladaba a Jerusalén para las Pascuas, porque concurría al lugar mucha gente y se producían disturbios; Barrabás fue detenido por un homicidio con finalidad sediciosa[4]; Herodes era rey de Judea y sus relaciones siempre fueron inestables con Pilato y con el Sanedrín. Acerca de Cristo, como anticipamos, sólo podemos decir que sabía que llegaba su hora y decide entrar en Jerusalén en plena celebración de la Pascua judía.

    Ninguno pareció haber ahorrado esfuerzos para evitar la situación, salvo el Señor que cumplía su Mandato, tenía otra misión, que no era política, aun cuando en la base de la política siempre está el anthropos.

    De la evaluación de hechos y personajes ajenos a la divinidad del Mesías, surge una coincidencia y paralelismo de conflictos, y acaso, sólo una diferenciación de medios para su logro.

    El Padre, ya había guiado a Moisés para liberar a su pueblo en Egipto de una esclavitud de siglos, para ello, no dudó en ahogar a los soldados del faraón en el medio del mar Rojo; los débiles se imponían al imperio poderoso con la ayuda divina, sin ahorro de dureza ni sacrificios de vidas. En realidad, no debiera ser muy distinto en la Jerusalén del siglo I. No obstante, pareciera desprenderse de la Escritura, que con el éxodo, quiso salvar a todo un pueblo, en tanto con la Pasión, el objetivo estaba dirigido al hombre individual, y la herramienta no era la confrontación con el poder, sino el ejemplo del dolor. 

    En trance de mera especulación, diremos que se había descartado el intento de castigar al poder y ayudar a todo un pueblo, por interpretar que era muy difícil cambiar las cosas desde el conjunto hacia el individuo, y en esta ocasión, el Creador habría preferido el camino inverso; la transformación del hombre en pecado, desde su individualidad, debía producir el cambio del conjunto. Este razonamiento parecería estar interpretando los planes del Señor, cuestión que ya adelantamos, es ardua por nuestras limitaciones, pero no podemos dejar de ensayarla por razones de soberbia intelectual.

    Jesús se encuentra entre todos los actores del necesario drama, cuyas actitudes han quedado documentadas para la historia, exhibiendo egos y elucubraciones; en el milenario análisis queda, en un extremo, un Dios salvador, y en el otro, la más triste de las patologías humanas: un supuesto traidor. En el medio, hubo matices que nos proponemos mencionar.

    Pilato es descripto por el filósofo judío Filón de Alejandría (c. 20-50 d.C.) como “un hombre inflexible, testarudo, y de disposición cruel” (Sobre la embajada a Gayo, 299-305), de ascendencia plebeya, pues su nomen Poncio, deriva del nombre de la familia Pontii de Roma, que carecía de orígenes nobles. Este antecedente personal del Magistrado de la provincia de Judea, nos alerta sobre una primera característica de su personalidad, en orden a establecer que privaban sus sentimientos y actitudes de fuerza, propias de quien había sido enviado a poner orden, antes que la de un filántropo interesado por el destino humano.

    Sin embargo, frente al Sanedrín, las escrituras lo describen con una mayor dosis de indulgencia que aquellos religiosos que lo integraban, e insiste en varias ocasiones ante los allí reunidos, respecto de la inocencia de El Salvador, aun cuando los sabios judíos reclamaban por las intenciones monárquicas del detenido. No pareciera que las decisiones del romano fueran producto de un apresuramiento democrático de ocasión o un conformismo pagano mediante el cual se autoexoneraba de culpa, en un episodio intrascendente para el imperio. En otros términos, el Procurador, no debió sentir que se hallaba frente a un incidente estrictamente religioso, y fue agotando instancias, tratando de averiguar en cada una de ellas, dónde podían verificarse los signos de la traición insurreccional de los sacerdotes. Para Pilato, Cristo fue un ocasional instrumento, al igual que para el Sanedrín, pero en ambos casos, por motivos contrapuestos.

    Flavio Josefo, historiador judío del siglo I, abona la tesis de la compleja personalidad del gobernador y jefe militar de Cesarea en Las Guerras de los Judíos (capítulo VIII, ‘Del regimiento de Pilato y de su gobierno’). Ha documentado que las revueltas eran cuestiones cotidianas como consecuencia de la inobservancia del particular status religioso que los  Césares le reconocían al pueblo elegido; los había desafiado mediante la colocación secreta y nocturna de varias  Semaias[5] del emperador en Jerusalén, cuestión en la que debió retroceder por orden del mismo Tiberio. Cuando el pueblo judío reclamó por el retiro de los ídolos allí colocados, frente a la primera negativa del funcionario,  protestaron durante cinco días con sus noches, los rodeó con su ejército, debiendo luego retirarlo; les había sustraído del Corbonan sagrado, recursos del templo para construir un acueducto, y frente a las protestas, mandó a su ejército a matarlos apaleados. En este último episodio, había mezclado a sus soldados entre quienes protestaban ‘armados y disimulados’, pero con órdenes de no usar sus espadas, y fue así, que muchos murieron por los golpes y otros por haber sido pisados por la multitud en la estampida.

    La crónica del historiador, coincide en un punto basal a los fines de nuestro informe, con el texto evangélico y en orden a métodos que se han conocido por aquellos tiempos.

    Se narra que los sacerdotes ‘comenzaron a acecharlo y le enviaron espías, que fingían ser hombres de bien, para lograr sorprenderlo en alguna de sus afirmaciones < ¿Nos está permitido pagar tributo al César, o no?> Pero Jesús se dio cuenta de sus malas intenciones, y les dijo: <Muéstrenme una moneda. ¿De quién son la imagen y la inscripción?> Ellos respondieron: <Del César.> Entonces Jesús les dijo: <Pues den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios>’[6] .

    Sobre el mismo episodio, tanto Mateo (22, 16) como Marcos (2, 13), mencionan que en esta confabulación había fariseos y herodianos.

    Lo cierto es que podemos inferir, tras el cotejo de fuentes religiosas y paganas, que el espionaje era una práctica común de los soldados de Pilato, los guardias del templo y las tropas de Herodes[7]. Aun cuando este sistema no haya sido un mecanismo de precisión con auxilio tecnológico, es idóneo para colocar una vez más bajo dudas, la necesidad de entregarle treinta monedas de plata a Judas para que delate a su maestro, más aún, si se lo podía arrestar mediante el sistema de espías que existía. Por otra parte, si el Sanedrín estaba dispuesto a terminar con Cristo, corría el riesgo de que el mismo Judas le avisara a su rabí de los planes sacerdotales y ninguno de ellos apareciera por Jerusalén en la celebración; y en igual sentido, y con peor gesto, las tratativas de los sacerdotes con un traidor de semejante talla, bien podrían haber concluido con la huida de Judas con su paga y sin entrega alguna. Corrieron un innecesario y excesivo lance.

    Se puede entrever, sin mayor esfuerzo, que existió otra trama en orden a las intenciones de los sacerdotes y el rol de Judas en los hechos.

    Llama la atención la insistencia de los sabios religiosos acerca de la supuesta autoproclamación del Dios vivo como rey de Judea y el canon de la negativa de Pilato sobre este aspecto específico. Los primeros, lo habían dejado enseñar en el templo, se lo llamaba rabí, sabían que tenía una respuesta adecuada para todas las provocaciones que le interponían, conocían de sus milagros; el segundo, seguramente poseía información sobre los mismos aspectos, además, en ningún momento se había enterado de que hubiese siquiera mencionado su intención de ser rey; por otra parte, de haberlo hecho, el problema era de Herodes y no de Pilato. Y fue el mismísimo Herodes, quien también lo absolvió, cuando lo enviaron a su presencia. La supuesta condición de rey terrenal de Cristo, no habría sido un tema que haya preocupado al poder político, es más, no podemos perder de vista que por mucho menos, Herodes decapitó a Juan el Bautista. Pilato y Herodes relativizaron una acusación semejante; el primero quería conocer la verdad, al segundo, le convenía la insurrección.

    Resulta difícil, desde el análisis de los diversos testimonios, sostener esta hipótesis de la reyecía terrenal, en tanto sincero curso de acción por parte de los sacerdotes del templo para eliminar a Cristo. Por otra parte, es el mismo Cristo que frente al interrogatorio de Pilato respecto de su eventual condición de rey, se limita a contestar en forma casi enigmática ‘tú lo dices’.[8] Esta última expresión es notoriamente anfibológica, debido a que puede significar: a) tú lo dices porque sabes que es cierto debido a que te lo han contado tus informantes, o bien, b) tú lo dices, pero yo nunca he dicho eso y ya lo conoces por tus informantes. Es indudable que Pilato conocía la opción b). De allí, su insistente indulgencia.

    La descripción de la personalidad de Pilato que realiza Flavio, nos induce a creer que era un verdadero psicópata con rasgos perversos e inteligentes; lúcido, no muestra sentimiento de culpa por el dolor ajeno, y en general, se observa esta tipología en muchas personas que acceden al poder político. Mantiene la frialdad en momentos difíciles, que a veces, él mismo genera. El procónsul romano mostró estos síntomas patológicos en los cortos pero precisos pasajes del evangelio en los que se narra el tiempo de la Pasión.

    Recibir a Cristo y enviárselo a Herodes, aun cuando ya había proclamado que no tenía culpa, importaba dejarlo en manos de quien había decapitado a Juan el Bautista; también le permitía auscultar en la respuesta de Herodes. Tomarlo de regreso, y aun cuando manifestaba por segunda vez que no era culpable, interrogarlo una tercera vez sobre el mismo punto y decidir su flagelación y crucifixión, muestran una vez más su indiferencia por el destino de un inocente. La acción de lavarse las manos transfiriendo las culpas al Sanedrín (de noble cepa cinematográfica) y conociendo que era inocente, importan una vez más, una transferencia de culpa hacia terceros por un deleznable acto propio; era Pilato quien debía decidir, y así lo hizo, sobre la vida de Cristo. El psicópata perverso nunca reconoce un sentimiento de culpa.

    El perverso inteligente, disimula su perversión bajo el manto de una aparente amabilidad, complacencia y simpatía, pero siempre utiliza al otro como un instrumento. Pretendió ser un demócrata complaciente y simpático, dando a elegir entre Barrabás y Cristo, cuando en realidad tenía otras intenciones propias de su patología personal apremiada por las exigencias de la función.

    Por su condición de hombre de poder, adunado a las molestias y gastos militares por haberse tenido que trasladar desde Cesarea a Jerusalén por la Pascua, el signo que ofrecía la detención de Barrabás por un homicidio de naturaleza sediciosa[9] y la particular insistencia del Sanedrín respecto de una reyecía que él sabía que no existía, conjeturamos que su conducta estaba dirigida a una cuestión muy diferente que la de condenar o absolver a un rabí judío: quería saber si los acontecimientos mostraban en profundidad las raíces de una traición de los sacerdotes y su pueblo, dirigidas a borrar de Judea al imperio romano.

    Herodes, que había decapitado a Juan, ahora le devolvía a Cristo sin hacer nada; acaso, en la mente de Pilato rondaba también la posible traición revolucionaria de aquel reyezuelo local.

    Por tal motivo, adquiere verdadera importancia una pregunta que le formula Pilato a Jesús, y que sólo recoge Juan en el texto de su evangelio: ‘¿Qué es la verdad?’[10]; se la dirige a continuación del pasaje en el cual se narra por parte del mismo evangelista, la asunción por parte de Cristo de su reyecía sólo para dar testimonio de la verdad. Pero Cristo no responde la pregunta, calla, y aun así Pilato lo exonera de toda culpa. Sólo un filósofo o intelectual, pregunta y se pregunta por la verdad, y Pilato no era ninguna de las dos cosas.

    Es difícil suponer, debido a la personalidad violenta del procónsul, que el interrogatorio en este punto, haya estado dirigido a conocer alguna fórmula similar a la que elucubrara siglos más tarde Isaac en Definitionibus[11]. Una pregunta de esta naturaleza está reservada sólo a religiosos o filósofos y no a gobernadores militares o burócratas administrativos, cuya única tarea era recaudar impuestos y mantener la paz, ante un pueblo difícil. Posiblemente en el ánimo de Pilato se haya configurado la fantasía de esperar que Cristo delate al Sanedrín, en orden a algún plan revolucionario que barruntaba su paranoia. El canalla cree que todos son de su misma condición.

    El historiador de Alejandría no sólo nos informa de los diferentes agravios que previamente había cometido Pilato contra los habitantes de sus dominios políticos y su religión, sino también, que la crucifixión de Cristo fue un episodio intermedio entre la expoliación de los dineros del templo y múltiples alzamientos contra la corrupción de quienes representaban al César. La gran rebelión siguió en fermento y estalló en los años 60 d.c.

    Con relación al procedimiento de democracia directa que ensaya Pilato, Filón no registraba antecedentes de esta naturaleza en el imperio, pues no han surgido evidencias que permitan asegurar que haya sido una práctica habitual ofrecerle al pueblo, en días de fiesta, la liberación de un detenido, a elegir entre otros tantos de la misma condición. Esta situación nos hace suponer distintas cuestiones: a) Pilato, fiel a su personalidad perversa, lo utiliza por primera vez, en la idea de averiguar las intenciones de los sacerdotes y de Herodes, y en orden a confirmar o descartar, la vinculación que los mismos podrían haber tenido en el hecho del homicidio sedicioso, por el cual había sido detenido Barrabás; b) en función de lo expuesto en el punto anterior, Pilato sólo ofrece dos opciones: Barrabás o Cristo; cuando en realidad, ese mismo día tenía por lo menos a otros dos detenidos, a tal punto, que Cristo muere en el medio de dos ladrones. Si Pilato hubiese ofrecido una opción de cuatro personas (Cristo, Barrabás y los dos delincuentes), frente a la elección a voz alzada que hizo el Sanedrín por Cristo, nunca podría haberse enterado que el Sanedrín quería salvar a Barrabás; el gobernador, hubiera quedado envuelto en una duda. De todas formas, este último aspecto también arroja incógnitas respecto de las intenciones de los sacerdotes.

    Ofreciendo una elección binaria, le quedó claro a Pilato que se pretendía libre al homicida sedicioso y no al rabí que había echado del templo a los mercaderes, cuestión esta última, muy poco favorable a los intereses comerciales del templo. Había tensiones de poder político y económico ajenas al Mesías.

    Por otra parte, si el pueblo alentado por los sacerdotes, hubiese optado por salvar a Cristo y condenar a Barrabás, Pilato podría haber entendido que elegían esa opción, sólo con la idea de disimular la participación que habían tenido en la preparación de hechos sediciosos contra el imperio; hubiera importado desenmascarar la participación religiosa en la inestabilidad de su mandato.

    Este razonamiento nos conduce una vez más, a analizar los motivos por los cuales invirtieron treinta monedas de plata para pagarle a Judas; dijimos que no era necesario reconocerlo o identificar el lugar donde predicaba o rezaba Cristo, debido a que la Jerusalén del siglo I, una pequeña ciudad de Judea, permitía una fácil ubicación de su persona y séquito. Y es en este aspecto del drama, donde debemos retomar a Nils Runeberg, toda vez que ensaya la idea del ascetismo de Judas, que obrando con enorme humildad, se habría creído indigno de ser bueno y optó por la delación para buscar el infierno; interpretamos frente a estas expresiones, que el delator aceptó el papel para que puedan cumplirse las escrituras y no por simple codicia, tal como el mismo teólogo sugiere.

Ahora bien, de ser éste el caso, por qué motivo habría tomado las treinta monedas de plata; conociendo de antemano su papel, lo hubiera hecho en forma gratuita, sin recompensa alguna, tan sólo para cumplir ascéticamente con las escrituras, y no agregar otro pesar en su tránsito hacia un recuerdo histórico como el  modelo de traidor[12]. Este supuesto arreglo económico entre Judas y el Sanedrín, nos moviliza una vez más a reflexiones que intentan superar el aspecto de la codicia, como el móvil de la traición.

Una vez entregado su Señor al cuerpo armado del Sanedrín, Judas devuelve el dinero y se suicida. Esta circunstancia no alcanza por sí sola para mostrarnos un simple y tardío arrepentimiento por la delación de su Dios ¿Se quita la vida y reintegra las monedas, tan sólo porque Jesús había sido condenado?, ¿Qué otra cosa esperaba si la traición hubiera sido su móvil?, es decir, ni siquiera llegó a saber de la resurrección como para verificar que efectivamente era un Dios, y con ésto, advertir su gravísimo error; sigue pareciendo muy torpe la idea de la codicia y se abre paso la hipótesis de una supuesta utilización del Mesías como herramienta de desestabilización del imperio.

    Borges en su cuento ya citado, rescata una idea de De Quincey, en orden a que el apóstol entrega a su maestro para forzarlo a declarar su divinidad y encender una importante rebelión contra Roma. Interpretamos que en este punto, pudo haber fincado la ingenuidad de Judas; presionado por los sacerdotes del Sanedrín, acaso, inducido por la idea de una definitiva instauración del reino en la tierra con la herramienta de la sedición revolucionaria, Judas habría participado de la estrategia de los sacerdotes para provocar una verdadera pueblada, más aún, porque los recientes sucesos de la resurrección de Lázaro generaron una verdadera conmoción en el pueblo israelita y una importante afluencia de seguidores a Jerusalén.

    Aquéllo que Judas imaginó como una congregación de acólitos de vastas proporciones desalojando a Roma de Judea, se transformó en una situación donde hasta Pedro negó tres veces a su Amigo; por designio divino había fracasado todo, y además, los sacerdotes tomaron distancia de Cristo para alejarse de la idea de una revolución que hubiera sido más intensa con Él a la cabeza, que con Barrabás como líder.

    Debido a que Pilato había advertido que existía un nuevo germen insurreccional, el Sanedrín arrastró al pueblo para crucificar al inocente que habían pretendido manipular por la fuerza de su predicamento, que era superior a la de un ladrón convertido en activista revolucionario; esta última circunstancia, ha sido de reiterada verificación en la historia...

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Agradezco el seguimiento de ustedes, y seguiré publicando otras reflexiones en este mismo blog. Saludos cordiales.

                                    Juan López de Rivero.

Acamapichtli

  El manuscrito no es ilegible, pero estaba traspapelado, imprudente forma del olvido. Le fue dado todo el poder porque la tarea no era fá...