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29 octubre 2023

El faro y su paradoja. Canto a los héroes de Claromecó.

 Desliza una tosca rigidez de silueta que ondula

Como aquella Leucótoe que atrajo al Sol

A su lecho griego, desorientando en la pasión,

Al día, a las horas, y a la Luna

 

Metido entre el viento y la llanura,

Gira y gira, a izquierda y a derecha,

Alrededor de su luz afantasmada

El agua se adecenta por su brecha

 

Los marineros sueñan la noche exacta

Imaginando la paz de una alcoba en Bretaña

Y escuchan una fémina y tunante voz inglesa

Que les cambia la luz por la histórica patraña

 

Malvinas, le había deparado este destino,

Por faena del fervor de la Patria y de su ingenio,

En lugar de guiarlo en la tormenta

Debía confundir y extraviar al enemigo

 

En el insomnio azul de la cúpula segura

Los alumbra y oscurece como un sino

Dibuja y desdibuja la derrota

Corrigiendo al compás sus desatinos

 

Los atrapa con el relato de Ptolomeo

Sufriendo por el amor de una mujer en Pharos

Los enreda con historias y borrascas

De amores, naufragios y desvelos

 

Les marca el límite de la tierra

Que no podrán pisar sin escarmiento

Claromecó, Cabo de Hornos, Ostia,

Livorno o la linterna de Génova

 

No importa el capricho topográfico

Se encuentra como estaca en su arena

Con el cuerpo ajedrezado a dos colores

Y el resplandor perpetuo entre sus venas

 

Y sigue allí, desafiando la brújula y las técnicas

Si fuera derrotado por la ciencia,

Su inevitable imagen ya es eterna,

Su recuerdo, algo más que una leyenda.

 

16 octubre 2023

La cuarta protoforma matrimonial

 

   La inmensa península Arábiga es un desierto deudor de agua y plantas, de proporciones inimaginables para el hombre, que puesto allí, con la idea de poblarlo, debía cuidar las ovejas y proveer manos al tránsito de las caravanas que ingresaban desde Arabia del sur, rica y fértil, que producía incienso, mirra y otras sustancias aromáticas, hacia el Egipto faraónico y las provincias sirias del imperio Persa; sin herramientas, con multitud de camellos ignorados por el Corán posterior, y el designio de las cualidades amatorias del varón y la mujer, sutilmente imaginadas por algún dios, de entre tantas entidades que se alababan por aquellas soledades. Los babilonios, cananeos, fenicios y hebreos no conocían la zona y se registran los primeros combates alrededor del año 1100 (ac) entre israelitas y los nómades de Palestina; a estos últimos se los conocía como los hombres del Madian y las hostilidades eran permanentes entre ellos desde los tiempos del juez Gedeón (Jueces, 6, 2-5).

    Era tan importante multiplicar los corderos como centuplicar la especie erecta para la guerra y la subsistencia; se necesitaban pastores, guerreros y beduinos. La soledad y el aislamiento era lo habitual. En un hadiz atribuido a Urba b. al-Zubayr, se refiere que Aisha, una de las esposas preferidas del Profeta (sea tenido con Alá, clemente y misericordioso) halló cánones matrimoniales muy comunes en los primeros años de la Hégira, y se empeñó en tratar de ordenar las protoformas de esas prácticas de la época preislámica o yahiliyya; algunas de ellas eran fuente de confusión y disputas entre los hombres. Eran cuatro los métodos para unirse en matrimonio antes de la iluminación de Mahoma (la paz sea con él): 1) este primer formato era muy similar al actual, y por su medio,  un hombre proponía matrimonio al tutor de la mujer o a su padre y este último le asignaba una dote; 2) cuando el hombre no podía tener hijos, mandaba a su mujer a cohabitar con otro hombre; 3) un grupo de diez individuos como máximo, tenían por turno relaciones con una misma mujer, y cuando ésta quedaba encinta y había dado a luz, los convocaba y asignaba la paternidad del niño a uno de ellos; el elegido no podía sustraerse a la asignación. 

    En lo sustancial nos interesa una cuarta forma preexistente (4), debido a que era la más compleja de sobrellevar, por ser cuna de confusiones. La mujer, en muchos casos viuda o huérfana por los constantes combates que existían por la zona, colocaba una bandera en su puerta a modo de insignia, permitiendo que todo varón que deseara entrar, pudiera hacerlo libremente. La franquicia se extendía hasta su primera falta; cuando nacía el niño se convocaba a los fisonomistas para establecer mediante un juicio de aproximación corporal, quién era su padre. Ningún hombre solía negar esta paternidad, menos aún si el niño era varón, por lo útil que resultaría con los años para los menesteres de pastoreo o tareas de guerra. La época condenaba a las mujeres a una tarea exclusivamente reproductora, y a la espera que los padres de sus hijos se dignen a suministrarles alimentos. 

    En una ocasión, tal como era costumbre, se convocó a los fisonomistas para establecer a quién pertenecía un varón nacido en el mes 1 de Sefar; el niño tenía pelo renegrido, piel aceitunada y dos grandes ojos oscuros, facciones que en nada se diferenciaban de aquellas que poseían casi todos los seguidores del Profeta (la paz sea con él). Los peritos resolvían estos casos con más aproximación que ciencia, y en general, buscaban arribar a juicios terminantes para evitar disputas posteriores. Todos advirtieron dos peculiaridades que podrían encaminar la solución del enigma genético: el recién nacido carecía de lunar alguno que pudiera ser comparado con el que poseyera alguno de sus eventuales padres, por otra parte, sus orejas eran más grandes de lo habitual en los herederos de la raza; convocados los hombres que habían  yacido con la mujer, los sabios genetistas advirtieron que ninguno de ellos poseía un lunar en parte alguna de sus cuerpos; se habían presentado veintidós, y ninguno tenía grandes orejas. Las deliberaciones se hicieron exhaustas, citando reiteradamente a la mujer, para interrogarla acerca de otros hombres que podría no recordar y que hayan pasado por su lecho. Una y otra vez, la madre manifestaba su honestidad en orden al número de visitantes que había recibido. No resultaba adecuado asignarle el hijo a cualquiera, porque al crecer, podría carecer de todo rasgo físico similar al de su padre y ser repudiado bajo un fútil pretexto para evitar la obligación alimentaria del progenitor. Optaron por realizar un receso intermedio de la asamblea, a los fines de aguardar, un primer crecimiento del niño para observar otro tipo de detalles: las formas de caminar, correr, hablar. 

    Mientras tanto obligaron a los veintidós varones a sostener con alimentos a quien provisoriamente llamaron Jamil, debido a su gran belleza. Se volvieron a juntar los sabios un año más tarde, y tampoco hallaron alguna similitud física con ninguno de los visitantes del lecho. Repitieron al quinto año y el resultado fue igual de frustrante, a pesar que uno de los hombres creyó reconocer los labios de su padre en los labios del niño; los fisonomistas hicieron comparecer al supuesto abuelo, sin advertir parecido alguno entre ambos, sospechando que intentaron timarlos por cuestiones de ambición, debido a que el niño crecía fuerte, sano y bello. 

    A los diez años de aquel parto, la mujer había dado a luz a ocho niños más, pero a todos ellos se les había ubicado un progenitor. Seguía criando a su lado al huérfano Jamil y no resultaba factible, en sucesivas asambleas de discernimiento, adjudicárselo a alguno de los veintidós hombres. Recurrieron a un trámite extremo; al cumplir dieciséis años decidieron mandar a Jamil a la guerra junto a sus posibles padres, y así todos fueron reclutados, con la idea de probar si aparecía algún rasgo común de valentía, destreza o cobardía, que permita suponer una relación de sangre con alguna de las paternidades. Relegaron la posibilidad de la muerte, pues interesaba en primer término, resolver el litigio del nacimiento. Al regresar el ejército de una batalla en las inmediaciones de Hedjaz, preguntaron a sus capitanes si habían advertido actitudes que permitieran establecer un laudo. Ellos respondieron que todos tenían en común una sola característica: habían muerto en batalla...

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Agradezco el seguimiento de ustedes, y seguiré publicando otras reflexiones en este mismo blog. Saludos cordiales.

                                    Juan López de Rivero.

 




10 octubre 2023

El papiro perdido

 

    Las rústicas casas de piedra marcaban el rústico destino de quien sería olvidado por el imperio y recordado por la humanidad; no pudo soportar su exilio dispuesto por Tiberio y confirmado por   Calígula, y apareció colgado de una viga de quebracho en el equinoccio de la primavera romana, en algún año del siglo I. 

    Cuando regresó de Judea, alrededor del 36 (dc), no pudo saber si fue víctima de un designio de la economía de la Redención o de su propia crueldad. Tiberio había escuchado a los líderes judíos que se trasladaron a Roma para protestar por la matanza de samaritanos en el monte Gerizin; el gobernador estaba perseguido por la sombra de una permanente insurrección que no podía terminar de desactivar, aun después de aquella crucifixión. Se dispuso para él, una diminuta villa con unos pocos acres de tierra en la Galia, que le permitirían una mendicante subsistencia; alejado del mando y la lujuria que le habían prodigado los excesos en Galilea, apenas contaba con espacio para los enseres domésticos, algunos papiros que relataban su despótico ejercicio del poder y las pocas joyas de Prócula que tampoco pudo soportar su impotencia frente a lo Inexorable; había fallecido unos años antes. 

    Su mentor ante Tiberio, Lucio Elio Sejano, lo había acompañado en su vida de funcionario del imperio, y se encargaba de mantener en orden los folios que daban fe de sus actos y que habrían merecido alguna clase de piedad para la memoria histórica, de no ser por la trágica urdimbre de sus decisiones. Lucio pertenecía a una vieja familia quiritaria caída en desgracia durante las traiciones que sucedieron al magnicidio de César; no pudo aspirar a la gloria militar ni a los honores pretorianos, y debió conformarse con acompañarlo en funciones de amanuense para documentar las acciones del gobernador. Fue con él al destierro y ordenó sus documentos, pero aquella mañana había ido al mercado para conseguir algunos encargos de Pilato, y al regresar a la villa, encontró su cuerpo pendiendo de una soga. 

    Conocía los detalles de cada uno de sus escritos porque a él se los había dictado, salvo el contenido de un folio que nunca redactó de su mano y que el exiliado conservaba siempre en su poder, lacrado y fuera del alcance de otros funcionarios; nunca supo qué contenía aquel papiro, hasta aquella mañana en que halló su cuerpo exánime prolongando la viga. Tampoco le fue fácil ubicarlo, aun cuando sabía de su existencia. Revisó uno a uno los textos, leyendo y releyendo el movimiento de las finanzas de la gobernación, la cantidad de tropas apostadas en la región, los juicios que llevó a cabo y las sentencias que dictó, al igual que la cantidad de crucifixiones que había ordenado, los enseres y armas que se habían adquirido para sostener al ejército, los fondos que le sustrajo al Sanedrín para construir un acueducto y demás detalles de abastecimiento, inútilmente probatorios cuando pretendió defenderse ante Tiberio, por la acusación de la última matanza. 

    No exhibió al emperador el escrito que conservaba para sí, porque lo atormentaba una gran incógnita: ¿Cuál sería la reacción del César, si conociera una solitaria estadística?; había temido por su vida porque sabía de antemano que en modo alguno sería factible alterar una cosmovisión que contaba con miles de años de seguimiento. Imaginó que si algo tan banal como una habitual represión romana contra sediciosos religiosos podría significarle perder la confianza de Roma, aquel manuscrito, importaba un directo pasaporte a una reclusión por demente...

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Agradezco el seguimiento de ustedes, y seguiré publicando otras reflexiones en este mismo blog. Saludos cordiales.

                                    Juan López de Rivero.


Acamapichtli

  El manuscrito no es ilegible, pero estaba traspapelado, imprudente forma del olvido. Le fue dado todo el poder porque la tarea no era fá...