La inmensa península Arábiga es un desierto deudor de agua y plantas, de proporciones inimaginables para el hombre, que puesto allí, con la
idea de poblarlo, debía cuidar las ovejas y proveer manos al tránsito de las
caravanas que ingresaban desde Arabia del sur, rica y fértil, que producía
incienso, mirra y otras sustancias aromáticas, hacia el Egipto faraónico y las
provincias sirias del imperio Persa; sin herramientas, con multitud de camellos
ignorados por el Corán posterior, y el designio de las cualidades amatorias del
varón y la mujer, sutilmente imaginadas por algún dios, de entre tantas
entidades que se alababan por aquellas soledades. Los babilonios, cananeos,
fenicios y hebreos no conocían la zona y se registran los primeros combates
alrededor del año 1100 (ac) entre israelitas y los nómades de Palestina; a
estos últimos se los conocía como los hombres del Madian y las hostilidades
eran permanentes entre ellos desde los tiempos del juez Gedeón (Jueces, 6,
2-5).
Era tan importante multiplicar los corderos como centuplicar
la especie erecta para la guerra y la subsistencia; se necesitaban pastores,
guerreros y beduinos. La soledad y el aislamiento era lo habitual. En un hadiz
atribuido a Urba b. al-Zubayr, se refiere que Aisha, una de las esposas
preferidas del Profeta (sea tenido con Alá, clemente y misericordioso) halló
cánones matrimoniales muy comunes en los primeros años de la Hégira, y se
empeñó en tratar de ordenar las protoformas de esas prácticas de la época preislámica
o yahiliyya; algunas de ellas eran fuente de confusión y disputas entre
los hombres. Eran cuatro los métodos para unirse en matrimonio antes de la
iluminación de Mahoma (la paz sea con él): 1) este primer formato era muy
similar al actual, y por su medio, un
hombre proponía matrimonio al tutor de la mujer o a su padre y este último le
asignaba una dote; 2) cuando el hombre no podía tener hijos, mandaba a su mujer
a cohabitar con otro hombre; 3) un grupo de diez individuos como máximo, tenían
por turno relaciones con una misma mujer, y cuando ésta quedaba encinta y había
dado a luz, los convocaba y asignaba la paternidad del niño a uno de ellos; el
elegido no podía sustraerse a la asignación.
En lo sustancial nos interesa una
cuarta forma preexistente (4), debido a que era la más compleja de sobrellevar, por
ser cuna de confusiones. La mujer, en muchos casos viuda o huérfana por los
constantes combates que existían por la zona, colocaba una bandera en su puerta
a modo de insignia, permitiendo que todo varón que deseara entrar, pudiera
hacerlo libremente. La franquicia se extendía hasta su primera falta; cuando nacía el niño se convocaba a los fisonomistas para
establecer mediante un juicio de aproximación corporal, quién era su padre.
Ningún hombre solía negar esta paternidad, menos aún si el niño era varón, por
lo útil que resultaría con los años para los menesteres de pastoreo o tareas de
guerra. La época condenaba a las mujeres a una tarea exclusivamente
reproductora, y a la espera que los padres de sus hijos se dignen a
suministrarles alimentos.
En una ocasión, tal como era costumbre, se convocó a
los fisonomistas para establecer a quién pertenecía un varón nacido en el mes 1
de Sefar; el niño tenía pelo renegrido, piel aceitunada y dos grandes ojos oscuros,
facciones que en nada se diferenciaban de aquellas que poseían casi todos los seguidores
del Profeta (la paz sea con él). Los peritos resolvían estos casos con más
aproximación que ciencia, y en general, buscaban arribar a juicios terminantes
para evitar disputas posteriores. Todos advirtieron dos peculiaridades que
podrían encaminar la solución del enigma genético: el recién nacido carecía de
lunar alguno que pudiera ser comparado con el que poseyera alguno de sus
eventuales padres, por otra parte, sus orejas eran más grandes de lo habitual
en los herederos de la raza; convocados los hombres que habían yacido con la mujer, los sabios genetistas
advirtieron que ninguno de ellos poseía un lunar en parte alguna de sus
cuerpos; se habían presentado veintidós, y ninguno tenía grandes orejas. Las
deliberaciones se hicieron exhaustas, citando reiteradamente a la mujer, para
interrogarla acerca de otros hombres que podría no recordar y que hayan pasado
por su lecho. Una y otra vez, la madre manifestaba su honestidad en orden al
número de visitantes que había recibido. No resultaba adecuado asignarle el
hijo a cualquiera, porque al crecer, podría carecer de todo rasgo físico
similar al de su padre y ser repudiado bajo un fútil pretexto para evitar la
obligación alimentaria del progenitor. Optaron por realizar un receso
intermedio de la asamblea, a los fines de aguardar, un primer crecimiento del
niño para observar otro tipo de detalles: las formas de caminar, correr,
hablar.
Mientras tanto obligaron a los veintidós varones a sostener con
alimentos a quien provisoriamente llamaron Jamil, debido a su gran belleza. Se
volvieron a juntar los sabios un año más tarde, y tampoco hallaron alguna
similitud física con ninguno de los visitantes del lecho. Repitieron al quinto
año y el resultado fue igual de frustrante, a pesar que uno de los hombres creyó
reconocer los labios de su padre en los labios del niño; los fisonomistas
hicieron comparecer al supuesto abuelo, sin advertir parecido alguno entre
ambos, sospechando que intentaron timarlos por cuestiones de ambición, debido a
que el niño crecía fuerte, sano y bello.
A los diez años de aquel parto, la
mujer había dado a luz a ocho niños más, pero a todos ellos se les había
ubicado un progenitor. Seguía criando a su lado al huérfano Jamil y no
resultaba factible, en sucesivas asambleas de discernimiento, adjudicárselo a alguno
de los veintidós hombres. Recurrieron a un trámite extremo; al cumplir
dieciséis años decidieron mandar a Jamil a la guerra junto a sus posibles padres,
y así todos fueron reclutados, con la idea de probar si aparecía algún rasgo
común de valentía, destreza o cobardía, que permita suponer una relación de
sangre con alguna de las paternidades. Relegaron la posibilidad de la muerte,
pues interesaba en primer término, resolver el litigio del nacimiento. Al
regresar el ejército de una batalla en las inmediaciones de Hedjaz, preguntaron
a sus capitanes si habían advertido actitudes que permitieran establecer un
laudo. Ellos respondieron que todos tenían en común una sola característica:
habían muerto en batalla...
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Agradezco el seguimiento de ustedes, y seguiré publicando otras reflexiones en este mismo blog. Saludos cordiales.
Juan López de Rivero.