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28 septiembre 2023

El indio estratega.

Un día de invierno de 1652, el cacique Runcapayú fue derrotado en un combate en las inmediaciones del río que los indígenas conocían como Vuta Leufu, por ser muy grande. Las tropas que provenían del puerto de Santa María del Buen Ayre estaban dispuestas a despejar el camino hacia las salinas grandes ubicadas unas pocas leguas más al oeste. Quedan muchas muertes de sus hombres en el campo, y se hacía imposible huir hacia las tolderías del poniente porque los soldados reales cansados de reiterar sus excursiones para despejar el acceso al mineral que conservaría sus carnes, haciendo uso del manual de estrategia militar español, se lo impidieron. Tuvo que abandonarlo todo y galopar con su potro de guerra hacia el naciente; sabía que había un gran río que le impediría avanzar, motivo por el cual comenzó a trepar por la ribera del mismo durante largas jornadas, apenas descansando para que su caballo tome agua, pero decidido a volver para recuperar lo que quede de sus amores en el campamento. 

Su regreso no sería inmediato. Durante meses esperaba encontrar amistad con pequeñas tribus dispersas que siempre se mostraron belicosas para darle el refugio que por su condición merecía; nadie recibe a un derrotado. Siguió subiendo hacia el calor húmedo de la selva, hasta que se halló en el medio de una plaza muy distinta a las que conocía, en cuyo alrededor cohabitaban indígenas iguales a él, junto a hombres vestidos de otra forma; luego se enteró que había arribado a la misión jesuítica Santo Tomé Apóstol. Por el mismo motivo, también comprendió que había sido bien recibido, y por tratarse de un cacique, aprendería el latín que los monjes estaban dispuestos a enseñarle, en tanto que le permitían conservar su lengua para comunicarse con otros indios que con él habían cabalgado luego de aquel desastre en la llanura.

Poco a poco fue comprendiendo que se hallaba frente a un mundo diferente, con un orden establecido y funcional a la finalidad que perseguía el asiento; la plaza estaba rodeada por un templo en el que habitaba un Dios misericordioso y amable, un potrero donde se enterraban los muertos en el medio de unas cruces que alababan a aquel Dios, una casa para quienes enseñaban sus milagros, escuelas y talleres para aprender oficios.

Meses después fue convocado en su condición de capitanejo indígena a ejercicios de naturaleza militar, programados, interesantes para su ignorancia de salvaje en estos temas, y le explicaron que la finalidad de estos asentamientos era la defensa de la frontera de una España en América que se hallaba en constante disputa con el reino de Portugal. Todavía no llegaba a comprender que era España y que era Portugal, y aun así, se sentía cómodo pues había muchas más mujeres que hombres, y el poblado no tenía más de cuatro o cinco mil almas. Supo que existía el alma. Conoció las puertas, las ventanas y los baños. Aprendió a entender cómo pensaba el hombre blanco, apreció parte de su literatura, sus métodos de ataque y defensa, pero siempre pensando en su regreso al Vuta Leufu. Luego de algunas escaramuzas por la zona se fue ganando el respeto y la confianza de los frailes que dirigían la reducción, se sentía cómodo y permeable a sus enseñanzas, y por tal motivo lo dejaban entretenerse con los manuscritos que los copistas del monasterio habían traído consigo para abrevar de libros clásicos; entre ellos, halló un ejemplar de Ars Belli del General chino Sun Tzu, que San Ignacio había recomendado a sus hombres para enfrentar la misión evangelizadora y militar, que el rey Felipe II les había asignado, y que había sido traído de oriente por un miembro de la Orden. Aún con los problemas que su incipiente latín le prodigaba, llegó a traducir a su lengua algunas de las máximas de guerra que enseñaba aquel escrito: “No será ventajoso para el ejército actuar sin conocer la situación del enemigo”.

A partir de ese momento no pudo conciliar el sueño por las noches, debido a que la convivencia en aquel sitio le estaba mostrando las herramientas para su regreso; la misma raza que lo había echado de sus potreros, le estaba enseñando a recuperarlos. Recordó que los buenos monjes se quejaban de las ambiciones y esclavitudes a las que eran sometidos los inocentes indios; recordó que lo habían corrido por media llanura para apropiarse con exclusividad de la sal, que estaba al alcance de cualquiera; recordó que los Jesuitas leían en misa la bula Sublimis Deus del Papa Paulo III, en la que se proclamaba la libertad de los indígenas en las colonias; recordó el evangelio de Mateo “… ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas que limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de codicia y desenfreno!...”. Todo estaba a su alcance, todo se lo habían enseñado, o por lo menos lo necesario para conocerlos y volver al ataque.

Se fue una mañana de primavera, luego de conversar la noche anterior con el prior del asentamiento; le mencionó que volvería a ver a los suyos, le agradeció todo lo que le habían mostrado y le dijo expresamente: “me voy para hacer lo mismo que ustedes”.

Tomó su caballo y los únicos seis indios que le habían quedado de su tribu; cabalgó por millas enteras hasta el Vuta Leufu, y cuando llegó a la zona se reunió con varias tolderías dispersas; las convocó a una asamblea indígena, al estilo de las reuniones que había observado en la misión jesuítica. Con paciencia aguardó a que llegaran chanás, pampas, ranqueles y aucases, y les fue contando que había conocido el latín y la doctrina de un Dios del enemigo que castigaba la codicia y el desenfreno. Estaban de acuerdo en que no podían dar una guerra en igualdad de armas.

Luego de un mes acordaron que tendrían un único mensaje frente al invasor: “el oro y la plata están en el Potosí”.  Los obligaron a dispersarse hacia el norte rezándole a su Dios para hallar fortuna.

También había aprendido que las enseñanzas de Sun Tzu sobre la guerra se apoyan en dos principios:

La Guerra se basa en el engaño. El supremo Arte de la Guerra es someter al enemigo sin luchar.

18 septiembre 2023

La Patria

 Esta palabra otrora convocante

A innumerables campañas del esfuerzo

Por olvidos o enconos de los hombres

Yace en un desván de polvo somnoliento,

Con improvisados ejércitos sin ropas

Los valientes vecinos del gauchaje

Labraron fechas e imperecederas glorias

En batallas o entreveros al galope

Quedaron solo los clarines y el renombre

Del bronce de los héroes en sus estatuas

También yertas, inmóviles y fatuas

Estampan lo que exhiben y lo que esconden

Un pasado perdido entre girones

Debiera recuperarse en la humildad,

Del gaucho y su progenie,

Siempre dispuesto a la lealtad forzada

Aportando los hijos, su sangre y su flete

En las duras páginas de la derrota y la victoria

deambula, solo, orgulloso y olvidado

sin reclamar pensiones ni la historia

Ni siquiera sabemos en qué osarios

Tantos intrépidos descansan

Ausentes, en el verso y en la pluma

Conformes, con un postrer abandono

Anónimos, todo lo ofrecieron

Tan sólo por creer que había un destino

En tanto que el tiempo y la distancia

Los inmolan en su empeño y su coraje

Sus mármoles ocultos no delatan

Nombres, vindicaciones o hazañas

No permiten el recuerdo de esta raza

Los guardaron con feriados y patrañas.

 

La Patria fueron sus hombres, sus madres y sus viudas

Compartiendo bajo el frío un pan y un mate

En la última noche, austera, sombría y previa,

A la muerte para el otro en un combate.

 

 

 

02 septiembre 2023

Opúsculo sobre el boludo.

No escapa a nuestro criterio lo inconveniente que resulta para la literatura el uso de términos toscos y groseros, pero la necesidad de realizar una comunicación sobre un marcado aspecto de la realidad, antepone la crudeza a la elegancia. El oficio de escribir debe ser capaz de reflejar la realidad con o sin eufemismos, y esta cuestión nada tiene que ver con la literatura comprometida.

Una segunda aclaración se impone: esta clase de sujetos existe en todas las culturas porque no son patrimonio exclusivo de una raza o producto de circunstancias climáticas, históricas o geográficas; responden a alguna clase de combinación genética deficiente propia del ser humano, y sólo varían los términos con los cuales se los designa en el lenguaje popular. Esto nos remite a una conclusión inevitable: pareciera que no existen perros o gatos con esta disminución conductual, y este malogro cognitivo es propio del hombre; su distribución porcentual en el total de la población es asignada por la naturaleza de la misma forma en que dispensa equilibrios tales como el número de varones y mujeres que existen.

Con sentido propedéutico daremos por conocido y citaremos abreviadamente, el enjundioso y preciso estudio del economista italiano Carlo Cipolla, en el que delinea con agudeza y prueba científica[1], las cinco leyes fundamentales de la estupidez humana, cuya sintética mención es la siguiente:

Primera Ley Fundamental de la estupidez humana: ‘Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo'

Segunda Ley Fundamental: ‘La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona’.

Tercera Ley Fundamental: ‘Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio’.

Cuarta Ley Fundamental: ‘Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que, en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error’.

Quinta Ley Fundamental: ‘La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe’.

El corolario de la quinta ley dice así: ‘El estúpido es más peligroso que el malvado’.

  Con el auxilio de estas prologales aclaraciones en honor de la síntesis, arribamos a una primera aproximación práctica: podemos predicar que el estúpido que describe Cipolla encuentra exacta correspondencia existencial con el boludo vernáculo argentino (acaso también con el gillipollas español, pero dejaremos a la pluma ibérica su eventual verificación y estudio). En esta comprobación deambula nuestro intento.

  La estructura del análisis del autor italiano nos confiere cierta comodidad literaria que evita una extensión desproporcionada del esfuerzo y un consiguiente agotamiento innecesario del lector. De allí su seguimiento, con la única finalidad de aportar a la cultura internacional dos aspectos que son de nuestra incumbencia: por un lado, una aproximación al término de extendido uso argentino que confiere título al trabajo, en tanto que también nos moviliza, la idea de actualizar algunos aspectos generados por el mundo de la tecnología y que incumben a la materia bajo examen.

  Una nueva mención debemos realizar respecto de una cierta sinonimia de origen entre los términos boludo y pelotudo. En ambos casos se refleja, a partir del sufijo ‘udo’[2], una inflamación indebida de las bolas o las pelotas, y al juzgar por nuestro empleo lingüístico habitual de estos dos sustantivos, hace inexorable referencia a los testículos masculinos. Esta anatómica, y a la par literaria deformación, habilita la idea de una especie de patológico andar en el sujeto que la padece y que genera signos de erráticas conductas sobre la tierra, y por extensión, aparecería la idea de algo no lineal, zigzagueante, por momentos demorado y deficitario en el empleo de sus miembros inferiores, a raíz del entorpecimiento que genera el tamaño exorbitado de su aparato de reproducción. Por extensión de analogía enunciaremos la ‘ley general de la torpe utilización de la herramienta adecuada para conseguir un determinado fin propuesto’. En este último punto fracasa siempre esta clase de sujetos.

  Antes de avanzar con el informe, es menester acompañar una idea que expresara el escritor Roberto Fontanarrosa en su académica intervención en el congreso internacional de la lengua[3] en torno de la expresión ‘pelotudo’. No cabe duda alguna que existe una sinonimia entre esta última y el término boludo, tal como se adelantó; tampoco podemos negar que el rosarino ha destacado en forma correcta, la importancia enfática que tiene aquel término, a partir de la letra ‘t’ que posee en su grafía, y acerca de lo cual, sólo nos permitimos agregar que también la letra ‘p’, confiere una segunda carga emocional a la expresión, que apertura un mayor empleo de la misma cuando se intenta zaherir intensamente a alguna persona mediante su uso. Coincidimos con lo expresado, aun cuando nuestro propósito, gira en torno de la expresión utilizada en el título; admitimos pues, sinonimia de génesis, pero mayor intensidad emocional en este segundo término. Progresemos con nuestro originario propósito.

  Se observa un paulatino distanciamiento en la aplicación de ambos, cuestión que nos permite sospechar una alteración modal, no sólo en el énfasis de su empleo, también en la evolución de su significado.

  En un trabajo de campo realizado por el investigador profesor doctor Teodosio Navarro de la Universidad Municipal de Carmen de Areco, con fondos aportados por el Instituto Nacional del Sentido Común – I.N.S.C, ya disuelto, por desgracia-, llegó a establecerse que en un universo de diez mil casos testeados en la estación Catedral de la línea D de la red de subtes de Buenos Aires, sólo en un 3% de la masa crítica evaluada, se había escuchado el empleo del fonema pelotudo. En este pequeño grupo subexamine se verificaron golpes de puños y lesiones una vez emitido el fonema.

  Por otra parte, el 97% restante, se correspondía con un trato coloquial entre transeúntes, mediante el empleo de la expresión boludo en forma amical de reiterado y abusado uso y sin efectos secundarios posteriores.

  El profesor Navarro pudo así establecer una evolución dispar en el empleo de ambos términos, conservando el primero, su sentido de innegable agresión, en tanto que el segundo, había mutado hacía formas relacionales de la sociedad posindustrial de la verdad ocultada. No compartimos la expresión ‘posverdad’, utilizada a veces para describir a esta clase de evoluciones de la comunidad; tampoco adherimos a la idea de evolución, sin aclaración alguna.

  Alentado él y su equipo por los resultados, Navarro amplió el espectro de la indagación, incrementando los confines geográficos de su trabajo. De tal forma, instaló un equipo de investigadores universitarios en el Aeroparque de Buenos Aires y otro sobre la línea del Ferrocarril Sarmiento, suponiendo que por ambos sitios, circulaban personas de distinta extracción social y diferente nivel de ingresos[4].

  Pudo verificar similares resultados en orden a la diferenciación de ambos términos y su consabida utilización, pero su sorpresa fue mayor cuando advirtió con números a la vista, una evolución posideológica en el empleo de la expresión boludo; en los hechos había sustituido a la palabra ‘che’, que hiciera famosos a los argentinos, a partir del fenómeno revolucionario de los años sesenta del siglo XX. Una pequeña dispersión porcentual mostraba el empleo de ambos fonemas a la vez, siempre con idéntico fin comunicacional: ‘che boludo vení’.

  Esta variación parcial del empleo del fonema, nos arrastra a una nueva confusión por la interpretación anfibológica del término; en otras palabras, cuando alguien se dirige a otra persona confiriéndole el tratamiento de boludo, el receptor del mensaje puede desorientarse en la interpretación de la intencionalidad con la cual fue empleado el término, y por este camino, suponer que lo tratan como a un amigo y no como a un torpe estúpido.

  De una punta a la otra de los trenes del Sarmiento, en sus estaciones o durante su recorrido, en los encuentros de la terminal aérea, abundaban expresiones tales como ‘hola boludo’, ‘chau bolu’, ‘sale el avión boludo, apúrate a orinar en el baño que después no te deja pasar el carrito de la azafata’.

  El enjundioso trabajo, seguía arrojando entre un 2,5 y 3,2 % de lesiones y agresiones verbales varias, cuando se pretendía usar la expresión pelotudo. La pequeña desviación decimal, no obstaba a verificar la innegable variación en el empleo de ambos términos que ya se había observado en la estación Catedral de la línea de Subtes. Navarro dio así por satisfechas sus conclusiones y lo informó a la Academia de la Lengua Española, sin que hasta el presente se tenga noticia de que se le haya prestado alguna clase de atención al esfuerzo.

  En otro orden de ideas, podemos asegurar que esta clase de personas no actúa de una forma organizada o siguiendo manuales de autoayuda, no se encuentran identificados con una conciencia de clase o adscriptos a algún club que los reúna los fines de semana para intercambiar sus experiencias como tales; por el contrario, resulta difícil hacerles comprender que una terapia individual o de grupo podría constituir un buen principio para corregir parte de estas conductas que aparecen como una constante en sus personalidades. Este último aspecto termina no sólo por desorientar a quienes deben tolerarlos, también afecta a ellos mismos sin que puedan darse cuenta; circulan felices por la vida.

El problema también acosa a quienes formulan clasificaciones sobre las patologías psicológicas del ser humano; tal fue el caso del doctor en psicología Herbert Müller, Profesor de las carreras de Teología Católica y Ciencias Cognitivas de la universidad de Tubinga, y amigo del argentino Juan Crisóstomo Quiñones, radicado en Alemania, quién en una tarde de amable café solicitó al experto que realice alguna clase de aproximación a los desvíos conductuales de los boludos. A tales fines, le efectuó una detallada descripción de los embrollos que los aquejan.

Müller interiorizado de las peripecias que había sobrellevado con algunos de ellos su amigo Quiñones, dedicó algunas horas académicas de su actividad para tratar de encaminar el desafío planteado en aquella conversación, y que él mismo había alentado, seducido por la particular expresión argentina.

En su derrotero analítico partió de una concepción de la personalidad del ser humano como resultado de una organización dinámica de aspectos intelectuales y afectivos, coligados a factores de origen genético y al entorno en el cual se verifica el crecimiento y desarrollo de las personas; tras la búsqueda para ubicar trastornos del contenido del pensamiento o la distorsión del juicio crítico que los aqueja, no pudo establecer criterios o límites cuali-cuantitativos que le permitieran situar el estudio de estos sujetos en alguna clase de tipología de la personalidad; es decir, cuando intentaba analizar el carácter y temperamento del objeto estudiado, no podía concluir en una precisa ubicación de una definida patología reconocida por la ciencia.

En otros términos, no logró avanzar hacia la formulación de una tesis que superara el umbral de un simple trastorno de conducta, que no necesariamente se verifica de forma reiterada y suele aparecer tanto en momentos críticos como en cuestiones banales. Esta última y errática característica determinó al académico a abandonar todo intento.

El Profesor alemán conocía las leyes que planteara Cipolla en su trabajo y concluyó con un razonable corolario a la segunda ley de la estupidez humana, cuyo enunciado envió por correo electrónico a Quiñones: ‘la sustracción de los aspectos boludoides de un estúpido, deja ver una personalidad normal en cualquier ámbito del quehacer humano’. Interpretando, a su vez, que requerir fondos para iniciar una investigación de campo en el ámbito de su universidad, hubiera importado un esfuerzo presupuestario de varios años y el tema no era de interés alemán; por lo menos eso creyó suponer.

Con los años, preocupado por aquella frustración, llegó a escribir un opúsculo que tituló ‘Der Idiot in der Geschichte´, y que nunca dio a la imprenta, mediante el cual había verificado que hasta de los sectores dogmáticos de la religión se prevenía respecto de esta clase de personalidades: ´El que engendra a un tonto, es para su aflicción, y no hay alegría para el padre de un necio‘ (Prov. 17, 21), ´La instrucción es para el tonto como un cepo en los pies y como esposas en su mano derecha‘ (Ecle 20,19), ´No hables demasiado con un insensato ni vayas con el que no tiene inteligencia; cuídate de él, para no tener molestias y no salpicarte cuando él se sacuda; apártate de él: estarás tranquilo y su estupidez no te fastidiará‘ (Eclo 22,13). Hasta el Señor, fue su conclusión, no los tenía en estima y advertía sobre ellos.

Tanto Cipolla como Müller, nos dan cuenta de una existencia histórica, extendida y actualizada de este mal que aqueja a las sociedades e impide una correcta individualización y tolerancia de estos fenotipos psicológicos porque escapan a las verificaciones de laboratorio, pero son alcanzados por la sabiduría e inmisericordia divina.

La teoría política de la república desarrollada a partir de la evolución de las monarquías absolutas de la Europa vieja, ha venido a convalidar una cohabitación difícil de superar a la hora del condigno trato que se merecen. Las pautas de igualdad que establecen este tipo de sistemas políticos, aunadas al único requisito de la idoneidad para acceder a la función pública, no sólo resultan impotentes filtros para evitar que un boludo desempeñe funciones de gobierno, también, estériles para frenar su avance en masa, adecentados y ocultos por consignas ideológicas de toda laya que ellos mismos no alcanzan a comprender. De allí, lo importante del empeño frustrado del Profesor Müller, que no pudo categorizarlos como deficitarios mentales. Son libres y nos vemos obligados a aceptarlos sin ambages por las prescripciones del sistema, aun bajo las reservas bíblicas.

Uno de los inconvenientes a resolver es la relación que existe en una sociedad de masas entre el boludo y las ideologías. Pareciera que ambos, en la medida que no operan y sólo teorizan, son inocuos. El problema se genera cuando pasan a la acción y buscan reivindicaciones abarcadoras de la realidad toda, a partir de una sola idea que pretende conferirle cualidades  lógicas a entidades diferentes. Los boludos y los ´ismos´ son asfixiantemente simplistas y porfiados cuando avanzan queriendo cambiar la existencia; desprecian los hechos construyendo artificios disparatados.

En unos y otros, existe una curiosa manía de extender una idea única a la solución de los problemas del todo social, sin atender variantes que se adecuen a realidades concretas. Suelen compartir también una especie de prestigio, amañado en la ignorancia o consumismo irracional de los demás. El resto del dislate lo produce una sociedad cuyos miembros caminan por las calles como ´zombies de shopping‘, distraídos pero satisfechos.

El avance tecnológico de la sociedad de masas ha venido a coronar la impotencia de la comunidad para inmunizarse de los agravios que generan estas conductas; nos basta mencionar, sólo a título de ejemplo, que el sistema le concede registro de conducir a cualquiera, pero sólo el boludo le agrega ímpetus comunicacionales a la faena de transitar, mientras barrena arriba de su automóvil, bajo la única consigna de ´celular activo o muerte´. Esta clase de individuos ha trasladado su vida social al pequeño adminículo y lo ha transformado en el eje de su actividad cotidiana; así las cosas, se los sufre mediante eternos audios de mensajería o a través del fraccionamiento de un mensaje único en quince textos diferentes; circunstancia que acredita una disfuncional fluidez del pensamiento, pues en cuestión de segundos, no puede armar una idea única, sino seccionarla en tantas partes, como irracionales impulsos intuitivos y emocionales padece. Suele verificarse en estos casos, una retahíla de comunicaciones recibidas por el sufriente receptor con la siguiente serie horaria: 16,20- 16,21- 16.22- 16,23 y así, hasta que el boludo deja de emitir, con la única finalidad de avisar que va a llegar tarde a un encuentro.

La expansión de la galaxia de la boludez en el ámbito de las redes sociales, merece un Tractatus específico. El Profesor Navarro ha efectuado una comunicación en tal sentido a varios colegas, por interpretar que la adecuada subsistencia de la comunidad política exige profundizar estos tópicos; lo hizo vía Facebook, pero sólo ha obtenido como respuesta varios pulgares hacia abajo (We don‘t Like) con un sugerente comentario que rezaba: ´subsistimos con publicidad gracias a ellos, no moleste´. Quedó desorientado y dudando de sus interlocutores.

Por último, debemos mencionar que el equipo de investigación local intentó establecer una descripción de categorías para distinguir a las diversas clases de sujetos que padecen estos desvíos conductuales, pero les ha sido imposible, a partir de la verificación de la primera y segunda ley fundamental de Cipolla; ello así, debido a la importante dispersión humana existente en este tipo de conductas.

El investigador de la prestigiosa universidad de la pampa húmeda, no avanzó para tratar de analizar, si este mal también aqueja al sexo femenino, debido a ciertas complejidades que advirtió en la empresa, con las cuáles prefirió no lidiar.

Por último, variando sustancialmente el método a emplear, y en el ánimo de realizar un trabajo de utilidad a modo de extensión universitaria local, dado el emplazamiento de la casa de estudios[5], no podía dejar de lado una indagación respecto de la existencia de estas semi-patologías en el ámbito rural. Mediante el diseño de un sistema de entrevistas con cuestionarios, y luego de recorrer un número suficiente de tranqueras y chacras, arribaron a la conclusión de la existencia de boludos también en el mismo; todo ello con aclaraciones que merecen su cita: a) debido al bajo índice demográfico de población, es más difícil ubicarlos; b) existen en la misma proporción que en las grandes ciudades; c) su presencia se advertía de una forma más definida, debido al tipo de tareas que se ejecutan en las fincas; basta con dejar abierta una tranquera para perder doscientas cabezas de ganado. No obstante, dado a la vigencia del uso del facón en la cintura por parte de los paisanos, a la fecha del trabajo realizado, no era habitual extender la expresión ´boludo´ a un trato de naturaleza amical; los gauchos son más conservadores y sacan rápido el cuchillo.

El Profesor Navarro y sus alumnos lograron una síntesis del trabajo de campo en el campo, como consecuencia de la honestidad de un abuelo de uno de los investigadores, que dejó para la memoria final, un aforismo usual que comprueba la existencia de estos sujetos en la escena agroganadera y verifica  lo que otros investigadores lograron concluir; Romualdo Apesteguía citaba en su entrevista con uno de los científicos, una frase de un paisano que ilustraba sobre el particular: ´prefiero atajar locos y no empujar boludos´.

La sintética expresión, concisa y plena de sabiduría práctica, nos devuelve a las conclusiones del Profesor Müller, en orden a la imposibilidad de clasificar como locos a estos personajes, cuestión que nos impide un diagnóstico a priori de los mismos y su correspondiente tratamiento. De allí que en materia de prevención, con el boludo, siempre se fracasa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Cipolla, C.M, Las Leyes Fundamentales de la Estupidez Humana, ed. Crítica, 2013.

[2] Del latín ütus, abundancia, en gran tamaño.

[3] Rosario, Argentina, noviembre de 2004.

[4] N. del E.: un alumno que participó del experimento, llegó a leer en un pequeño anotador del profesor Navarro, que hizo esta opción por advertir que se viajaba en avión mediante el pago de pasajes con tarjeta de crédito, en tanto, que se lo hacía en tren, empleado la SUBE. Parecía así, distinguir diferentes ámbitos sociales propicios para el trabajo de campo.

[5] El campus universitario se encuentra en el Km 138,5 de la Ruta Nacional 7, con vista a los alambrados.

El hombre que buscaba una idea.

    Sentado en un viejo baúl en la casa de sus abuelos reflexionaba una y otra vez acerca de los motivos por los cuales no tenía futuro. Se dijo a sí mismo, y ante un constante aliento de sus amigos, que debía encontrar la fórmula para resolver el estado de quietud que lo enraizaba a la habitación, no le permitía salir de lo conocido, explorar posibilidades de vida que superaran la rutina de los horarios prefijados, heredados por generaciones de culto familiar y social. Él creía que existían otros horizontes, estaba seguro de poder hallarlos.

    Se entregó a la fatiga de revisar una escasa biblioteca instalada en la misma despensa en la que yacía el cofre sobre el que se había apoyado, donde también estaban dispuestos estantes con alimentos secos, conservas, un lavarropas y tres sogas para colgar las prendas lavadas en los días de lluvia. El olvido de su tío había dejado esos libros, emigrado de la casa familiar por razones de matrimonio, o acaso, convenientemente dispuestos allí, por haber pensado que superada la era de la tracción a sangre, el motor a explosión los había transformado en un artículo de museo y no tenían más nada que ilustrar. Si bien se parecían a los prolijos tomos del ‘Tesoro de la Juventud’, no había duda que pertenecían a alguna colección cuyo nombre no le quedó registrado, pero suficientes en cuanto a su contenido, para disparar artilugios del pensamiento que lo movilizarían por algunos meses.

    Los primeros días descubrió que a Juan Jacobo Rousseau se le ocurrió inclinar el eje del planeta, al advertir que el hombre nacía bueno y luego la sociedad lo corrompía; quedó impactado por semejante variación de aquéllo que había leído de Caín y Abel en la Biblia familiar, la manzana y la serpiente, y todo lo que sería escrito interpretando que había una tendencia hacia el mal en el bípedo erguido y no en la sociedad, y por eso mismo, Cristo había bajado a la tierra para redimirlo. Le pareció extraña la propuesta, más aun, porque no se mencionaba a ningún Dios o dios, que respaldara el aserto; se advertía una especie de temeraria idea en el escritor francés, un capricho de barrio lanzado para la afiebrada imaginación de un mundo que siempre quiere cambiar las cosas, aunque no siempre sepa para qué. Pensó ‘habrá sido el progreso’.

    La radio cercana de su abuela transmitía un reportaje a un señor que no conocía y que explicaba en forma académica que las sociedades modernas tienen cárceles para recuperar a quienes delinquen, educarlos, y devolverlos a su casa para que continúen trabajando, sin molestar a nadie. Un aserto de doctrina recogido de una ley importante o algo así. Esta ocasional distracción que lo separó de su momento reflexivo puro, le generó una paradojal idea ¿Si al hombre lo corrompía la sociedad cómo podría ser la misma sociedad en sus cárceles la que le quite el baño de corrupción que ella misma le proporciona? En una primera respuesta no se cuestionó demasiado y concluyó que era posible que si era la sociedad la que corrompía, también tuviera la fórmula del antídoto para hacerlo cesar en su estado de corrupción; después interpretó que esto no tenía sentido alguno, y además generaba un exceso de gastos de los tesoros públicos en el mecanismo de corromper para luego quitar la corrupción; no dejó de sugerirse que si las personas eran buenas al conformar una sociedad, no tenía por qué la sociedad transformarse en mala por la simple adición o colección de buenos; tomó en cuenta una posibilidad remota pero cierta: la existencia de otros factores que influyan en el proceso, que no se hubieran analizado. Decidió emprender esta tarea sabiendo que el hombre era bueno, ignorando a la serpiente y a la manzana.

    Los tomos eran vetustos, pero tenían detallados e interesantes registros de una historia que él no conocía, y que por su misma condición de historia, tenía la vigencia de un presente que había pasado pero que había sido. Estaban ordenados y bien encuadernados, por temas y orden alfabético y cronológico, tal como suele ocurrir en este tipo de obras universales. Los fondos documentales de esa época informaban poco sobre civilizaciones antiguas y la edad media; había más prejuicios históricos que verificaciones científicas en ambos casos. De todas formas, al ginebrino lo halló en el segundo ejemplar, sobre un total de quince que allí dormían por falta de lectura habitual.

    Cuando barrenaba con sus dedos por la ‘D’, descubrió a Desttut de Tracy, uno de los primeros escritores que aportó un significado al término ideología, como expresión histórico-social de un grupo, en tanto superestructura espiritual de fuerzas que no tienen nada de espirituales, intereses de clase, motivaciones colectivas inconscientes o condiciones concretas de la existencia en sociedad. Debido a que no tenía mucho más por hacer, se dijo a sí mismo, voy a convertirme en un ideólogo; pareciera que es prestigioso y dejaré de lado la intención de ser médico, ingeniero o arquitecto. Ellos apenas conocen una porción de la realidad, técnica, fría y seccionada.

    Según lo planeó, primero debía hallar una idea para poder ser ideólogo; por lo que sospechaba que bastaría con una idea con pretensión de importancia. Además, debía ser posible transformarla en una relativa interpretación de la realidad, hacia un absoluto imprescindible con el cual todo se explique y justifique. Sabía que la cuestión no era sencilla, pero tenía muy claro que con semejante alquimia se transformaría en el indispensable hombre que quería ser. En primer término, revisó a lo largo de aquella concentración de sabiduría que se advertía entre los libros que había hallado, los logos correspondientes a otros hombres para no caer en el absurdo de la reiteración, y en consecuencia, el descarte o el olvido, por parte de quienes lo escuchen al formular sus planteos.

    No quería problemas con la religión, cuestión de presbíteros -se dijo-, motivo por el cual desechó todo intento de explorar cualquier clase de mecanismo que lo condujera a la idea de Dios; interpretó que bastaba con desconocer esa porción de la realidad, ignorarla, para dar por sentado que podría elegir algún otro ingenio para generar una obra literaria que se imponga como éxito de ventas por lo sabio de sus razonamientos.

    Estaba seguro de poder forjar una nueva ciencia por simple voluntarismo, aun cuando no sabía, si discurriría por campos propios de lo exacto, matemático o geométrico, o en su lugar, hallaría principios que permitieran cambiarle la vida a la gente mediante la economía o cosas similares.

    En el proceso de sus meditaciones estaba decidido a sustituir a la metafísica por la ideología, en la idea de engendrar cuando más no sea una noción de bienestar, consciente de que la ciencia es extraña a todo juicio valorativo, y por lo tanto no se la puede calificar de moral o inmoral; este último aspecto sería descartado porque ya se había discutido mucho en la historia sobre estas cuestiones perdiéndose un tiempo necesario para mejores empeños. Por otra parte, tenía claro en apartar a la metafísica, debido a que la gente estaba feliz o triste, pero siempre viviendo el día de su fecha y no se hallaba interesada en conocer qué pasaría dentro de una semana; el mero momento les impedía cualquier idea que lo transportara un poco más allá del barrio o en el tiempo.

    En la mezcla de autores que fue deshilachando advirtió que no tenía sentido dar respuesta alguna a la cuestión de Dios, tal como había hecho Friedrich Nietzsche, sino que era mejor suprimirlo como problema. Para qué perder tiempo con cuestiones que están más allá de lo que podemos ver.

    Quería avanzar en el desarrollo de una lógica cuyo objeto sea el presente en el que se plantea y se aplique como tal. Estaba seguro que la ideología era un formidable instrumento de explicación de la presente situación de nuestra sociedad que se exhibe bajo un aspecto claramente tecnológico, cruel, economicista.

    También descartó materias conflictivas y que ya se habían enunciado como la libertad, el mercado, la revolución y la lucha de clases, la patria, la guerra justa, la modernidad. Todas fracasadas por el enceguecimiento de sus propulsores y la frustración de sus destinatarios; sobre cada una de ellas tuvo tardes enteras de reflexión, y aun sin desconocer que todas dejaron alguna huella, también debía admitirse que no lograron abarcar una efectiva vigencia en la totalidad del hombre.

    El amor, esa especie de sentimiento agradable y doloroso al mismo tiempo, ya estaba inscripto en el marco de otros intentos, y su eventual utilización como soporte de la ideología que pretendía afirmar, hubiera aparecido como un simple mecanismo que no llegaba a explicar el todo que procuraba abarcar.

    Había escuchado hablar de la posverdad, pero los libros que estaban a su alcance en el ámbito del baúl de los abuelos, no habían llegado a conocer la época en la cual podía suponerse que luego de la verdad podía haber algo, que sin ser verdad, sea verdadero. Se preguntaba qué significaba estar parado después de la verdad, y lo cierto es que las respuestas que elucubraba, no hacían más que desorientarlo: si estábamos en una era posterior a la verdad, no podía haber verdad; con lo cual, se había matado a la verdad -ya no era necesaria- o bien pretendía ignorársela con alguna finalidad de difícil elucidación. Advertía con claridad que vivir sin verdad era como negarle una brújula a Cristóbal Colón, mientras seguía sin encontrar una idea que lo transformara en ideólogo.

    Le pareció oportuna la sustitución de la verdad por la mentira eficaz; por aquellos años en el barrio vivía un vecino que había comprado el primer televisor que salió a la venta. Para escuchar una primera transmisión, invitó a todos sus conocidos, quiénes sorprendidos por el aparato que transportaba la realidad de un lugar a otro, observaban la forma en que una reconocida actriz intentaba vender una máquina para hacer tallarines, a través del sutil artilugio del aviso publicitario; la mujer ilustró sobre las bondades técnicas y casi humanas del artefacto en no menos de diez minutos, prodigando su intervención en detallar cualidades del invento. Su abuela, presente en el acto oficial y barrial de la inauguración de la televisión, había sentenciado: “nunca será como el palo de amasar con el que estiro mis tallarines”. El episodio le había permitido sospechar a la mentira eficaz, y el tiempo siempre sazonador del olvido y de la razón, terminó por demostrarle que a pesar de todo desaparecieron los palos de amasar y las abuelas, imponiéndose aquel aparato...

El cuento completo se puede leer en Amazon bajo el título "Cuentos de Metafísica" en el siguiente vínculo https://www.amazon.com/s?k=cuentos+de+metafisica&i=stripbooks&crid=2SYJPAP6DZVJZ&sprefix=%2Cstripbooks%2C356&ref=nb_sb_ss_recent_1_0_recent

Agradezco el seguimiento de ustedes, y seguiré publicando otras reflexiones en este mismo blog. Saludos cordiales.

                                    Juan López de Rivero.

 


Acamapichtli

  El manuscrito no es ilegible, pero estaba traspapelado, imprudente forma del olvido. Le fue dado todo el poder porque la tarea no era fá...