Conoció el coraje, la excomunión y tres
estancias en la cárcel por deudas, circunstancias comunes en aquellos tiempos. Navegó
pelea en combate importante y en alta ocasión que vieron los pasados siglos
ni esperan ver los venideros -atestó-; pero bastaba la muerte del valiente
comandante que luchaba junto a sus tropas, para que sus soldados quedaran
olvidados hasta una nueva guerra, si es que conservaban alguna aptitud física.
Eran comunes las heridas mal curadas,
las septicemias que generaban amputaciones por falta de antibióticos, la
pérdida de falanges en los dedos por el esfuerzo de la espada en el cruce de
los aceros ignorantes del otro y la segura caída contra la enorme caballería.
Sólo un milagro dejaba entero a cada
uno de los que formaban parte de los ejércitos torpes en disciplina o
entrenamiento adecuado-. El tronar de las avanzadas por mar -y lo dejó por
escrito- cuando las proas en mitad del mar espacioso, las cuales,
enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado más espacio que el que concede
dos pies de tablas del espolón…viendo que tiene delante de sí tantos ministros
de la muerte como cañones que se asestan en la parte contraria, imposibles
de esquivar por los torpes movimientos de velas, siempre dependientes de los infieles
vientos.
Los regresos al poblado eran con
gloria pasajera y con más deseo de mujer abandonada que de recibir panegíricos;
los reyes olvidaban pronto los servicios prestados. Había que volver a salir
por los caminos de aquella España porque se les había negado empleo, aun cuando
sirvieron a tan importante señor en trance de alto riesgo y con secuelas evidentes
en el físico. Los hidalgos comandantes que habían armado las expediciones para
entrar en combate, muertos que fueron por batalla o edad, terminaron en
estatuas, pero las estatuas no retribuían favores; escaseaban los trabajos rurales
u oficios de artesanos, los precios de productos y materias primas habían
escalado de una forma desmedida, y en los siglos XV y XVI la situación se había
vuelto desesperante; el paulatino empobrecimiento de rentas y salarios dejaron
a Valladolid, Toledo y Segovia con la mitad de sus habitantes, emigrados todos al
nuevo mundo, al igual que Ávila, Castilla, Galicia, Aragón y Valencia.
El camino de Indias había sido
emprendido por los hidalgos pobres, francos venidos a menos, menestrales y
rústicos, que soñaban con ser señores de indios, propietarios y vecinos de
solar conocido para dejar a sus descendientes; aun cuando hubiera que aguantar
las penurias y la indiferencia de aquéllos que se quedaban en la metrópoli
ignorando la epopeya que imponía la conquista.
Habían hallado la vía navegable a
Cipango, sin el riesgo de enfrentar a los otomanos, y colocar en Europa las
especies provenientes de la India; una cuestión afrodisíaca y culinaria, terminó
por empujar a los navegantes a atropellar contra un nuevo continente, al
principio desconocido e ignorado, más tarde, el germen de múltiples
consecuencias de todo jaez. El oro y la plata fueron superando la edad de la
permuta y su búsqueda movilizaron espíritus, esfuerzos, traiciones y
conquistas, para fortalecer las siempre alicaídas arcas reales.
España no podía escapar a la lógica
de los efectos incalculables de empresas inesperadas. Las grandes cantidades de
metálico que comenzaron a fluir desde México y Perú, generaron un importante
desequilibrio de precios y rentas en la península ibérica; aquello que desde un
principio se interpretó como una ventaja de la riqueza imprevista, produjo un
empobrecimiento general, multiplicación del costo de las mercaderías y una
devaluación correlativa del oro y la plata, debido a la repentina abundancia de
ambos; en dos siglos, cualquier producto que costaba cuatro reales pasó a valer
veinte.
El reino había creído que los metales
eran la riqueza misma, y no una representación del trabajo, tal como hoy se ha
interpretado a través de los científicos de la economía. La carencia de minas argentíferas,
había establecido a la plata como el patrón universal de cambio, y la
inundación de este metal que se produjo en España y luego en Europa, provocó en
el albur de las amalgamas que se utilizaban para acuñar la moneda, una
consecuente escasez de cobre que lo arrastró a Felipe III a prohibir la circulación
de alguna de ellas cerca de los puertos, para evitar la migración de la
calderilla de feble hacia el extranjero; una de las tantas ilusiones del poder,
que prohíben lo imposible.
Quienes llegaban a la América
Australis comían carne dos veces por día, prefiriendo abandonar títulos, marcas
y condados y devenir en comerciantes, artesanos, y se harían criollos con el
tiempo, abonados a los movimientos revolucionarios; no es aconsejable la patria
sin comida.
Algunos quedaron en sus burgos natales
para narrar, acaso sin mencionarlo, este problema que se había generado en la
alteración de la vida doméstica. O bien nunca lo supieron, o bien sabiéndolo lo
ignoraron adrede, por razones patrióticas; al fin de cuentas, él, había sido
héroe para el hijo de su emperador en la batalla.
Describió con precisión los pesares por los
que atravesaba toda la gente en la empobrecida metrópoli, aun cuando nada dijo
de sus causas, acaso por desconocer principios de la ciencia y entusiasmarse
con los devaneos literarios de los relatos en prosa; prefirió deambular por la
meseta castellana, y lo ignorado fue América, imaginando sus desgracias con una
retórica que engañaba a mozas, curas, tenderos y condes. Era una forma también
de olvidarse de sí mismo, y dejar de lado los desprecios que había sufrido por
parte de aquéllos a los que había servido bien. Prefirió la caballería y
descartó la navegación en la expedición de Cortés o Pizarro, tratando de
mejorar fortuna sin perder su decoro educado en el honor.
Optó por la cautela de la novela
elíptica, romántica y cruda, al panfleto de la denuncia fácil, torpemente periodístico,
acaso para evitar un nuevo calabozo que lo hubiera abandonado en la historia
pueril de la meseta, de la diatriba fácilmente reconocible por la torpeza
intelectual del poder. Ocultó sus designios y no pudieron descubrirlo.
En cada personaje ubicó a traidores,
amores, amigos, letrados, borrachines, caminantes, monjes, todos cubiertos por un
manto de piedad literaria sobre la realidad agónica, pero de espíritu libre y
esperanzado, aventurero. La culpa era de las novelas de caballería, tan delirantes
como la sensación de la riqueza fácil.
Selló el carácter de España para
siempre; nadie lo advirtió.
El rey y sus censores, incautos en
sus aprobaciones, predicaban que el gran escritor había derrotado al odioso género
del populacho; se equivocaban, eran ellos los derrotados.
El duque de Béjar, Marqués de
Gibraleón, Conde de Benalcázar, Vizconde de la Puebla de Alcocer, Señor de las
Villas de Capilla, Curiel y Burguillos, acaso por darse cuenta de la trampa,
nunca contestó su dedicatoria por no enemistarse con la monarquía.
Imaginó a un loco haciendo y diciendo
locuras, quejándose por escrito de la edad tan detestable como es ésta en la
que ahora vivimos; sólo los locos quedan exentos de reproches, y él lo
sabía.
La hambruna del rocín y su jinete; la
torpeza de Sancho en la ínsula Barataria, cuyo gobierno se fue como sombra y
humo por haberse subido sobre las torres de la ambición y de la soberbia;
su utopía, la siempre ausente Dulcinea amada, a quien le dio el título de señora
de sus pensamientos; su testamento al escudero, al pedirle perdón amigo,
de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el
error en que yo he caído, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.
Formas solapadas de rebeldía en las perpetuas
metáforas.
Extraordinario cuento. Es increíble como el autor con su prosa nos destaca el cambio de paradigma de una época con la irrupción de América, la confrontación entre la España conquistadora y colonizadora con la España medieval y los códigos de caballería
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