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15 noviembre 2024

Un pensador español del siglo XVI

 

Conoció el coraje, la excomunión y tres estancias en la cárcel por deudas, circunstancias comunes en aquellos tiempos. Navegó pelea en combate importante y en alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros -atestó-; pero bastaba la muerte del valiente comandante que luchaba junto a sus tropas, para que sus soldados quedaran olvidados hasta una nueva guerra, si es que conservaban alguna aptitud física.

Eran comunes las heridas mal curadas, las septicemias que generaban amputaciones por falta de antibióticos, la pérdida de falanges en los dedos por el esfuerzo de la espada en el cruce de los aceros ignorantes del otro y la segura caída contra la enorme caballería.

Sólo un milagro dejaba entero a cada uno de los que formaban parte de los ejércitos torpes en disciplina o entrenamiento adecuado-. El tronar de las avanzadas por mar -y lo dejó por escrito- cuando las proas en mitad del mar espacioso, las cuales, enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado más espacio que el que concede dos pies de tablas del espolón…viendo que tiene delante de sí tantos ministros de la muerte como cañones que se asestan en la parte contraria, imposibles de esquivar por los torpes movimientos de velas, siempre dependientes de los infieles vientos.

Los regresos al poblado eran con gloria pasajera y con más deseo de mujer abandonada que de recibir panegíricos; los reyes olvidaban pronto los servicios prestados. Había que volver a salir por los caminos de aquella España porque se les había negado empleo, aun cuando sirvieron a tan importante señor en trance de alto riesgo y con secuelas evidentes en el físico. Los hidalgos comandantes que habían armado las expediciones para entrar en combate, muertos que fueron por batalla o edad, terminaron en estatuas, pero las estatuas no retribuían favores; escaseaban los trabajos rurales u oficios de artesanos, los precios de productos y materias primas habían escalado de una forma desmedida, y en los siglos XV y XVI la situación se había vuelto desesperante; el paulatino empobrecimiento de rentas y salarios dejaron a Valladolid, Toledo y Segovia con la mitad de sus habitantes, emigrados todos al nuevo mundo, al igual que Ávila, Castilla, Galicia, Aragón y Valencia.

El camino de Indias había sido emprendido por los hidalgos pobres, francos venidos a menos, menestrales y rústicos, que soñaban con ser señores de indios, propietarios y vecinos de solar conocido para dejar a sus descendientes; aun cuando hubiera que aguantar las penurias y la indiferencia de aquéllos que se quedaban en la metrópoli ignorando la epopeya que imponía la conquista.

Habían hallado la vía navegable a Cipango, sin el riesgo de enfrentar a los otomanos, y colocar en Europa las especies provenientes de la India; una cuestión afrodisíaca y culinaria, terminó por empujar a los navegantes a atropellar contra un nuevo continente, al principio desconocido e ignorado, más tarde, el germen de múltiples consecuencias de todo jaez. El oro y la plata fueron superando la edad de la permuta y su búsqueda movilizaron espíritus, esfuerzos, traiciones y conquistas, para fortalecer las siempre alicaídas arcas reales.

España no podía escapar a la lógica de los efectos incalculables de empresas inesperadas. Las grandes cantidades de metálico que comenzaron a fluir desde México y Perú, generaron un importante desequilibrio de precios y rentas en la península ibérica; aquello que desde un principio se interpretó como una ventaja de la riqueza imprevista, produjo un empobrecimiento general, multiplicación del costo de las mercaderías y una devaluación correlativa del oro y la plata, debido a la repentina abundancia de ambos; en dos siglos, cualquier producto que costaba cuatro reales pasó a valer veinte.

El reino había creído que los metales eran la riqueza misma, y no una representación del trabajo, tal como hoy se ha interpretado a través de los científicos de la economía. La carencia de minas argentíferas, había establecido a la plata como el patrón universal de cambio, y la inundación de este metal que se produjo en España y luego en Europa, provocó en el albur de las amalgamas que se utilizaban para acuñar la moneda, una consecuente escasez de cobre que lo arrastró a Felipe III a prohibir la circulación de alguna de ellas cerca de los puertos, para evitar la migración de la calderilla de feble hacia el extranjero; una de las tantas ilusiones del poder, que prohíben lo imposible.

Quienes llegaban a la América Australis comían carne dos veces por día, prefiriendo abandonar títulos, marcas y condados y devenir en comerciantes, artesanos, y se harían criollos con el tiempo, abonados a los movimientos revolucionarios; no es aconsejable la patria sin comida.

Algunos quedaron en sus burgos natales para narrar, acaso sin mencionarlo, este problema que se había generado en la alteración de la vida doméstica. O bien nunca lo supieron, o bien sabiéndolo lo ignoraron adrede, por razones patrióticas; al fin de cuentas, él, había sido héroe para el hijo de su emperador en la batalla.

 Describió con precisión los pesares por los que atravesaba toda la gente en la empobrecida metrópoli, aun cuando nada dijo de sus causas, acaso por desconocer principios de la ciencia y entusiasmarse con los devaneos literarios de los relatos en prosa; prefirió deambular por la meseta castellana, y lo ignorado fue América, imaginando sus desgracias con una retórica que engañaba a mozas, curas, tenderos y condes. Era una forma también de olvidarse de sí mismo, y dejar de lado los desprecios que había sufrido por parte de aquéllos a los que había servido bien. Prefirió la caballería y descartó la navegación en la expedición de Cortés o Pizarro, tratando de mejorar fortuna sin perder su decoro educado en el honor.

Optó por la cautela de la novela elíptica, romántica y cruda, al panfleto de la denuncia fácil, torpemente periodístico, acaso para evitar un nuevo calabozo que lo hubiera abandonado en la historia pueril de la meseta, de la diatriba fácilmente reconocible por la torpeza intelectual del poder. Ocultó sus designios y no pudieron descubrirlo.

En cada personaje ubicó a traidores, amores, amigos, letrados, borrachines, caminantes, monjes, todos cubiertos por un manto de piedad literaria sobre la realidad agónica, pero de espíritu libre y esperanzado, aventurero. La culpa era de las novelas de caballería, tan delirantes como la sensación de la riqueza fácil.

Selló el carácter de España para siempre; nadie lo advirtió.

El rey y sus censores, incautos en sus aprobaciones, predicaban que el gran escritor había derrotado al odioso género del populacho; se equivocaban, eran ellos los derrotados.

El duque de Béjar, Marqués de Gibraleón, Conde de Benalcázar, Vizconde de la Puebla de Alcocer, Señor de las Villas de Capilla, Curiel y Burguillos, acaso por darse cuenta de la trampa, nunca contestó su dedicatoria por no enemistarse con la monarquía.

Imaginó a un loco haciendo y diciendo locuras, quejándose por escrito de la edad tan detestable como es ésta en la que ahora vivimos; sólo los locos quedan exentos de reproches, y él lo sabía.

La hambruna del rocín y su jinete; la torpeza de Sancho en la ínsula Barataria, cuyo gobierno se fue como sombra y humo por haberse subido sobre las torres de la ambición y de la soberbia; su utopía, la siempre ausente Dulcinea amada, a quien le dio el título de señora de sus pensamientos; su testamento al escudero, al pedirle perdón amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.

Formas solapadas de rebeldía en las perpetuas metáforas.


1 comentario:

  1. Extraordinario cuento. Es increíble como el autor con su prosa nos destaca el cambio de paradigma de una época con la irrupción de América, la confrontación entre la España conquistadora y colonizadora con la España medieval y los códigos de caballería

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Agradezco a quien comenta porque acompaña el sabor de la escritura, que siempre es de a dos: escritor y lector.

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