Borges relata que el teólogo Nils
Runeberg en sus obras sobre el tema, se aboca a la conclusión y no a las
pruebas[1]; el catedrático de
la ciudad universitaria de Lund, exhumado del anonimato por la trama borgeana,
carecía de artes de abogado, motivo por el cual no vio las evidencias.
Las fuentes paganas son escasas, pero
un análisis conglobado de ellas con los acontecimientos narrados por los
apóstoles en el Nuevo Testamento, nos permiten una aproximación a las pasiones
que desencadenaron los hechos. Hubo una Pasión y varios dramas.
Coincidimos con el profesor alemán, en
orden a que conformarse con la imputación del crimen de Judas a su codicia, es
resignarse a admitir el móvil más torpe, y en igual sentido, no podemos suponer
un error en la Escritura o un hecho gobernado por la casualidad en el proceso
de la redención.
En el plano del análisis humano, el
efecto se nos presenta más evidente que la causa, y por cualquier efecto puede
ser demostrada su causa (demonstratio quia), siempre que los efectos de
la causa se nos presenten como más evidentes[2], debido a que
carecemos de herramientas para sondear la mente divina. Aquel Mesías, en tanto
hombre que era, había temido por su final pidiendo al Padre en el monte de los
Olivos, que le aparte el amargo cáliz; como Dios, que también lo fue, pudo
comprenderlo y aceptó los cánones proféticos.
Ante semejante limitación de nuestra
inteligencia, nos resta intentar el camino de analizar las actitudes de los
demás protagonistas de aquellos días en Judea; ninguno de ellos era Dios, y así
la develación del enigma, nos debiera resultar menos insondable. Trabajaremos
sobre los efectos por desconocer las causas.
Debemos admitir, en primer término, que
Runeberg nos moviliza a través de Borges, y lleva a plantearnos innumerables
preguntas: ¿Era necesario que el Sanedrín abonara treinta monedas de plata para
que un servidor allegado a Cristo, lo entregara?; en igual sentido ¿Por qué
motivo se montó semejante estrategia para individualizar y arrestar al Mesías,
que enseñaba habitualmente en la sinagoga?;[3] ¿Quiso Cristo
mostrar en Judas, todo lo malo que debía renovarse en el hombre, y con ésto, la
exhibición de la traición exhibe el pecado a remediar?; ¿Por qué condenar a la
indignidad del infierno a uno de los que Él mismo había elegido, existiendo
otros caminos, también humanos, para arribar al mismo objetivo?; ¿Si Jesús
conocía de antemano la conversión que se operaría en los apóstoles, por qué
razón iba a desconocer desde un principio la posterior traición de Judas, más
aún, teniendo en cuenta, que los actos del traidor podrían haber arrastrado a
la crucifixión de la pequeña comunidad de los hombres escogidos, y con ésto, al
fracaso de la divulgación evangélica?; ¿Por qué motivo Él, todo misericordia,
condenaría al infierno a uno de sus seguidores, a quién además, le había confiado la
administración de los recursos de la pequeña comunidad apostólica? Muchos de
estos interrogantes debieran despejarse conociendo sus causas; tarea improbable
por pertenecer al diseño divino.
Las preguntas podrían seguir
enumerándose y conformar una larga lista que intentaremos resumir en una sola
cuestión ¿Fue el Señor quien administró los aspectos de la Pasión, o bien, los
enconos y miserias de los hombres cambiaron los planos de acción, y en
definitiva, se cumplió con el mismo fin anunciado por los profetas, pero por
otros medios?
En otros términos ¿Cuál fue la
intención inicial del Sanedrín y de Judas, al entregarlo a Cristo?
Veamos el escenario que se establece en
el Libro Sagrado.
Pilato tenía su sede militar y política
en Cesárea, pero se trasladaba a Jerusalén para las Pascuas, porque concurría
al lugar mucha gente y se producían disturbios; Barrabás fue detenido por un
homicidio con finalidad sediciosa[4]; Herodes era rey de
Judea y sus relaciones siempre fueron inestables con Pilato y con el Sanedrín.
Acerca de Cristo, como anticipamos, sólo podemos decir que sabía que llegaba su
hora y decide entrar en Jerusalén en plena celebración de la Pascua judía.
Ninguno pareció haber ahorrado
esfuerzos para evitar la situación, salvo el Señor que cumplía su Mandato,
tenía otra misión, que no era política, aun cuando en la base de la política
siempre está el anthropos.
De la evaluación de hechos y personajes
ajenos a la divinidad del Mesías, surge una coincidencia y paralelismo de
conflictos, y acaso, sólo una diferenciación de medios para su logro.
El Padre, ya había guiado a Moisés para liberar a su pueblo en Egipto de una esclavitud de siglos, para ello, no dudó en ahogar a los soldados del faraón en el medio del mar Rojo; los débiles se imponían al imperio poderoso con la ayuda divina, sin ahorro de dureza ni sacrificios de vidas. En realidad, no debiera ser muy distinto en la Jerusalén del siglo I. No obstante, pareciera desprenderse de la Escritura, que con el éxodo, quiso salvar a todo un pueblo, en tanto con la Pasión, el objetivo estaba dirigido al hombre individual, y la herramienta no era la confrontación con el poder, sino el ejemplo del dolor.
En trance de mera especulación,
diremos que se había descartado el intento de castigar al poder y ayudar a todo
un pueblo, por interpretar que era muy difícil cambiar las cosas desde el
conjunto hacia el individuo, y en esta ocasión, el Creador habría preferido el
camino inverso; la transformación del hombre en pecado, desde su
individualidad, debía producir el cambio del conjunto. Este razonamiento
parecería estar interpretando los planes del Señor, cuestión que ya
adelantamos, es ardua por nuestras limitaciones, pero no podemos dejar de
ensayarla por razones de soberbia intelectual.
Jesús se encuentra entre todos los
actores del necesario drama, cuyas actitudes han quedado documentadas para la
historia, exhibiendo egos y elucubraciones; en el milenario análisis queda, en
un extremo, un Dios salvador, y en el otro, la más triste de las patologías
humanas: un supuesto traidor. En el medio, hubo matices que nos proponemos
mencionar.
Pilato es descripto por el filósofo
judío Filón de Alejandría (c. 20-50 d.C.) como “un hombre inflexible,
testarudo, y de disposición cruel” (Sobre la embajada a Gayo, 299-305),
de ascendencia plebeya, pues su nomen Poncio, deriva del
nombre de la familia Pontii de Roma, que carecía de orígenes nobles. Este
antecedente personal del Magistrado de la provincia de Judea, nos alerta sobre
una primera característica de su personalidad, en orden a establecer que privaban
sus sentimientos y actitudes de fuerza, propias de quien había sido enviado a
poner orden, antes que la de un filántropo interesado por el destino humano.
Sin embargo, frente al Sanedrín, las
escrituras lo describen con una mayor dosis de indulgencia que aquellos
religiosos que lo integraban, e insiste en varias ocasiones ante los allí
reunidos, respecto de la inocencia de El Salvador, aun cuando los sabios judíos
reclamaban por las intenciones monárquicas del detenido. No pareciera que las
decisiones del romano fueran producto de un apresuramiento democrático de
ocasión o un conformismo pagano mediante el cual se autoexoneraba de culpa, en
un episodio intrascendente para el imperio. En otros términos, el Procurador,
no debió sentir que se hallaba frente a un incidente estrictamente religioso, y
fue agotando instancias, tratando de averiguar en cada una de ellas, dónde
podían verificarse los signos de la traición insurreccional de los sacerdotes.
Para Pilato, Cristo fue un ocasional instrumento, al igual que para el
Sanedrín, pero en ambos casos, por motivos contrapuestos.
Flavio Josefo, historiador judío del
siglo I, abona la tesis de la compleja personalidad del gobernador y jefe
militar de Cesarea en Las Guerras de los Judíos (capítulo
VIII, ‘Del regimiento de Pilato y de su gobierno’). Ha documentado que las
revueltas eran cuestiones cotidianas como consecuencia de la inobservancia del
particular status religioso que los Césares le reconocían al pueblo
elegido; los había desafiado mediante la colocación secreta y nocturna de
varias Semaias[5] del emperador en
Jerusalén, cuestión en la que debió retroceder por orden del mismo Tiberio. Cuando el pueblo judío reclamó por el retiro de los ídolos allí colocados,
frente a la primera negativa del funcionario, protestaron durante
cinco días con sus noches, los rodeó con su ejército, debiendo luego retirarlo;
les había sustraído del Corbonan sagrado, recursos del templo para construir un
acueducto, y frente a las protestas, mandó a su ejército a matarlos apaleados.
En este último episodio, había mezclado a sus soldados entre quienes
protestaban ‘armados y disimulados’, pero con órdenes de no usar sus espadas, y
fue así, que muchos murieron por los golpes y otros por haber sido pisados por
la multitud en la estampida.
La crónica del historiador, coincide en
un punto basal a los fines de nuestro informe, con el texto evangélico y en orden
a métodos que se han conocido por aquellos tiempos.
Se narra que los sacerdotes ‘comenzaron
a acecharlo y le enviaron espías, que fingían ser hombres de bien, para lograr
sorprenderlo en alguna de sus afirmaciones < ¿Nos está permitido pagar
tributo al César, o no?> Pero Jesús se dio cuenta de sus malas intenciones,
y les dijo: <Muéstrenme una moneda. ¿De quién son la imagen y la
inscripción?> Ellos respondieron: <Del César.> Entonces Jesús les
dijo: <Pues den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de
Dios>’[6] .
Sobre el mismo episodio, tanto Mateo
(22, 16) como Marcos (2, 13), mencionan que en esta confabulación había
fariseos y herodianos.
Lo cierto es que podemos inferir, tras
el cotejo de fuentes religiosas y paganas, que el espionaje era una práctica
común de los soldados de Pilato, los guardias del templo y las tropas de
Herodes[7]. Aun cuando este
sistema no haya sido un mecanismo de precisión con auxilio tecnológico, es
idóneo para colocar una vez más bajo dudas, la necesidad de entregarle treinta
monedas de plata a Judas para que delate a su maestro, más aún, si se lo podía
arrestar mediante el sistema de espías que existía. Por otra parte, si el
Sanedrín estaba dispuesto a terminar con Cristo, corría el riesgo de que el
mismo Judas le avisara a su rabí de los planes sacerdotales y ninguno de ellos
apareciera por Jerusalén en la celebración; y en igual sentido, y con peor
gesto, las tratativas de los sacerdotes con un traidor de semejante talla, bien
podrían haber concluido con la huida de Judas con su paga y sin entrega alguna.
Corrieron un innecesario y excesivo lance.
Se puede entrever, sin mayor esfuerzo,
que existió otra trama en orden a las intenciones de los sacerdotes y el rol de
Judas en los hechos.
Llama la atención la insistencia de los sabios religiosos acerca de la supuesta autoproclamación del Dios vivo como rey de Judea y el canon de la negativa de Pilato sobre este aspecto específico. Los primeros, lo habían dejado enseñar en el templo, se lo llamaba rabí, sabían que tenía una respuesta adecuada para todas las provocaciones que le interponían, conocían de sus milagros; el segundo, seguramente poseía información sobre los mismos aspectos, además, en ningún momento se había enterado de que hubiese siquiera mencionado su intención de ser rey; por otra parte, de haberlo hecho, el problema era de Herodes y no de Pilato. Y fue el mismísimo Herodes, quien también lo absolvió, cuando lo enviaron a su presencia. La supuesta condición de rey terrenal de Cristo, no habría sido un tema que haya preocupado al poder político, es más, no podemos perder de vista que por mucho menos, Herodes decapitó a Juan el Bautista. Pilato y Herodes relativizaron una acusación semejante; el primero quería conocer la verdad, al segundo, le convenía la insurrección.
Resulta difícil, desde el análisis de
los diversos testimonios, sostener esta hipótesis de la reyecía terrenal, en
tanto sincero curso de acción por parte de los sacerdotes del templo para
eliminar a Cristo. Por otra parte, es el mismo Cristo que frente al
interrogatorio de Pilato respecto de su eventual condición de rey, se limita a
contestar en forma casi enigmática ‘tú lo dices’.[8] Esta última
expresión es notoriamente anfibológica, debido a que puede significar: a) tú lo
dices porque sabes que es cierto debido a que te lo han contado tus
informantes, o bien, b) tú lo dices, pero yo nunca he dicho eso y ya lo conoces
por tus informantes. Es indudable que Pilato conocía la opción b). De allí, su
insistente indulgencia.
La descripción de la personalidad de
Pilato que realiza Flavio, nos induce a creer que era un verdadero psicópata
con rasgos perversos e inteligentes; lúcido, no muestra sentimiento de culpa
por el dolor ajeno, y en general, se observa esta tipología en muchas personas
que acceden al poder político. Mantiene la frialdad en momentos difíciles, que
a veces, él mismo genera. El procónsul romano mostró estos síntomas patológicos
en los cortos pero precisos pasajes del evangelio en los que se narra el tiempo
de la Pasión.
Recibir a Cristo y enviárselo a
Herodes, aun cuando ya había proclamado que no tenía culpa, importaba dejarlo
en manos de quien había decapitado a Juan el Bautista; también le permitía auscultar en la respuesta de Herodes. Tomarlo de regreso, y
aun cuando manifestaba por segunda vez que no era culpable, interrogarlo una
tercera vez sobre el mismo punto y decidir su flagelación y crucifixión,
muestran una vez más su indiferencia por el destino de un inocente. La acción
de lavarse las manos transfiriendo las culpas al Sanedrín (de noble cepa
cinematográfica) y conociendo que era inocente, importan una vez más, una
transferencia de culpa hacia terceros por un deleznable acto propio; era Pilato
quien debía decidir, y así lo hizo, sobre la vida de Cristo. El psicópata
perverso nunca reconoce un sentimiento de culpa.
El perverso inteligente, disimula su
perversión bajo el manto de una aparente amabilidad, complacencia y simpatía,
pero siempre utiliza al otro como un instrumento. Pretendió ser un demócrata
complaciente y simpático, dando a elegir entre Barrabás y Cristo, cuando en
realidad tenía otras intenciones propias de su patología personal apremiada por
las exigencias de la función.
Por su condición de hombre de poder,
adunado a las molestias y gastos militares por haberse tenido que trasladar
desde Cesarea a Jerusalén por la Pascua, el signo que ofrecía la detención de
Barrabás por un homicidio de naturaleza sediciosa[9] y la particular
insistencia del Sanedrín respecto de una reyecía que él sabía que no existía,
conjeturamos que su conducta estaba dirigida a una cuestión muy diferente que
la de condenar o absolver a un rabí judío: quería saber si los acontecimientos
mostraban en profundidad las raíces de una traición de los sacerdotes y su
pueblo, dirigidas a borrar de Judea al imperio romano.
Herodes, que había decapitado a Juan, ahora le devolvía a Cristo sin hacer nada; acaso, en la mente de Pilato rondaba también la posible traición revolucionaria de aquel reyezuelo local.
Por tal motivo, adquiere verdadera
importancia una pregunta que le formula Pilato a Jesús, y que sólo recoge Juan
en el texto de su evangelio: ‘¿Qué es la verdad?’[10]; se la dirige a
continuación del pasaje en el cual se narra por parte del mismo evangelista,
la asunción por parte de Cristo de su reyecía sólo para dar testimonio de la
verdad. Pero Cristo no responde la pregunta, calla, y aun así Pilato lo exonera
de toda culpa. Sólo un filósofo o intelectual, pregunta y se pregunta por la
verdad, y Pilato no era ninguna de las dos cosas.
Es difícil suponer, debido a la
personalidad violenta del procónsul, que el interrogatorio en este punto, haya
estado dirigido a conocer alguna fórmula similar a la que elucubrara siglos más
tarde Isaac en Definitionibus[11]. Una pregunta de
esta naturaleza está reservada sólo a religiosos o filósofos y no a
gobernadores militares o burócratas administrativos, cuya única tarea era
recaudar impuestos y mantener la paz, ante un pueblo difícil. Posiblemente en el
ánimo de Pilato se haya configurado la fantasía de esperar que Cristo delate al
Sanedrín, en orden a algún plan revolucionario que barruntaba su paranoia. El
canalla cree que todos son de su misma condición.
El historiador de Alejandría no sólo
nos informa de los diferentes agravios que previamente había cometido Pilato
contra los habitantes de sus dominios políticos y su religión, sino también,
que la crucifixión de Cristo fue un episodio intermedio entre la expoliación de
los dineros del templo y múltiples alzamientos contra la corrupción de quienes
representaban al César. La gran rebelión siguió en fermento y estalló en los
años 60 d.c.
Con relación al procedimiento de
democracia directa que ensaya Pilato, Filón no registraba antecedentes de esta
naturaleza en el imperio, pues no han surgido evidencias que permitan asegurar
que haya sido una práctica habitual ofrecerle al pueblo, en días de fiesta, la
liberación de un detenido, a elegir entre otros tantos de la misma condición. Esta situación nos hace suponer distintas cuestiones: a) Pilato, fiel a su
personalidad perversa, lo utiliza por primera vez, en la idea de averiguar las
intenciones de los sacerdotes y de Herodes, y en orden a confirmar o descartar, la
vinculación que los mismos podrían haber tenido en el hecho del homicidio
sedicioso, por el cual había sido detenido Barrabás; b) en función de lo
expuesto en el punto anterior, Pilato sólo ofrece dos opciones: Barrabás o
Cristo; cuando en realidad, ese mismo día tenía por lo menos a otros dos detenidos,
a tal punto, que Cristo muere en el medio de dos ladrones. Si Pilato hubiese
ofrecido una opción de cuatro personas (Cristo, Barrabás y los dos
delincuentes), frente a la elección a voz alzada que hizo el Sanedrín por
Cristo, nunca podría haberse enterado que el Sanedrín quería salvar a Barrabás;
el gobernador, hubiera quedado envuelto en una duda. De todas formas, este
último aspecto también arroja incógnitas respecto de las intenciones de los
sacerdotes.
Ofreciendo una elección binaria, le
quedó claro a Pilato que se pretendía libre al homicida sedicioso y no al rabí
que había echado del templo a los mercaderes, cuestión esta última, muy poco
favorable a los intereses comerciales del templo. Había tensiones de poder
político y económico ajenas al Mesías.
Por otra parte, si el pueblo alentado por
los sacerdotes, hubiese optado por salvar a Cristo y condenar a Barrabás,
Pilato podría haber entendido que elegían esa opción, sólo con la idea de
disimular la participación que habían tenido en la preparación de hechos
sediciosos contra el imperio; hubiera importado desenmascarar la participación
religiosa en la inestabilidad de su mandato.
Este razonamiento nos conduce una vez
más, a analizar los motivos por los cuales invirtieron treinta monedas de plata
para pagarle a Judas; dijimos que no era necesario reconocerlo o identificar el
lugar donde predicaba o rezaba Cristo, debido a que la Jerusalén del siglo I,
una pequeña ciudad de Judea, permitía una fácil ubicación de su persona y
séquito. Y es en este aspecto del drama, donde debemos retomar a Nils Runeberg,
toda vez que ensaya la idea del ascetismo de Judas, que obrando con enorme
humildad, se habría creído indigno de ser bueno y optó por la delación para
buscar el infierno; interpretamos frente a estas expresiones, que el delator
aceptó el papel para que puedan cumplirse las escrituras y no por simple
codicia, tal como el mismo teólogo sugiere.
Ahora bien, de ser éste el caso, por
qué motivo habría tomado las treinta monedas de plata; conociendo de antemano
su papel, lo hubiera hecho en forma gratuita, sin recompensa alguna, tan sólo
para cumplir ascéticamente con las escrituras, y no agregar otro pesar en su
tránsito hacia un recuerdo histórico como el modelo de traidor[12]. Este supuesto
arreglo económico entre Judas y el Sanedrín, nos moviliza una vez más a
reflexiones que intentan superar el aspecto de la codicia, como el móvil de la
traición.
Una vez entregado su Señor al cuerpo
armado del Sanedrín, Judas devuelve el dinero y se suicida. Esta circunstancia
no alcanza por sí sola para mostrarnos un simple y tardío arrepentimiento por
la delación de su Dios ¿Se quita la vida y reintegra las monedas, tan sólo porque
Jesús había sido condenado?, ¿Qué otra cosa esperaba si la traición hubiera sido
su móvil?, es decir, ni siquiera llegó a saber de la resurrección como para
verificar que efectivamente era un Dios, y con ésto, advertir su gravísimo
error; sigue pareciendo muy torpe la idea de la codicia y se abre paso la
hipótesis de una supuesta utilización del Mesías como herramienta de
desestabilización del imperio.
Borges en su cuento ya citado, rescata
una idea de De Quincey, en orden a que el apóstol entrega a su maestro para
forzarlo a declarar su divinidad y encender una importante rebelión contra
Roma. Interpretamos que en este punto, pudo haber fincado la ingenuidad de
Judas; presionado por los sacerdotes del Sanedrín, acaso, inducido por la idea
de una definitiva instauración del reino en la tierra con la herramienta de la
sedición revolucionaria, Judas habría participado de la estrategia de los
sacerdotes para provocar una verdadera pueblada, más aún, porque los recientes
sucesos de la resurrección de Lázaro generaron una verdadera conmoción en el
pueblo israelita y una importante afluencia de seguidores a Jerusalén.
Aquéllo que Judas imaginó como una
congregación de acólitos de vastas proporciones desalojando a Roma de Judea, se
transformó en una situación donde hasta Pedro negó tres veces a su Amigo; por
designio divino había fracasado todo, y además, los sacerdotes tomaron
distancia de Cristo para alejarse de la idea de una revolución que hubiera sido
más intensa con Él a la cabeza, que con Barrabás como líder.
Debido a que Pilato había advertido que
existía un nuevo germen insurreccional, el Sanedrín arrastró al pueblo para
crucificar al inocente que habían pretendido manipular por la fuerza de su
predicamento, que era superior a la de un ladrón convertido en activista
revolucionario; esta última circunstancia, ha sido de reiterada verificación en
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Agradezco el seguimiento de ustedes, y seguiré publicando otras reflexiones en este mismo blog. Saludos cordiales.
Juan López de Rivero.
Maravilloso cuento, lo felicito
ResponderEliminarMuchas gracias, los comentarios ayudan a disfrutar la pasión de la escritura
ResponderEliminarQue exquisitez, lo leo, lo releo, y lo sigo haciendo y cada lectura me sigue sorprendiendo. Lo felicito y lo sigo en el blog esperando con ansias un nuevo cuento
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