Efraín Bermúdez había sido policía desde los dieciocho años, su jubilación estaba próxima y a lo largo de toda su carrera conoció las comisarías del interior de la provincia de Santa Fe, sin que nunca se lo hubiera asignado a dependencias más importantes en la capital.
Aquel 3 de febrero de 1965 era comisario de una pequeña localidad cercana a la ciudad de San Lorenzo, y tal como correspondía a la fecha, se dirigió a caballo con diez policías más, al histórico convento de San Carlos, con la reiterada finalidad de memorar la victoria Sanmartiniana frente a las tropas Realistas. En esas épocas, la policía utilizaba los equinos para recorrer potreros los días de barro y cada agente llevaba un sable para amainar humores exaltados, en general por efecto del alcohol; también lo empleaban para mejores destinos y era utilizado en forma ceremonial para rendir homenaje en la formación prevista, a la que asistían no sólo un grupo de Granaderos con una trompeta para tocar una diana de silencio, también lo hacían las autoridades civiles y las escuelas del distrito en un alarde de respeto diferenciado del resto del país, que sólo advertía la gesta de la fecha cuando algún panegírico recordaba al General. Tan sólo por la cercanía al terreno donde ocurrieron los sucesos, el evento era de orgullo local.
En representación del cuerpo docente hizo uso de la palabra Margarita Duprat de Suárez, veterana directora de una escuela cercana, también con fecha de jubilación prevista en algunos meses, quién dio lectura a un encendido discurso, y reavivó la flema patriótica de todos los presentes, incluyendo a los desordenados alumnos a los que siempre costaba mantenerlos en fila, tan solo para generar una especie de imitación de la recta disposición al combate de aquellos gloriosos hombres; como era de prever, el arrojo y la disciplina, fueron debidamente destacados en sus palabras.
Nada hacía presumir la alteración de la jornada que se había repetido por años. Tanto Bermúdez como Duprat, regresaron por sus medios al mismo y pequeño pueblo en el que vivían, alrededor del mediodía.
En las primeras horas de la tarde, el comisario dispuso el aseo de los caballos, la comida, y despachó a un sargento a entrevistarse con el presidente del club social y deportivo, para cumplir la rutina semanal de percibir un envío de dinero que le permitía sufragar gastos corrientes de la dependencia policial, tales como combustible, para la única Estanciera que poseían para patrullar las pocas calles asfaltadas, el mantenimiento del edificio policial y algún otro estipendio imprevisto, debido a que el gobierno central nunca enviaba fondos para tales emprendimientos. El comisario era un hombre honesto, pero se veía inmoralmente obligado a no aparecer por las instalaciones del club en aquellas noches en las que se juntaban los acaudalados comerciantes de la ciudad y algunos dueños de los campos vecinos, para armar un verdadero casino clandestino por fuera del circuito legal del juego oficial. En su esquema de pudor, se repetía a sí mismo y a quiénes lo rodeaban en la dependencia, que no había forma de hacer funcionar la seguridad del pueblo sin estos aportes, y por otro lado, interpretaba que era una especie de impuesto a la clandestinidad que el Estado nunca podría cobrar, y si no lo hacía, no había forma de enviar nafta o papel para la confección de los sumarios. Su vida en la fuerza, había atravesado sólo por esta clase de tribulaciones, puesto que los calabozos que habían estado bajo su custodia, apenas albergaban borrachos con alguna pelea nocturna, o bien, pocos pasadores clandestinos de quiniela, que a los fines de justificar la estadística de represión del juego de azar prohibido, una vez al mes llegaban a la comisaría y se dirigían al calabozo de contraventores, casi sin detenerse en la guardia, para alojarse por veinticuatro o cuarenta y ocho horas, debidamente asistidos con frazadas y comidas, por las dudas que el juez de turno hiciera una recorrida para controlar si se cumplían los arrestos dispuestos a estos fines. Los nombres se repetían en todas las infracciones y todo el pueblo sabía los cronogramas de encierro motu proprio. El testigo de las actas de las infracciones era siempre el almacenero de la esquina, porque la mayoría de los vecinos siempre jugaban algún numerito y se negaban a ser verdugos de estos servidores domiciliarios.
Mientras se encontraba realizando algún comentario respecto de sus expectativas jubilatorias, escuchó una fuerte explosión que provenía de un sector no muy lejano. Minutos después aparecieron tres vecinos, uno de ellos prácticamente sin ropa, porque se hallaba preparando la ceremonia de la siesta, para informarle que se produjo un estruendo en el domicilio de la directora Margarita Duprat de Suárez.
De inmediato se trasladaron al lugar, no sin antes avisar a los bomberos voluntarios por temor a que hubiese estallado una garrafa de la cocina. Al encontrarse frente a la puerta de la calle San Martín 332, observaron que la vivienda se hallaba cerrada por todas sus aberturas, no se advertía fuego, por lo que procedieron a tocar el timbre. Como nadie contestó a ese llamado, accionaron una aldaba de hierro con forma de mano en garra que descansaba contra la dura puerta de madera de pinotea, con la misma intención de que alguien les franqueara el paso.
Inútiles fueron los esfuerzos de la comisión por algunos minutos, y temiendo algo grave, pues se llegaba a ver algún desorden de muebles, decidieron irrumpir a través de una ventana que tenía un vidrio fácil de atravesar y que permitiría que el cuerpo de un policía pudiera ingresar para ver qué había ocurrido.
Consciente de su condición de jefe, se alistó el comisario Bermúdez para el liderazgo de la comisión. Era el más capacitado, de mayor experiencia, como para enfrentar la situación que fuera necesaria. Se halló con la mayor sorpresa de su vida profesional, cuando al llegar a la sala comedor de la vivienda, se encontró a la directora de escuela decúbito dorsal sobre un charco de sangre, y a unos pocos centímetros de su cuerpo, una pistola que hacía suponer que había sido disparada contra la querida maestra.
Por lo que había escuchado de sus colegas de la capital y en sus cursos de capacitación, sabía que no debía tocar nada, preservar la escena frente al inexorable óbito, era su única tarea a partir de ese momento; observó el rictus de la muerte violenta en el gesto final de Margarita, que tantas veces había visto sólo en las fotos de los libros de medicina legal, y comprendió que era innecesario el concurso de una ambulancia. No obstante, llamó al hospital para requerir un médico, a la espera de un eventual regreso del esposo y con la idea de sobrellevar una posible descompensación del mismo. El matrimonio era muy querido por diversos motivos; ella, había visto pasar por sus aulas a abuelos, hijos y nietos, en tanto que él, toda su vida había oficiado de agente inmobiliario, seguro, solvente, y no hubo compraventa de propiedades en la que no hubiera intervenido, siempre con algún descuento en sus comisiones.
Salió de allí por el mismo lugar que había entrado, comentó a sus subordinados y a los vecinos el panorama con el que se había hallado y se dirigió de inmediato a su asiento natural con la idea de convocar, mediante el equipo de radio de frecuencia policial, a los grupos especializados de la institución para que se hicieran cargo de las primeras experticias y produjeran los informes de estilo. Como al pasar, preguntó a los tres vecinos que habían ido a dar la noticia, si habían visto salir o entrar a alguien del lugar o si conocían el paradero de Nicanor Suárez, cónyuge legal de Margarita, y todos ellos le contestaron que nadie había visto nada. Sólo uno de ellos, mencionó que ambos se habían ido de la mano con una cesta, caminando, alrededor del mediodía y en dirección al río.
Dos horas después, los especialistas y médicos tanatólogos, peritos de rastros y otros agentes de la policía criminalística, todo lo midieron, todo lo fotografiaron y todo lo infirieron. El arma estaba disparada, claramente se veía una herida de bala en la región occipital izquierda de su rostro, la sangre le pertenecía, por efecto gravitatorio, al cuerpo inerte; no advirtieron ninguna puerta vulnerada, por el contrario, se encontraban las llaves de ingreso en una mesita al costado de un armario, en sus pies, tenía puestas unas pantuflas de Nicanor con restos de sangre en las suelas que habían dejado una impronta de arrastre por allí y por acá; la pistola calibre 9 mm estaba registrada a nombre de su marido, y para rematar, habiendo transcurrido más de cinco horas, y aquél no fue hallado por ninguna parte. El informe final rezaba una fórmula habitual en estos casos: ‘generalmente los suicidas dejan una carta y aquí no se halló nada escrito’; se consignaba a título de hipótesis, que el homicida, luego de haber pisado con sus pantuflas el lugar del hecho, se las había colocado al cadáver para no dejar rastros de su curso de salida, huyendo de allí con un calzado limpio.
Se convenció el comisario, que además la recordaba de una mañana exultante y patriótica, sin signos de depresión alguna, y el comisario convenció al fiscal y este al juez, y a todos los medios de prensa, que el criminal había huido luego de haber cometido un homicidio calificado por el vínculo. Nicanor Suárez, pasó a ser el chacal de la república, se insertó su nombre en la lista de personas buscadas esa misma noche, no apareció nunca más por el pueblo, se avisó a migraciones y a Interpol para que se lo encuentre más allá de las fronteras.
El comisario Bermúdez juró que no se jubilaría hasta tenerlo entre rejas. Había sido el primer hecho importante que le había tocado de cerca en su carrera, debido a que la mayoría de sus intervenciones anteriores estaban vinculadas a pequeñas reyertas de boliche con algún puntazo entre los parroquianos, o bien, los arrogantes accidentes de ruta, debido a lo angosto que eran las cintas asfálticas; algún paisano, de tanto en tanto, se ahorcaba por penas de amor, bajo un árbol. Él, y el pueblo, quedaron conmovidos y su orgullo profesional le puso proa al homicida. Se metió en los pantanos más complejos y en los islotes más peligrosos del Paraná, paró a cuanto vehículo pasaba por la ruta y a todos les hacía abrir el baúl para verificar que Suárez no viajara escondido, mandó a sus hombres a patrullar los campos y hasta pidió una orden de allanamiento para revisar el domicilio de unos parientes del prófugo que habitaban a la salida del pueblo. La frustración fue su desayuno cotidiano durante algunos años; pidió no ser relevado de su puesto y le consintieron la neurosis.
Esa mañana de verano, luego del acto en el convento, Margarita regresó a casa y me invitó a pasear por la costanera; había preparado la canasta de siempre, mate, bizcochos, algún cojín para sentarnos, y realizar una ceremonia habitual y amorosa de nuestro matrimonio, en las tardes interminables del estío, debajo de la sombra de la ribera del río grande. Siempre nos habíamos llevado muy bien, pero nunca pudo superar mi imposibilidad de tener hijos, debido a una patada que recibí en un testículo durante el trámite de un partido de fútbol entre amigos, que me dejó estéril. Me amaba, pero también amaba la infancia y de allí su vocación docente; siempre vivió agobiada por su frustrada maternidad. Esa tarde traté de contener su llanto de la misma forma que tantas veces lo había hecho, pero por algún motivo que desconozco, sacó el arma de la canasta, para mi sorpresa, me disparó a la cabeza y caí inconsciente al agua sobre un camalote de los tantos que pasaban por el río en épocas de lluvias abundantes y navegaban hacia su desembocadura; era un grupo grande de plantas duras entretejidas por las raíces y los estolones horizontales del tamaño de una pequeña isla, capaces de soportar mi cuerpo, sin conocimiento ni reacción.
Me arrastró la corriente zaina durante horas o días, no podría saberlo. Por un movimiento instintivo, cuando vi que me apuntó con el arma, corrí la cabeza y el proyectil alcanzó a rozarme en lugar de penetrar en mi cráneo; pude despertar, gracias a que el recorrido de la bala, sólo me había atontado, por suerte o desgracia, generando una herida superficial que evitó en esa zona del cuerpo una muerte segura. Las condiciones del verano hicieron el resto y logré sobrevivir a una precoz hipotermia. Mi camilla flotante terminó atracando casi por su propia deriva en una isla cercana a la ciudad de San Nicolás, aguas abajo. Me recogió una familia de pescadores que vivían sin luz eléctrica, no tenían heladera, radio ni televisor, y se hallaban prácticamente aislados del mundo. Comencé a ayudarlos en artes y tareas de pesca, mientras me recuperaba y trataba de entender lo que había sucedido; a los pocos días, estando mejor de salud, me ofrecí a cruzar a la ciudad para comprar algunos víveres que necesitaba la familia; mascullaba una y otra vez, acerca de los motivos de aquella agresión y nunca se me hubiera ocurrido suponer que tenía un amante. Leí, al pasar por un kiosco de diarios, que me había transformado en el hombre más buscado del país, luego de un supuesto homicidio de mi esposa; advertí que aquéllo había sido un seguro suicidio, posterior a mi caída en el río, al estilo de un pacto de sangre unilateral que yo nunca habría consentido; debe haber creído que caí muerto, pensé.
Retorné de inmediato a los remos del bote, atado a un árbol en la rivera, tratando de imaginar cuál sería mi vida futura ante una conclusión semejante por parte de las autoridades y la consiguiente presión de la opinión pública. Preferí que el olvido empañara el dolor por lo que había hecho mi esposa, en lugar de tratar de aclarar las cosas desde una cárcel hostil. Era una forma de perdonarla.
Han pasado casi cinco años de aquellos sucesos y no sólo estuve prisionero de mis recuerdos, pues a mi modo, también estuve privado de la libertad, en una isla sin ninguna clase de comodidades, trabajando anónimamente como ayudante de aquella familia de pescadores que me conocía como Eulogio, sin apellido, no eran de hacer preguntas vanas. Recordaba con dolor todo lo que había perdido.
Como era de suponer llegó el inexorable día de mi decrepitud; por la mañana comencé a sentir fuertes dolores de estómago, y aun frente a mi negativa, el afecto que me había tomado la familia de Rudecindo Álvarez, hizo que me cargaran en un bote y me trasladaran trabajosamente hasta el hospital de San Nicolás; yo, sangrando por la boca; ellos, remando a contracorriente de una sudestada. Desconozco bajo qué nombre me ingresaron, porque nunca les mencioné mi identidad verdadera, pero la obligación médica se impuso a los detalles administrativos, intentaron salvarme la vida, entré en una agonía final y fui humillado por un cáncer avanzado.
Cuando advertí que el señor internado había fallecido, le pregunté a la gente que lo trajo al hospital, si conocían a sus familiares y me respondieron que no. En estos casos, se nos aconsejaba llamar a la policía para que lo identifiquen por sus huellas dactilares; al día siguiente apareció un comisario de apellido Bermúdez, mencionándome que quería ver el cuerpo del sujeto; fueron sus palabras, duras, igual que su rígido e insobornable aspecto de veterano investigador, cuestión a la que accedí. Estuvo algunos minutos en la morgue y al salir me preguntó si pude conversar con esta persona o sabía dónde vivía.
Lo único que respondí, es que yo lo había asistido como enfermera de guardia durante una agonía de cuatro días, bajo los efectos de calmantes con morfina, que no tenía ninguna otra información para darle, y que sólo había escuchado que reiteradamente balbuceaba de día y de noche: “yo no fui, siempre la amé “.
Bermúdez salió del lugar con lágrimas
en los ojos, tras advertir una importante cicatriz en la cabeza del muerto. En
horas de la tarde colgó su uniforme en un ropero.