El manuscrito no es ilegible, pero estaba traspapelado, imprudente forma del olvido.
Le
fue dado todo el poder porque la tarea no era fácil, debido a su condición de
primer Tlatoani de Technotitlan; no lo sabía, pero su vida encerraba una
paradoja pues tenía el raro destino de Moisés, y debía conducir a su pueblo
desde los territorios del Aztlán hacia un centro político y religioso que
permitió el traslado de los Mexicas, por exigencias insólitas del rey Atzcapotzalco, debían marcharse
hacia otras tierras. La ciudad era sólo una isla, pero tuvo la visión de
construir jardines flotantes para desarrollar la agricultura y alimentar a su
gente.
No
tuvo más opción que conocer las formas de las divinidades del poder, para mirarse
a sí mismo, y definir el destino de todos entre la siembra, la navegación
lacustre y la guerra.
El
palacio superaba en mucho en suntuosidad, a las rústicas casuchas de piedra de
su gente, y se transformaría en el universo posible de sus decisiones; la soledad
del poder lo fue arrastrando a un ciclo interminable de opciones, que no sólo
reflejaban su imagen, también, las múltiples vidas que pudo haber llevado por
los múltiples beneficios o perjuicios que ocasionaría a los que vivían en los
cuatro barrios del pantano. El arduo destino de toda la comunidad estaba entre
sus manos, así como las incomprensibles ocasiones del futuro.
No
contaba con los recursos actuales de la ciencia, y a unos pocos hombres de
confianza relativa se les permitía la promiscua hechicería de sus opiniones.
Todo ayudaba a crear un mundo en el cual se mezclaban las ficciones de los
sueños, los espejos de la idolatría y los laberintos del poder; su única sabiduría
estaba reducida a estas promiscuas iniciativas.
Existía
una doctrina general de los sueños que simbolizaban la opinión de los dioses
sobre los problemas a resolver; cuando dormía y veía la muerte de un animal,
ofrecía el sacrificio humano para obtener un voluble fin buscado; cuando
transitaba por el túnel que conducía hacia la galería de plata que nunca
hallaron los conquistadores, esperaba reflejarse en ella como un guerrero
victorioso o en derrota, según los humores del peyote; al entrar y salir de los
corredores de plata, se encontraba con senderos convergentes y divergentes que
le impedían transitar en forma sencilla, y que habían sido diseñados así, para
que los intrusos no se lleven el precioso metal.
Su
existencia de divinidad transcurría en ese pequeño cielo que le había sido
deparado y que no podía compartir con nadie, salvo el contacto con las veinte
esposas que le suministraron los veinte jefes principales de los Mexicas para
las habitaciones del palacio; sus hijos prolongarían el linaje hasta el
definitivo derrotado: Cuauhtémoc.
Los
primeros años de su reinado fueron prolíficos ordenando a los arquitectos
constructores la disposición de la nueva ciudad, conectada a tierra firme por
tres amplias calzadas. Cada una de ellas contaba con puentes de madera que
podían ser retirados en caso de ataque o inundación; una vez terminadas las
obras religiosas y civiles, comenzó a notar el hastío del poder; intentó
imaginar un mecanismo para tomar decisiones de una forma simple y la tarea se
le volvió imposible.
Los
augurios de los sueños no le informaban demasiado y la reiteración de los
sacrificios humanos, le dejaban percibir que existía un fuerte descontento ante
las inmolaciones de la sangre; llegó el momento en el que debía verse en los
reflejos de la galería de plata para intentar reconocerse como el guerrero
virtuoso y condescendiente con su pueblo que siempre había querido ser, pero
los laberintos le impedían una y otra vez, llegar con facilidad al núcleo
argentífero del palacio para reflexionar frente a su imagen espectral y algo
deformada, pero una imagen de espejo, al fin y al cabo.
Los
años posteriores lo llevaron a encontrarse en aquellas galerías laberínticas
con imágenes o figuras de los sacerdotes que habían influido en su vida,
ancianos que contaban escenas de su pueblo y siempre le advertían sobre la
ambición desmedida. Nunca supo que persistían allí, debido a la conservación
que le prodigaban los extraños gases del lugar, originados en su escasa ventilación;
la falta de oxígeno provocaba la aparición de aquellos espectros. Cada
encuentro ofrecía una lección en la que se demoraba y le insumía un tiempo que
lo alejaba una y otra vez del destino común.
En
algún momento se topó no sólo frente a los caminos divergentes en aquellos
túneles subterráneos, también, al llegar a la galería de plata de los espejos
se veía vestido con traje de guerrero o con traje de sacerdote, imaginando así
que debía optar entre la guerra o la paz. Cuando volvía a salir de la galería y
frente al nuevo laberinto, interpretaba que todas aquellas posibilidades
consistían en un solo momento y que su vida era un reflejo de las decisiones
colectivas de su pueblo o la suma de las vidas de sus ancestros. Comprendía que,
aunque el destino pudiera parecer predeterminado siempre había un espacio para
la elección, que es la obrera del éxito o la frustración.
Terminó
convirtiéndose en un símbolo de la multiplicidad de la existencia,
interpretando que el existir no era más que el cúmulo de las infinitas
posibilidades que lo rodeaban y la sucesión de los linajes que moraban en sus
venas. La vida de los otros, el acierto o el yerro de sus decisiones, las
circunstancias o los empeños.
La
noticia llevaba la firma de un tal Borges.