Etiquetas

09 abril 2024

Una posible vindicación de Juanito.


    Juanito Gamallo tenía 58 años en 1924. Vino al mundo en la calle de los Dolores 3, Padrón, provincia de la Coruña, en la propiedad familiar que siempre ocupó. Por faena del destino decidió viajar a Buenos Aires en aquel año, a modo de conclusión de un sostenido esfuerzo que había hecho toda la familia. Tiempo atrás habían decidido con su mujer, enviar a todos sus hijos a América, de dos en dos, porque estaban abiertas las heridas de la guerra de Filipinas y temían lo peor: un nuevo reclutamiento; los primeros fueron los mayores, y así, escalaron la aventura, hasta el turno de Carmen y las dos últimas hijas menores, que embarcaron con Juanito; diré tan solo para el placer de los calculistas, que el matrimonio había concebido un total de 22 vástagos, pero sólo 15 participaron del emprendimiento, debido a que el resto falleció por cuestiones propias de la humilde medicina de la época. 

    Mientras transitaban en carreta los caminos ripiosos y polvorientos que los depositaron en el muelle de embarque, aquel padre fue repasando con silenciosa melancolía los hórreos de cámara rectangular y rusticidad pétrea, ese testimonio arquitectónico celta provisto de ásperas columnas y difundidos por las cantigas de Santa María; el verde húmedo de los prados, los encuentros con los caminantes hacia la tumba del Apóstol, las vides que sombreaban las estrechas sendas, el humo de las chimeneas de las piedras apiladas formando villorrios; la paciencia de los burros en la tarea del segado de pasto en las montañas, caminando entre cabras, pavos, alguna vaca, y los compasivos cementerios de la campiña; pasaron un valle tras otro, hasta hundirse los viajeros en la ría grande del puerto. 

    El barco zarpó de Vigo, pero las dos pesetas que ganaba por jornada como platero en la catedral de Santiago de Compostela, nunca hubieran alcanzado para costear los gastos de cuatro pasajes en la última clase del vapor Formose. Sólo las remesas de dinero de los hijos mayores y la venta de la única propiedad, macilenta por el número de habitantes que se habían calentado en derredor de su fogón durante más de cincuenta inviernos, dieron lugar al traslado final, que se creía auspicioso y definitivo; sobre las piedras de esa casa quedó el vestigio de las pobres dietas de varias generaciones. El viaje no fue distinto al de otros emigrantes, incómodo por los vómitos de los primeros días y el apilamiento en un sector del buque privado de comodidades, sólo era sobrellevado por el recuento de la abundancia que informaban las cartas de los hijos mayores. La Argentina era tierra de ofrecimientos. Y así fue; aquellos que los precedieron fueron trabajando sin problemas.

    Cuando desembarcó en la capital del Plata, le bastaron pocos días para advertir que no le sentaba el aire pegajoso y afiebrado de las sudestadas del invierno, el bochornoso y agobiante verano austral; no le sentaba la falta de montañas, un río que no era su mar, y una dieta que excluía el aceite de oliva, el rioja y el pan de masa madre en el horno de leña doméstico con entrepernado de jamón ibérico. Carmen tampoco le sentaba demasiado; luego de haber parido tantos hijos, y a causa de un carácter demasiado duro, ajeno a las sutilezas del canon matrimonial de estilo para la época; muchas órdenes y poca obediencia. 

    Se volvió solo a España, quedando toda su familia en el exilio de su afecto, y barruntando para sus insomnios, los motivos de la desnaturalizada decisión. Por aquellos años, la psicología no era una ciencia, y en la distancia del tiempo y por el albur de las suposiciones, sólo cabía vaticinar que había dejado algún amor prohibido, acaso con más hijos, en la Galicia que sangraba migrantes, con la ayuda de su oficio que lo llevaba a vagar, cincelando las iglesias gallegas; los benignos, especularon con que le faltaba el pulpo a feira, los chorizos con cachelos, el cocido gallego, la orella o las xoubas. Sus hijos poco hablaron de la cuestión y lo imaginaron trabajando nuevamente en la grandiosa catedral, formando un nuevo hogar o prolongando uno anterior, sin deseos ni expectativas de volver a verlo, debido al siempre inoportuno abandono. 

    La historia, de allí en más, le dejó reservado en la familia el sitio de los canallas, de los gitanillos vividores y saltimbanquis que van de pueblo en pueblo labrando plata, engañando y embarazando mujeres para que se entretengan en sus ausencias de circo errante; un hogar aquí, otro por allá, y el padre siempre con excusas de trabajo, distancias, desparramando genes para huir de la rutina policial hogareña; nada más se supo de él. 

    Tengo ante mí, una carta de 1928 firmada por Juanito, y que hallé en manos de un anticuario y coleccionista de sellos postales en la calle José Gómez Posada Curros 10, Vigo, y que la había guardado para darle justicia en algún siglo, a alguna historia familiar; se puede leer en aquel papel con trabajosa caligrafía y que nunca llegó a enviarse: “… Dígovos que despois do meu regreso confirmouse a miña sospeita; padecía unha tuberculose que me impedía respirar alí o aire; volvín ao aire dos montes de Padrón, agardando a miña morte; esta é a miña terra... os meus fillos están a salvo de calquera guerra…”.

Se desconoce la fecha y el lugar de su muerte.


Acamapichtli

  El manuscrito no es ilegible, pero estaba traspapelado, imprudente forma del olvido. Le fue dado todo el poder porque la tarea no era fá...