El fausto de puntualidad ferroviaria hizo que el
tren partiera a las 14.12 del lunes, tal como estaba anunciado. Por años se
había reclamado el regreso de un servicio que tuvo su prestigio, y que el
síndrome del cangrejo argentino descartó, contra la opinión mundial que cultivaba
la necesidad de su mantenimiento y el progreso tecnológico de sus velocidades y
prestaciones.
Con coches reacondicionados y
vetustos, propios de la Europa de posguerra y que no superan los 90 km/h, se
subieron esa tarde con la alegría de saber que había un viaje posible, sereno,
con baños limpios y un comedor para distender músculos en el tránsito hacia un
café con leche y dos medialunas. Los hombres evitarían los salpicones de los
vaivenes de los baños de los ómnibus en las rutas, al colocarse de pie, frente
al bamboleante excusado.
Pedro Aguado recordaba episodios de su infancia,
viajando en servicios de lujo hacia Mendoza y Mar del Plata con cine abordo, y
le bastaba conformarse con este recuerdo del pasado, para mascullar que en un
presente distante de lo suntuoso, cuando menos se dejaba advertir alguna clase
de promesa para mejorar en tiempos venideros; vio a los empleados del ferrocarril
con saco y corbata, controlando boletos e informando a los pasajeros la
obligatoriedad de no tirar papel en el inodoro, para evitar la clausura del
artefacto aliviador de desechos; los escuchó impartir generosas recomendaciones
acerca del uso de auriculares, para no molestar a otros; los niños impactados
por el viaje a emprender en aquel grande de metal, imitaban con sus voces el
sonido de las bocinas de la locomotora cuando atraviesan un paso a nivel,
sorprendidos y expectantes; un piélago de gente buscando su asiento para
ubicarse y portando mochilas y bolsos de mano, trasladaba la mitad de sus
hogares. Se acomodó frente a una de las generosas ventanillas que le
permitirían disfrutar del campo, el sereno ingreso a las estaciones de
construcción decimonónica inglesa del recorrido, con andenes somnolientos,
perros sorprendidos y respetuosos del paso del monstruo acerado.
Antes de partir, se había desplegado sobre las
pequeñas mesas una parafernalia de mates, termos y celulares. Estos últimos
encabezaban la lista de adminículos personales; eran portados con un torpe
orgullo, como lanzas predispuestas a la batalla en las guerras de la
independencia. Más tarde, Pedro se dio cuenta que el combate era verdadero: el
enemigo era la especie humana.
Los rostros de los pasajeros tornaron en una
presencia de ausencia, similar a la de los muertos, se fueron adhiriendo a las
pantallas con gestos de insobornables inteligentes y rictus satisfechos por la
pasión de ignorar todo lo que los rodeaba, menos el teléfono; cautivados por un
imperio de la información propia -ya se verá- y ajena, que los hace creer
libres y cosmopolitas, cuando en realidad son cautivos de la supresión del
pensamiento. Una oferta y demanda de naderías que cambia la observación de la
realidad y nos digitaliza la vida en el medio de promociones de viajes a
Cancún, aun para quienes apenas pueden pagar un subvencionado billete de tren.
Pedro me contó estas preocupaciones, a partir del primer episodio que presenció,
y lo llevó a un cúmulo de cuestionamientos que pudimos compartir durante una tarde
posterior al viaje.
Una señora de más de setenta años, según sus
cálculos de sospecha etaria, sentada en diagonal a su asiento, una vez que se
ubicó en el mismo, tras confundir su número de plaza por falta de observación
de la realidad-cartel, desplegó su mate, tres alfajores, un paquete de
galletitas y una tableta electrónica para ver películas; dio inicio de
inmediato a una alborozada transmisión de mensajes orales por celular, a siete
parientes, reiterando siempre el mismo contenido: “¡qué
alegría!...acabo de conseguir un pasaje para llegar a la operación de mi nieta;
le descubrieron un pequeño tumor en su costado izquierdo, y viajo para ayudar a
mi hija, aunque sea a cocinar, viste”. Reiteró una y otra vez la
declamación de sus preocupaciones familiares, y luego, escuchó en alta voz las
siete respuestas de similar y ubicuo formato conmiserativo que recibió de
inmediato. Era indudable que había interpretado la solicitud del uso de auriculares,
sólo como una sugerencia, y no como una exhortación.
Compartimos con Pedro la siguiente reflexión. La alegría de la señora no se debía al hecho
de realizar el viaje para seguir de cerca el lance quirúrgico de inminente
comienzo; tampoco porque podría prestar alguna clase de ayuda en el momento de
la controlada atribulación familiar por causa de la salud de la niña. Estaba
contenta porque había conseguido un pasaje en tren. Aquéllo que suele ser un
trámite normal, y hasta de último momento, en países de economías ordenadas,
entre nosotros se convierte en una desventura cotidiana, debido a que en lugar
de invertir para colocar más servicios que satisfagan la demanda de estos
billetes, se somete a los usuarios a un galimatías propio de una ecuación
algebraica, al sólo efecto de adquirir un derecho de viaje, por unos cuatrocientos
kilómetros. La abuela se había parado al lado de la ventanilla de ventas, y
veinte minutos antes de la partida de la formación, pudo adquirir un billete
que devolvió otro pasajero; fue lo primero que había transmitido a su hija,
desde el kilómetro cero del recorrido descendente.
Seis pueblos más adelante, se suspendió la
operación de la nieta porque llegó al quirófano y no le encontraron el
tumorcito; se había ido para adentro, según las literales palabras de quien la
mantenía al tanto del episodio hospitalario.
La preocupada señora insistió con frustrar otra vez
el intento de siesta erguida de Pedro. En esta segunda ocasión, repitió las
siguientes comunicaciones orales de idéntico contenido, anunciando la operatio
interruptus, agregando a cada uno de ellas “se escucharon nuestras
oraciones, yo sabía, se le fue para adentro, tendrán que buscarlo ahora”.
La comunicación pública de ida y vuelta de la pasajera duró no menos de tres
horas, en tanto que comenzaron a agotarse las cargas de las baterías de otros
concurrentes que también emitían mensajes orales más discretos, pero obstinados;
nadie se rendía. Algunos exhibían un segundo celular y otros los enchufaron en
los centros de carga del tren. Omitiré los detalles del noviazgo de la
divorciada que tenía a su lado mi amigo, porque se alternaban con la cirugía de
la locuaz señora de enfrente y el recatado lamento del joven de atrás, por no
haber aprobado anatomía en la facultad de medicina, y en definitiva, Pedro pudo
haber confundido minucias informativas por lo simultáneo de la murmuración
ensordecedora de aquellas congojas. No quedó intimidad por escucharse.
En la mesa del sereno café ubicado en Berutti y
Austria, en diálogo cara a cara, compartimos algunas meditaciones que han
perdido su autoría, producto de la espontánea y amical conversación.
A través de la amplia ventanilla, mi amigo vio cómo
se acumulaban palmo a palmo, kilómetros enteros de vacas, caballos, ovejas,
chacras, los indiferentes silencios de los alambrados de la llanura bonaerense
y sus posibilidades de serena observación, que invitaban a una pausa de la
rutina; sobre las cosas transita la inteligencia porque ellas la estimulan, a
través de la reacción visual que provocan. Al evitarse la activación de los
sistemas neuronales que dan vida a las ideas en el hombre, se ignoran sus
principios, y con ésto, el ordo amoris que mencionaba San
Agustín, mediante el cual se administra la intensidad de los afectos que se le
otorga a cada objeto, según su importancia y el grado de amor que le
corresponde; sólo el objeto (aquéllo que está enfrente), puede ser materia de
conocimiento y sensibilidad de parte del sujeto. Incluido el sujeto mismo.
No cabe duda que para el informatus sapiens,
las cosas no están en la realidad de lo cercano; habita en la nube imaginaria
que le lleva la mirada a una pantalla y le impide ver al costado o al frente,
al otro o a los otros. Aun en los mecanismos de educación formal sería
imposible sostener a un niño durante horas prestando atención a un maestro, sin
concederle un recreo; sin embargo, el mismo púber o sus padres podrán estar
igual o más tiempo, soldados al mundo digital como verdaderas víctimas de la
anestesia electrónica moderna, sin que adviertan la necesidad de ir al baño.
Vivir en el mundo virtual deriva en una innecesaria
acumulación de datos que hacen las veces de una enorme biblioteca, cuyos libros
apenas se conocen por sus portadas, desaparece la razón y gana espacio la
ausencia de recuerdos en la especie humana; la máquina y la nube pasan a ser
exclusivas propietarias de la inteligencia -artificial- y la memoria, y ésto
suprime una vez más, el pensamiento. Pedro barruntó que sólo progresarán en la
competitiva sociedad moderna, aquéllos que sepan distinguir que tales
adminículos son un medio y no un fin en sí mismo. Concedo que podría tener
razón; el resto dedicará su tiempo a reclamar derechos de consumo.
Si el hombre no controla la ansiedad de las ofertas
electrónicas que le dispensan sus aparatos, se ve incentivado hacia viajes
oníricos que lo llevan a lugares lejanos, pequeñas y sintéticas historias
intrascendentes mediante imágenes de otros, a vivir sensaciones o mundologías
que no le son propias, en síntesis, a auscultar un presente efímero que lo deja
sin futuro. Al perder la noción de pensamiento propio, se pierde la idea del
recuerdo, y con ésto, queda desprendido de los afectos, alejándose de lo real.
Lo real es reemplazado por la noticia lejana y nos
lleva a sustituir la verdad por el comentario, a veces inexacto y
malintencionado, sobre un hecho determinado pero ajeno. La primicia -forma retórica
de la ansiedad periodística- por apresurada, en ocasiones suprime parte de la
verdad.
A medida que avanzaba su tren, mi amigo seguía
confrontando los dos paradigmas que observaba: por su ventanilla transitaba la
vida; el sol de invierno apenas medrando las huertas de hortalizas de temporada,
apoyaba su efímero calor sobre las boinas vascas de los paisanos que cuidaban
la hacienda montados en sus caballos, que sentían el frío en sus caras y
conocían la escarcha de las seis de la mañana, porque la baja temperatura era
mucho más que un numerito en la pantalla del teléfono. En el interior del tren,
un espectáculo circense de negadores de todo aquéllo que se veía afuera, deudores
para siempre de una caminata por el campo, del sabor de un litro de leche
recién obtenido en alguna de las vacas que pastaban en la perpetua pampa;
conocerían todo por fotos, mensajes de corta duración, reiteradas mojigaterías
instantáneas, olvidables desde el mismo momento en que se emiten.
Pedro miraba hacia el campo en un intento de abstracción
de aquella escena, y advirtió a lo largo del trayecto que hasta los animales
tornaban la vista sorprendidos por el paso del tren, ellos entendían que en el
mundo había cosas para ver, diferentes de su especie, con la que conviven todos
los días en el medio de los pastos. Por el contrario, a las personas no le
llamaba la atención aquel cosmos original que se destilaba por el flanco de las
vías, y hasta hace poco tiempo pagaban entradas para verlos en los vetustos
zoológicos; ignoraban que el pasaje adquirido para el viaje, además del
traslado, incluía una apreciada platea al espectáculo de la naturaleza.
La denominada inteligencia artificial los dotará de
celeridad para el espasmo neuronal, terminará anulando el pensamiento, elegirá el
algoritmo y no el hombre, y los buscadores seguirán actuando subrepticiamente
como agentes a sueldo de gobiernos totalitarios que se asignan la libertad de
elección de los contenidos bajo un mandamiento comercial. Los esclavos de la
Roma Cesárea han mutado en autoesclavos.
La especie humana ya se confundió cuando bajó a la
tierra el edén prometido en la Biblia, para convertirlo primero en el
milenarismo del mercado (homo economicus), luego en la cosmovisión de la dictadura del proletariado con su
utópico paraíso terrenal al final de la historia (homo faber) y ahora ha
quedado atrapada como el homo ludens, desorientada en el mundo
digital y despreciando su propia inteligencia, regalando su intimidad al
atormentar a sus ocasionales vecinos de ruta con historias sin ningún interés
para otros. Algunos personajes despreciables, ocultan su identidad y crean
perfiles anónimos para atacar a otros, cuestión que los convierte en verdaderos
canallas, porque ésto en el barrio no se hacía, por temor a la segura réplica
de la trompada ajusticiadora del agraviado; se esconden en la trinchera de una
pantalla cobarde y lejana.
Algunos conocen a sus hijos sólo por las cuantiosas
fotos de las vacaciones y las ofrecen en las redes sociales para que pasen a
integrar la colección que anida en los ordenadores de los enfermos pedófilos,
que en nada se interesan por saber si estás en una playita con la nena de tres
años porque sólo buscan la foto de la nena; el homo sapiens en etapa de
rendición.
Por años, los doctores de la ley trataron de
decodificar en los Libros Sagrados dónde se ubicó el edén de la tragedia
inicial. Los estudiosos de la Torá hicieron mil alquimias con los números, pero
todo fue ineficaz: ni rastros de los frutos prohibidos. Isaías Hurwitz, uno de
los más sabios cabalistas del siglo XVII, buscó la puerta del cielo (Sa’ar
Hassamayin); resulta por demás curioso, que las recientes generaciones crean
que la han hallado en una pequeña pantalla.
Pedro también recordó una curiosa observación de
Umberto Eco, en orden a una paradojal relación entre el software y la
entidad a la que se le llama alma, toda
vez que el mundo de la electrónica transfiere mensajes de un lugar a otro sin
perder sus características, y sobreviven como un inmaterial algoritmo cuando
abandonan un teléfono y se trasladan hacia una computadora, recordando
imágenes, recados, es decir, conservando sus propiedades originarias; por esta
vía explicaba la posibilidad de la muerte y la resurrección -aun si decirlo
explícitamente-, debido a la conservación en algún lugar del algoritmo
intangible del alma, que luego de la desaparición física, permitiera su
reproducción exacta. Con el recuerdo del filólogo italiano, Pedro sugería, que
esa paradoja invitaría a pensar que existe el Espíritu Santo, toda vez que
hasta la palabra ghost fue utilizada por la informática en sus primeros
tiempos, y mediando esta tecnología, resulta sencillo escribir en español con
el programa adecuado, y efectuar una traducción simultánea a múltiples idiomas.
Todo ello, mediante una interminable e
incomprensible combinación de numeritos binarios. Claro está, que una
sugerencia de esta naturaleza, nos llevaría a pensar que la humanidad se ha
vuelto religiosa sin saberlo, por la Gracia de aquel miembro de la Trinidad, y
en función de lo expuesto, se manifiestan sus dones, tales como el de hablar todas las lenguas y la ubicuidad
universal. Nos propusimos dejar esta cuestión para los estudiosos de la
metafísica o la informática.
Mi amigo tuvo ocasión de leer estas líneas sobre
los hechos que provocaron sus preocupaciones y las mías. Se limitó a comentarme
que no compartía el epígrafe que le asigné, porque los trenes mantienen
un logos, una lógica mecánica y autómata pero inteligente, que los
lleva en general, a no abandonar las vías por causa de distracciones banales, y
así nos trasladan de un lugar a otro; es el hombre quien pareciera estar
perdiendo su camino de hierro: pensar y mantenerse en una individualidad
decorosa, en tanto integrante de una comunidad que debiera superar las
conductas imitativas de los simios y el parloteo torpe de los loros.
Tenía razón en orden al título de mi comunicación,
pero en el preciso momento de editarla me distraje con un llamado entrante del
celular, y olvidé cambiarlo.
No dejo de pensar en los reiterados mensajes de la
señora que había orado y transmitido el motivo de sus plegarias por el ghost
de su teléfono ¿habrá sido escuchada por Alguien, y se produjo el milagro
de la desaparición del tumorcito de la nieta?