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15 noviembre 2024

Un pensador español del siglo XVI

 

Conoció el coraje, la excomunión y tres estancias en la cárcel por deudas, circunstancias comunes en aquellos tiempos. Navegó pelea en combate importante y en alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros -atestó-; pero bastaba la muerte del valiente comandante que luchaba junto a sus tropas, para que sus soldados quedaran olvidados hasta una nueva guerra, si es que conservaban alguna aptitud física.

Eran comunes las heridas mal curadas, las septicemias que generaban amputaciones por falta de antibióticos, la pérdida de falanges en los dedos por el esfuerzo de la espada en el cruce de los aceros ignorantes del otro y la segura caída contra la enorme caballería.

Sólo un milagro dejaba entero a cada uno de los que formaban parte de los ejércitos torpes en disciplina o entrenamiento adecuado-. El tronar de las avanzadas por mar -y lo dejó por escrito- cuando las proas en mitad del mar espacioso, las cuales, enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado más espacio que el que concede dos pies de tablas del espolón…viendo que tiene delante de sí tantos ministros de la muerte como cañones que se asestan en la parte contraria, imposibles de esquivar por los torpes movimientos de velas, siempre dependientes de los infieles vientos.

Los regresos al poblado eran con gloria pasajera y con más deseo de mujer abandonada que de recibir panegíricos; los reyes olvidaban pronto los servicios prestados. Había que volver a salir por los caminos de aquella España porque se les había negado empleo, aun cuando sirvieron a tan importante señor en trance de alto riesgo y con secuelas evidentes en el físico. Los hidalgos comandantes que habían armado las expediciones para entrar en combate, muertos que fueron por batalla o edad, terminaron en estatuas, pero las estatuas no retribuían favores; escaseaban los trabajos rurales u oficios de artesanos, los precios de productos y materias primas habían escalado de una forma desmedida, y en los siglos XV y XVI la situación se había vuelto desesperante; el paulatino empobrecimiento de rentas y salarios dejaron a Valladolid, Toledo y Segovia con la mitad de sus habitantes, emigrados todos al nuevo mundo, al igual que Ávila, Castilla, Galicia, Aragón y Valencia.

El camino de Indias había sido emprendido por los hidalgos pobres, francos venidos a menos, menestrales y rústicos, que soñaban con ser señores de indios, propietarios y vecinos de solar conocido para dejar a sus descendientes; aun cuando hubiera que aguantar las penurias y la indiferencia de aquéllos que se quedaban en la metrópoli ignorando la epopeya que imponía la conquista.

Habían hallado la vía navegable a Cipango, sin el riesgo de enfrentar a los otomanos, y colocar en Europa las especies provenientes de la India; una cuestión afrodisíaca y culinaria, terminó por empujar a los navegantes a atropellar contra un nuevo continente, al principio desconocido e ignorado, más tarde, el germen de múltiples consecuencias de todo jaez. El oro y la plata fueron superando la edad de la permuta y su búsqueda movilizaron espíritus, esfuerzos, traiciones y conquistas, para fortalecer las siempre alicaídas arcas reales.

España no podía escapar a la lógica de los efectos incalculables de empresas inesperadas. Las grandes cantidades de metálico que comenzaron a fluir desde México y Perú, generaron un importante desequilibrio de precios y rentas en la península ibérica; aquello que desde un principio se interpretó como una ventaja de la riqueza imprevista, produjo un empobrecimiento general, multiplicación del costo de las mercaderías y una devaluación correlativa del oro y la plata, debido a la repentina abundancia de ambos; en dos siglos, cualquier producto que costaba cuatro reales pasó a valer veinte.

El reino había creído que los metales eran la riqueza misma, y no una representación del trabajo, tal como hoy se ha interpretado a través de los científicos de la economía. La carencia de minas argentíferas, había establecido a la plata como el patrón universal de cambio, y la inundación de este metal que se produjo en España y luego en Europa, provocó en el albur de las amalgamas que se utilizaban para acuñar la moneda, una consecuente escasez de cobre que lo arrastró a Felipe III a prohibir la circulación de alguna de ellas cerca de los puertos, para evitar la migración de la calderilla de feble hacia el extranjero; una de las tantas ilusiones del poder, que prohíben lo imposible.

Quienes llegaban a la América Australis comían carne dos veces por día, prefiriendo abandonar títulos, marcas y condados y devenir en comerciantes, artesanos, y se harían criollos con el tiempo, abonados a los movimientos revolucionarios; no es aconsejable la patria sin comida.

Algunos quedaron en sus burgos natales para narrar, acaso sin mencionarlo, este problema que se había generado en la alteración de la vida doméstica. O bien nunca lo supieron, o bien sabiéndolo lo ignoraron adrede, por razones patrióticas; al fin de cuentas, él, había sido héroe para el hijo de su emperador en la batalla.

 Describió con precisión los pesares por los que atravesaba toda la gente en la empobrecida metrópoli, aun cuando nada dijo de sus causas, acaso por desconocer principios de la ciencia y entusiasmarse con los devaneos literarios de los relatos en prosa; prefirió deambular por la meseta castellana, y lo ignorado fue América, imaginando sus desgracias con una retórica que engañaba a mozas, curas, tenderos y condes. Era una forma también de olvidarse de sí mismo, y dejar de lado los desprecios que había sufrido por parte de aquéllos a los que había servido bien. Prefirió la caballería y descartó la navegación en la expedición de Cortés o Pizarro, tratando de mejorar fortuna sin perder su decoro educado en el honor.

Optó por la cautela de la novela elíptica, romántica y cruda, al panfleto de la denuncia fácil, torpemente periodístico, acaso para evitar un nuevo calabozo que lo hubiera abandonado en la historia pueril de la meseta, de la diatriba fácilmente reconocible por la torpeza intelectual del poder. Ocultó sus designios y no pudieron descubrirlo.

En cada personaje ubicó a traidores, amores, amigos, letrados, borrachines, caminantes, monjes, todos cubiertos por un manto de piedad literaria sobre la realidad agónica, pero de espíritu libre y esperanzado, aventurero. La culpa era de las novelas de caballería, tan delirantes como la sensación de la riqueza fácil.

Selló el carácter de España para siempre; nadie lo advirtió.

El rey y sus censores, incautos en sus aprobaciones, predicaban que el gran escritor había derrotado al odioso género del populacho; se equivocaban, eran ellos los derrotados.

El duque de Béjar, Marqués de Gibraleón, Conde de Benalcázar, Vizconde de la Puebla de Alcocer, Señor de las Villas de Capilla, Curiel y Burguillos, acaso por darse cuenta de la trampa, nunca contestó su dedicatoria por no enemistarse con la monarquía.

Imaginó a un loco haciendo y diciendo locuras, quejándose por escrito de la edad tan detestable como es ésta en la que ahora vivimos; sólo los locos quedan exentos de reproches, y él lo sabía.

La hambruna del rocín y su jinete; la torpeza de Sancho en la ínsula Barataria, cuyo gobierno se fue como sombra y humo por haberse subido sobre las torres de la ambición y de la soberbia; su utopía, la siempre ausente Dulcinea amada, a quien le dio el título de señora de sus pensamientos; su testamento al escudero, al pedirle perdón amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.

Formas solapadas de rebeldía en las perpetuas metáforas.


26 octubre 2024

El tren que dejó de pensar

El fausto de puntualidad ferroviaria hizo que el tren partiera a las 14.12 del lunes, tal como estaba anunciado. Por años se había reclamado el regreso de un servicio que tuvo su prestigio, y que el síndrome del cangrejo argentino descartó, contra la opinión mundial que cultivaba la necesidad de su mantenimiento y el progreso tecnológico de sus velocidades y prestaciones.

            Con coches reacondicionados y vetustos, propios de la Europa de posguerra y que no superan los 90 km/h, se subieron esa tarde con la alegría de saber que había un viaje posible, sereno, con baños limpios y un comedor para distender músculos en el tránsito hacia un café con leche y dos medialunas. Los hombres evitarían los salpicones de los vaivenes de los baños de los ómnibus en las rutas, al colocarse de pie, frente al bamboleante excusado.

Pedro Aguado recordaba episodios de su infancia, viajando en servicios de lujo hacia Mendoza y Mar del Plata con cine abordo, y le bastaba conformarse con este recuerdo del pasado, para mascullar que en un presente distante de lo suntuoso, cuando menos se dejaba advertir alguna clase de promesa para mejorar en tiempos venideros; vio a los empleados del ferrocarril con saco y corbata, controlando boletos e informando a los pasajeros la obligatoriedad de no tirar papel en el inodoro, para evitar la clausura del artefacto aliviador de desechos; los escuchó impartir generosas recomendaciones acerca del uso de auriculares, para no molestar a otros; los niños impactados por el viaje a emprender en aquel grande de metal, imitaban con sus voces el sonido de las bocinas de la locomotora cuando atraviesan un paso a nivel, sorprendidos y expectantes; un piélago de gente buscando su asiento para ubicarse y portando mochilas y bolsos de mano, trasladaba la mitad de sus hogares. Se acomodó frente a una de las generosas ventanillas que le permitirían disfrutar del campo, el sereno ingreso a las estaciones de construcción decimonónica inglesa del recorrido, con andenes somnolientos, perros sorprendidos y respetuosos del paso del monstruo acerado.

Antes de partir, se había desplegado sobre las pequeñas mesas una parafernalia de mates, termos y celulares. Estos últimos encabezaban la lista de adminículos personales; eran portados con un torpe orgullo, como lanzas predispuestas a la batalla en las guerras de la independencia. Más tarde, Pedro se dio cuenta que el combate era verdadero: el enemigo era la especie humana.

Los rostros de los pasajeros tornaron en una presencia de ausencia, similar a la de los muertos, se fueron adhiriendo a las pantallas con gestos de insobornables inteligentes y rictus satisfechos por la pasión de ignorar todo lo que los rodeaba, menos el teléfono; cautivados por un imperio de la información propia -ya se verá- y ajena, que los hace creer libres y cosmopolitas, cuando en realidad son cautivos de la supresión del pensamiento. Una oferta y demanda de naderías que cambia la observación de la realidad y nos digitaliza la vida en el medio de promociones de viajes a Cancún, aun para quienes apenas pueden pagar un subvencionado billete de tren. Pedro me contó estas preocupaciones, a partir del primer episodio que presenció, y lo llevó a un cúmulo de cuestionamientos que pudimos compartir durante una tarde posterior al viaje.

Una señora de más de setenta años, según sus cálculos de sospecha etaria, sentada en diagonal a su asiento, una vez que se ubicó en el mismo, tras confundir su número de plaza por falta de observación de la realidad-cartel, desplegó su mate, tres alfajores, un paquete de galletitas y una tableta electrónica para ver películas; dio inicio de inmediato a una alborozada transmisión de mensajes orales por celular, a siete parientes, reiterando siempre el mismo contenido:  “¡qué alegría!...acabo de conseguir un pasaje para llegar a la operación de mi nieta; le descubrieron un pequeño tumor en su costado izquierdo, y viajo para ayudar a mi hija, aunque sea a cocinar, viste”. Reiteró una y otra vez la declamación de sus preocupaciones familiares, y luego, escuchó en alta voz las siete respuestas de similar y ubicuo formato conmiserativo que recibió de inmediato. Era indudable que había interpretado la solicitud del uso de auriculares, sólo como una sugerencia, y no como una exhortación.

Compartimos con Pedro la siguiente reflexión.  La alegría de la señora no se debía al hecho de realizar el viaje para seguir de cerca el lance quirúrgico de inminente comienzo; tampoco porque podría prestar alguna clase de ayuda en el momento de la controlada atribulación familiar por causa de la salud de la niña. Estaba contenta porque había conseguido un pasaje en tren. Aquéllo que suele ser un trámite normal, y hasta de último momento, en países de economías ordenadas, entre nosotros se convierte en una desventura cotidiana, debido a que en lugar de invertir para colocar más servicios que satisfagan la demanda de estos billetes, se somete a los usuarios a un galimatías propio de una ecuación algebraica, al sólo efecto de adquirir un derecho de viaje, por unos cuatrocientos kilómetros. La abuela se había parado al lado de la ventanilla de ventas, y veinte minutos antes de la partida de la formación, pudo adquirir un billete que devolvió otro pasajero; fue lo primero que había transmitido a su hija, desde el kilómetro cero del recorrido descendente.

Seis pueblos más adelante, se suspendió la operación de la nieta porque llegó al quirófano y no le encontraron el tumorcito; se había ido para adentro, según las literales palabras de quien la mantenía al tanto del episodio hospitalario.

La preocupada señora insistió con frustrar otra vez el intento de siesta erguida de Pedro. En esta segunda ocasión, repitió las siguientes comunicaciones orales de idéntico contenido, anunciando la operatio interruptus, agregando a cada uno de ellas “se escucharon nuestras oraciones, yo sabía, se le fue para adentro, tendrán que buscarlo ahora”. La comunicación pública de ida y vuelta de la pasajera duró no menos de tres horas, en tanto que comenzaron a agotarse las cargas de las baterías de otros concurrentes que también emitían mensajes orales más discretos, pero obstinados; nadie se rendía. Algunos exhibían un segundo celular y otros los enchufaron en los centros de carga del tren. Omitiré los detalles del noviazgo de la divorciada que tenía a su lado mi amigo, porque se alternaban con la cirugía de la locuaz señora de enfrente y el recatado lamento del joven de atrás, por no haber aprobado anatomía en la facultad de medicina, y en definitiva, Pedro pudo haber confundido minucias informativas por lo simultáneo de la murmuración ensordecedora de aquellas congojas. No quedó intimidad por escucharse.

En la mesa del sereno café ubicado en Berutti y Austria, en diálogo cara a cara, compartimos algunas meditaciones que han perdido su autoría, producto de la espontánea y amical conversación.

A través de la amplia ventanilla, mi amigo vio cómo se acumulaban palmo a palmo, kilómetros enteros de vacas, caballos, ovejas, chacras, los indiferentes silencios de los alambrados de la llanura bonaerense y sus posibilidades de serena observación, que invitaban a una pausa de la rutina; sobre las cosas transita la inteligencia porque ellas la estimulan, a través de la reacción visual que provocan. Al evitarse la activación de los sistemas neuronales que dan vida a las ideas en el hombre, se ignoran sus principios, y con ésto, el ordo amoris que mencionaba San Agustín, mediante el cual se administra la intensidad de los afectos que se le otorga a cada objeto, según su importancia y el grado de amor que le corresponde; sólo el objeto (aquéllo que está enfrente), puede ser materia de conocimiento y sensibilidad de parte del sujeto. Incluido el sujeto mismo.

No cabe duda que para el informatus sapiens, las cosas no están en la realidad de lo cercano; habita en la nube imaginaria que le lleva la mirada a una pantalla y le impide ver al costado o al frente, al otro o a los otros. Aun en los mecanismos de educación formal sería imposible sostener a un niño durante horas prestando atención a un maestro, sin concederle un recreo; sin embargo, el mismo púber o sus padres podrán estar igual o más tiempo, soldados al mundo digital como verdaderas víctimas de la anestesia electrónica moderna, sin que adviertan la necesidad de ir al baño.

Vivir en el mundo virtual deriva en una innecesaria acumulación de datos que hacen las veces de una enorme biblioteca, cuyos libros apenas se conocen por sus portadas, desaparece la razón y gana espacio la ausencia de recuerdos en la especie humana; la máquina y la nube pasan a ser exclusivas propietarias de la inteligencia -artificial- y la memoria, y ésto suprime una vez más, el pensamiento. Pedro barruntó que sólo progresarán en la competitiva sociedad moderna, aquéllos que sepan distinguir que tales adminículos son un medio y no un fin en sí mismo. Concedo que podría tener razón; el resto dedicará su tiempo a reclamar derechos de consumo.

Si el hombre no controla la ansiedad de las ofertas electrónicas que le dispensan sus aparatos, se ve incentivado hacia viajes oníricos que lo llevan a lugares lejanos, pequeñas y sintéticas historias intrascendentes mediante imágenes de otros, a vivir sensaciones o mundologías que no le son propias, en síntesis, a auscultar un presente efímero que lo deja sin futuro. Al perder la noción de pensamiento propio, se pierde la idea del recuerdo, y con ésto, queda desprendido de los afectos, alejándose de lo real.

Lo real es reemplazado por la noticia lejana y nos lleva a sustituir la verdad por el comentario, a veces inexacto y malintencionado, sobre un hecho determinado pero ajeno. La primicia -forma retórica de la ansiedad periodística- por apresurada, en ocasiones suprime parte de la verdad.

A medida que avanzaba su tren, mi amigo seguía confrontando los dos paradigmas que observaba: por su ventanilla transitaba la vida; el sol de invierno apenas medrando las huertas de hortalizas de temporada, apoyaba su efímero calor sobre las boinas vascas de los paisanos que cuidaban la hacienda montados en sus caballos, que sentían el frío en sus caras y conocían la escarcha de las seis de la mañana, porque la baja temperatura era mucho más que un numerito en la pantalla del teléfono. En el interior del tren, un espectáculo circense de negadores de todo aquéllo que se veía afuera, deudores para siempre de una caminata por el campo, del sabor de un litro de leche recién obtenido en alguna de las vacas que pastaban en la perpetua pampa; conocerían todo por fotos, mensajes de corta duración, reiteradas mojigaterías instantáneas, olvidables desde el mismo momento en que se emiten.

Pedro miraba hacia el campo en un intento de abstracción de aquella escena, y advirtió a lo largo del trayecto que hasta los animales tornaban la vista sorprendidos por el paso del tren, ellos entendían que en el mundo había cosas para ver, diferentes de su especie, con la que conviven todos los días en el medio de los pastos. Por el contrario, a las personas no le llamaba la atención aquel cosmos original que se destilaba por el flanco de las vías, y hasta hace poco tiempo pagaban entradas para verlos en los vetustos zoológicos; ignoraban que el pasaje adquirido para el viaje, además del traslado, incluía una apreciada platea al espectáculo de la naturaleza.

La denominada inteligencia artificial los dotará de celeridad para el espasmo neuronal, terminará anulando el pensamiento, elegirá el algoritmo y no el hombre, y los buscadores seguirán actuando subrepticiamente como agentes a sueldo de gobiernos totalitarios que se asignan la libertad de elección de los contenidos bajo un mandamiento comercial. Los esclavos de la Roma Cesárea han mutado en autoesclavos.

La especie humana ya se confundió cuando bajó a la tierra el edén prometido en la Biblia, para convertirlo primero en el milenarismo del mercado (homo economicus), luego en la cosmovisión  de la dictadura del proletariado con su utópico paraíso terrenal al final de la historia (homo faber) y ahora ha quedado atrapada como el homo ludens, desorientada en el mundo digital y despreciando su propia inteligencia, regalando su intimidad al atormentar a sus ocasionales vecinos de ruta con historias sin ningún interés para otros. Algunos personajes despreciables, ocultan su identidad y crean perfiles anónimos para atacar a otros, cuestión que los convierte en verdaderos canallas, porque ésto en el barrio no se hacía, por temor a la segura réplica de la trompada ajusticiadora del agraviado; se esconden en la trinchera de una pantalla cobarde y lejana.

Algunos conocen a sus hijos sólo por las cuantiosas fotos de las vacaciones y las ofrecen en las redes sociales para que pasen a integrar la colección que anida en los ordenadores de los enfermos pedófilos, que en nada se interesan por saber si estás en una playita con la nena de tres años porque sólo buscan la foto de la nena; el homo sapiens en etapa de rendición.

Por años, los doctores de la ley trataron de decodificar en los Libros Sagrados dónde se ubicó el edén de la tragedia inicial. Los estudiosos de la Torá hicieron mil alquimias con los números, pero todo fue ineficaz: ni rastros de los frutos prohibidos. Isaías Hurwitz, uno de los más sabios cabalistas del siglo XVII, buscó la puerta del cielo (Sa’ar Hassamayin); resulta por demás curioso, que las recientes generaciones crean que la han hallado en una pequeña pantalla.

Pedro también recordó una curiosa observación de Umberto Eco, en orden a una paradojal relación entre el software y la entidad a la que  se le llama alma, toda vez que el mundo de la electrónica transfiere mensajes de un lugar a otro sin perder sus características, y sobreviven como un inmaterial algoritmo cuando abandonan un teléfono y se trasladan hacia una computadora, recordando imágenes, recados, es decir, conservando sus propiedades originarias; por esta vía explicaba la posibilidad de la muerte y la resurrección -aun si decirlo explícitamente-, debido a la conservación en algún lugar del algoritmo intangible del alma, que luego de la desaparición física, permitiera su reproducción exacta. Con el recuerdo del filólogo italiano, Pedro sugería, que esa paradoja invitaría a pensar que existe el Espíritu Santo, toda vez que hasta la palabra ghost fue utilizada por la informática en sus primeros tiempos, y mediando esta tecnología, resulta sencillo escribir en español con el programa adecuado, y efectuar una traducción simultánea a múltiples idiomas.

Todo ello, mediante una interminable e incomprensible combinación de numeritos binarios. Claro está, que una sugerencia de esta naturaleza, nos llevaría a pensar que la humanidad se ha vuelto religiosa sin saberlo, por la Gracia de aquel miembro de la Trinidad, y en función de lo expuesto, se manifiestan sus dones, tales como el de hablar todas las lenguas y la ubicuidad universal. Nos propusimos dejar esta cuestión para los estudiosos de la metafísica o la informática.

Mi amigo tuvo ocasión de leer estas líneas sobre los hechos que provocaron sus preocupaciones y las mías. Se limitó a comentarme que no compartía el epígrafe que le asigné, porque los trenes mantienen un logos, una lógica mecánica y autómata pero inteligente, que los lleva en general, a no abandonar las vías por causa de distracciones banales, y así nos trasladan de un lugar a otro; es el hombre quien pareciera estar perdiendo su camino de hierro: pensar y mantenerse en una individualidad decorosa, en tanto integrante de una comunidad que debiera superar las conductas imitativas de los simios y el parloteo torpe de los loros.

Tenía razón en orden al título de mi comunicación, pero en el preciso momento de editarla me distraje con un llamado entrante del celular, y olvidé cambiarlo.

No dejo de pensar en los reiterados mensajes de la señora que había orado y transmitido el motivo de sus plegarias por el ghost de su teléfono ¿habrá sido escuchada por Alguien, y se produjo el milagro de la desaparición del tumorcito de la nieta?


09 abril 2024

Una posible vindicación de Juanito.


    Juanito Gamallo tenía 58 años en 1924. Vino al mundo en la calle de los Dolores 3, Padrón, provincia de la Coruña, en la propiedad familiar que siempre ocupó. Por faena del destino decidió viajar a Buenos Aires en aquel año, a modo de conclusión de un sostenido esfuerzo que había hecho toda la familia. Tiempo atrás habían decidido con su mujer, enviar a todos sus hijos a América, de dos en dos, porque estaban abiertas las heridas de la guerra de Filipinas y temían lo peor: un nuevo reclutamiento; los primeros fueron los mayores, y así, escalaron la aventura, hasta el turno de Carmen y las dos últimas hijas menores, que embarcaron con Juanito; diré tan solo para el placer de los calculistas, que el matrimonio había concebido un total de 22 vástagos, pero sólo 15 participaron del emprendimiento, debido a que el resto falleció por cuestiones propias de la humilde medicina de la época. 

    Mientras transitaban en carreta los caminos ripiosos y polvorientos que los depositaron en el muelle de embarque, aquel padre fue repasando con silenciosa melancolía los hórreos de cámara rectangular y rusticidad pétrea, ese testimonio arquitectónico celta provisto de ásperas columnas y difundidos por las cantigas de Santa María; el verde húmedo de los prados, los encuentros con los caminantes hacia la tumba del Apóstol, las vides que sombreaban las estrechas sendas, el humo de las chimeneas de las piedras apiladas formando villorrios; la paciencia de los burros en la tarea del segado de pasto en las montañas, caminando entre cabras, pavos, alguna vaca, y los compasivos cementerios de la campiña; pasaron un valle tras otro, hasta hundirse los viajeros en la ría grande del puerto. 

    El barco zarpó de Vigo, pero las dos pesetas que ganaba por jornada como platero en la catedral de Santiago de Compostela, nunca hubieran alcanzado para costear los gastos de cuatro pasajes en la última clase del vapor Formose. Sólo las remesas de dinero de los hijos mayores y la venta de la única propiedad, macilenta por el número de habitantes que se habían calentado en derredor de su fogón durante más de cincuenta inviernos, dieron lugar al traslado final, que se creía auspicioso y definitivo; sobre las piedras de esa casa quedó el vestigio de las pobres dietas de varias generaciones. El viaje no fue distinto al de otros emigrantes, incómodo por los vómitos de los primeros días y el apilamiento en un sector del buque privado de comodidades, sólo era sobrellevado por el recuento de la abundancia que informaban las cartas de los hijos mayores. La Argentina era tierra de ofrecimientos. Y así fue; aquellos que los precedieron fueron trabajando sin problemas.

    Cuando desembarcó en la capital del Plata, le bastaron pocos días para advertir que no le sentaba el aire pegajoso y afiebrado de las sudestadas del invierno, el bochornoso y agobiante verano austral; no le sentaba la falta de montañas, un río que no era su mar, y una dieta que excluía el aceite de oliva, el rioja y el pan de masa madre en el horno de leña doméstico con entrepernado de jamón ibérico. Carmen tampoco le sentaba demasiado; luego de haber parido tantos hijos, y a causa de un carácter demasiado duro, ajeno a las sutilezas del canon matrimonial de estilo para la época; muchas órdenes y poca obediencia. 

    Se volvió solo a España, quedando toda su familia en el exilio de su afecto, y barruntando para sus insomnios, los motivos de la desnaturalizada decisión. Por aquellos años, la psicología no era una ciencia, y en la distancia del tiempo y por el albur de las suposiciones, sólo cabía vaticinar que había dejado algún amor prohibido, acaso con más hijos, en la Galicia que sangraba migrantes, con la ayuda de su oficio que lo llevaba a vagar, cincelando las iglesias gallegas; los benignos, especularon con que le faltaba el pulpo a feira, los chorizos con cachelos, el cocido gallego, la orella o las xoubas. Sus hijos poco hablaron de la cuestión y lo imaginaron trabajando nuevamente en la grandiosa catedral, formando un nuevo hogar o prolongando uno anterior, sin deseos ni expectativas de volver a verlo, debido al siempre inoportuno abandono. 

    La historia, de allí en más, le dejó reservado en la familia el sitio de los canallas, de los gitanillos vividores y saltimbanquis que van de pueblo en pueblo labrando plata, engañando y embarazando mujeres para que se entretengan en sus ausencias de circo errante; un hogar aquí, otro por allá, y el padre siempre con excusas de trabajo, distancias, desparramando genes para huir de la rutina policial hogareña; nada más se supo de él. 

    Tengo ante mí, una carta de 1928 firmada por Juanito, y que hallé en manos de un anticuario y coleccionista de sellos postales en la calle José Gómez Posada Curros 10, Vigo, y que la había guardado para darle justicia en algún siglo, a alguna historia familiar; se puede leer en aquel papel con trabajosa caligrafía y que nunca llegó a enviarse: “… Dígovos que despois do meu regreso confirmouse a miña sospeita; padecía unha tuberculose que me impedía respirar alí o aire; volvín ao aire dos montes de Padrón, agardando a miña morte; esta é a miña terra... os meus fillos están a salvo de calquera guerra…”.

Se desconoce la fecha y el lugar de su muerte.


Acamapichtli

  El manuscrito no es ilegible, pero estaba traspapelado, imprudente forma del olvido. Le fue dado todo el poder porque la tarea no era fá...