Sentado en un viejo baúl en la casa de sus abuelos
reflexionaba una y otra vez acerca de los motivos por los cuales no tenía
futuro. Se dijo a sí mismo, y ante un constante aliento de sus amigos, que
debía encontrar la fórmula para resolver el estado de quietud que
lo enraizaba a la habitación, no le permitía salir de lo conocido, explorar
posibilidades de vida que superaran la rutina de los horarios prefijados,
heredados por generaciones de culto familiar y social. Él creía que existían
otros horizontes, estaba seguro de poder hallarlos.
Se entregó a la fatiga de revisar una escasa biblioteca
instalada en la misma despensa en la que yacía el cofre sobre el que se había
apoyado, donde también estaban dispuestos estantes con alimentos secos,
conservas, un lavarropas y tres sogas para colgar las prendas lavadas en los días de lluvia. El olvido de su tío había dejado esos libros,
emigrado de la casa familiar por razones de matrimonio, o acaso,
convenientemente dispuestos allí, por haber pensado que superada la era de la
tracción a sangre, el motor a explosión los había transformado en un artículo
de museo y no tenían más nada que ilustrar. Si bien se parecían a los prolijos
tomos del ‘Tesoro de la Juventud’, no había duda que pertenecían a alguna
colección cuyo nombre no le quedó registrado, pero suficientes en cuanto a su
contenido, para disparar artilugios del pensamiento que lo movilizarían por
algunos meses.
Los primeros días descubrió que a Juan Jacobo Rousseau se le
ocurrió inclinar el eje del planeta, al advertir que el hombre nacía bueno y
luego la sociedad lo corrompía; quedó impactado por semejante variación de
aquéllo que había leído de Caín y Abel en la Biblia familiar, la manzana y la
serpiente, y todo lo que sería escrito interpretando que había una tendencia
hacia el mal en el bípedo erguido y no en la sociedad, y por eso mismo, Cristo
había bajado a la tierra para redimirlo. Le pareció extraña la propuesta, más
aun, porque no se mencionaba a ningún Dios o dios, que respaldara el aserto; se
advertía una especie de temeraria idea en el escritor francés, un capricho de
barrio lanzado para la afiebrada imaginación de un mundo que siempre quiere
cambiar las cosas, aunque no siempre sepa para qué. Pensó ‘habrá sido el
progreso’.
La radio cercana de su abuela transmitía un reportaje a un señor
que no conocía y que explicaba en forma académica que las sociedades modernas
tienen cárceles para recuperar a quienes delinquen, educarlos, y devolverlos a
su casa para que continúen trabajando, sin molestar a nadie. Un aserto de doctrina
recogido de una ley importante o algo así. Esta ocasional distracción que lo
separó de su momento reflexivo puro, le generó una paradojal idea ¿Si al hombre
lo corrompía la sociedad cómo podría ser la misma sociedad en sus cárceles la
que le quite el baño de corrupción que ella misma le proporciona? En una
primera respuesta no se cuestionó demasiado y concluyó que era posible que si
era la sociedad la que corrompía, también tuviera la fórmula del antídoto para
hacerlo cesar en su estado de corrupción; después interpretó que esto no tenía
sentido alguno, y además generaba un exceso de gastos de los tesoros públicos
en el mecanismo de corromper para luego quitar la corrupción; no dejó de sugerirse
que si las personas eran buenas al conformar una sociedad, no tenía por qué la
sociedad transformarse en mala por la simple adición o colección de buenos; tomó
en cuenta una posibilidad remota pero cierta: la existencia de otros factores
que influyan en el proceso, que no se hubieran analizado. Decidió emprender
esta tarea sabiendo que el hombre era bueno, ignorando a la serpiente y a la
manzana.
Los tomos eran vetustos, pero tenían detallados e
interesantes registros de una historia que él no conocía, y que por su misma
condición de historia, tenía la vigencia de un presente que había pasado pero
que había sido. Estaban ordenados y bien encuadernados, por temas y orden
alfabético y cronológico, tal como suele ocurrir en este tipo de obras
universales. Los fondos documentales de esa época informaban poco sobre civilizaciones
antiguas y la edad media; había más prejuicios históricos que verificaciones
científicas en ambos casos. De todas formas, al ginebrino lo halló en el
segundo ejemplar, sobre un total de quince que allí dormían por falta de
lectura habitual.
Cuando barrenaba con sus
dedos por la ‘D’, descubrió a Desttut de Tracy, uno de los
primeros escritores que aportó un significado al término ideología, como expresión histórico-social de un grupo, en tanto
superestructura espiritual de fuerzas que no tienen nada de espirituales, intereses
de clase, motivaciones colectivas inconscientes o condiciones concretas de la
existencia en sociedad. Debido a que no tenía mucho más por hacer, se dijo a sí
mismo, voy a convertirme en un ideólogo; pareciera que es prestigioso y dejaré
de lado la intención de ser médico, ingeniero o arquitecto. Ellos apenas
conocen una porción de la realidad, técnica, fría y seccionada.
Según
lo planeó, primero debía hallar una idea para poder ser ideólogo; por lo que
sospechaba que bastaría con una idea con pretensión de importancia. Además,
debía ser posible transformarla en una relativa interpretación de la
realidad, hacia un absoluto imprescindible con el cual todo se explique y
justifique. Sabía que la cuestión no era sencilla, pero tenía muy claro que con
semejante alquimia se transformaría en el indispensable hombre que quería ser.
En primer término, revisó a lo largo de aquella concentración de sabiduría que
se advertía entre los libros que había hallado, los logos
correspondientes a otros hombres para no caer en el absurdo de la reiteración,
y en consecuencia, el descarte o el olvido, por parte de quienes lo escuchen al
formular sus planteos.
No
quería problemas con la religión, cuestión de presbíteros -se dijo-, motivo por
el cual desechó todo intento de explorar cualquier clase de mecanismo que lo
condujera a la idea de Dios; interpretó que bastaba con desconocer esa porción
de la realidad, ignorarla, para dar por sentado que podría elegir algún otro
ingenio para generar una obra literaria que se imponga como éxito de ventas por
lo sabio de sus razonamientos.
Estaba seguro de poder forjar una nueva ciencia por
simple voluntarismo, aun cuando no sabía, si discurriría por campos propios de
lo exacto, matemático o geométrico, o en su lugar, hallaría principios que
permitieran cambiarle la vida a la gente mediante la economía o cosas similares.
En el proceso de sus meditaciones estaba decidido a
sustituir a la metafísica por la ideología, en la idea de engendrar cuando más
no sea una noción de bienestar, consciente de que la ciencia es extraña a todo
juicio valorativo, y por lo tanto no se la puede calificar de moral o inmoral;
este último aspecto sería descartado porque ya se había discutido mucho en la
historia sobre estas cuestiones perdiéndose un tiempo necesario para mejores
empeños. Por otra parte, tenía claro en apartar a la metafísica, debido a que
la gente estaba feliz o triste, pero siempre viviendo el día de su fecha y no
se hallaba interesada en conocer qué pasaría dentro de una semana; el mero
momento les impedía cualquier idea que lo transportara un poco más allá del
barrio o en el tiempo.
En la mezcla de autores que fue deshilachando advirtió
que no tenía sentido dar respuesta alguna a la cuestión de Dios, tal como había
hecho Friedrich Nietzsche, sino que era mejor suprimirlo como problema. Para qué perder tiempo con cuestiones que están más
allá de lo que podemos ver.
Quería avanzar en el desarrollo de una lógica cuyo
objeto sea el presente en el que se plantea y se aplique como tal. Estaba
seguro que la ideología era un formidable instrumento de explicación de la
presente situación de nuestra sociedad que se exhibe bajo un aspecto claramente
tecnológico, cruel, economicista.
También descartó materias conflictivas y que ya se habían
enunciado como la libertad, el mercado, la revolución y la lucha de clases, la
patria, la guerra justa, la modernidad. Todas fracasadas por el enceguecimiento
de sus propulsores y la frustración de sus destinatarios; sobre cada una de
ellas tuvo tardes enteras de reflexión, y aun sin desconocer que todas dejaron
alguna huella, también debía admitirse que no lograron abarcar una efectiva
vigencia en la totalidad del hombre.
El amor, esa especie de sentimiento agradable y doloroso al
mismo tiempo, ya estaba inscripto en el marco de otros intentos, y su eventual
utilización como soporte de la ideología que pretendía afirmar, hubiera
aparecido como un simple mecanismo que no llegaba a explicar el todo que procuraba
abarcar.
Había escuchado hablar de la
posverdad, pero los libros que estaban a su alcance en el ámbito del baúl de
los abuelos, no habían llegado a conocer la época en la cual podía suponerse que
luego de la verdad podía haber algo, que sin ser verdad, sea verdadero. Se
preguntaba qué significaba estar parado después de la verdad, y lo cierto es
que las respuestas que elucubraba, no hacían más que desorientarlo: si
estábamos en una era posterior a la verdad, no podía haber verdad; con lo cual,
se había matado a la verdad -ya no era necesaria- o bien pretendía ignorársela
con alguna finalidad de difícil elucidación. Advertía con claridad que vivir
sin verdad era como negarle una brújula a Cristóbal Colón, mientras seguía sin
encontrar una idea que lo transformara en ideólogo.
Le pareció oportuna la sustitución de la verdad por la mentira eficaz; por aquellos años en el barrio vivía un vecino que había comprado el primer televisor que salió a la venta. Para escuchar una primera transmisión, invitó a todos sus conocidos, quiénes sorprendidos por el aparato que transportaba la realidad de un lugar a otro, observaban la forma en que una reconocida actriz intentaba vender una máquina para hacer tallarines, a través del sutil artilugio del aviso publicitario; la mujer ilustró sobre las bondades técnicas y casi humanas del artefacto en no menos de diez minutos, prodigando su intervención en detallar cualidades del invento. Su abuela, presente en el acto oficial y barrial de la inauguración de la televisión, había sentenciado: “nunca será como el palo de amasar con el que estiro mis tallarines”. El episodio le había permitido sospechar a la mentira eficaz, y el tiempo siempre sazonador del olvido y de la razón, terminó por demostrarle que a pesar de todo desaparecieron los palos de amasar y las abuelas, imponiéndose aquel aparato...
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Agradezco el seguimiento de ustedes, y seguiré publicando otras reflexiones en este mismo blog. Saludos cordiales.
Juan López de Rivero.
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Agradezco a quien comenta porque acompaña el sabor de la escritura, que siempre es de a dos: escritor y lector.