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02 septiembre 2023

El hombre que buscaba una idea.

    Sentado en un viejo baúl en la casa de sus abuelos reflexionaba una y otra vez acerca de los motivos por los cuales no tenía futuro. Se dijo a sí mismo, y ante un constante aliento de sus amigos, que debía encontrar la fórmula para resolver el estado de quietud que lo enraizaba a la habitación, no le permitía salir de lo conocido, explorar posibilidades de vida que superaran la rutina de los horarios prefijados, heredados por generaciones de culto familiar y social. Él creía que existían otros horizontes, estaba seguro de poder hallarlos.

    Se entregó a la fatiga de revisar una escasa biblioteca instalada en la misma despensa en la que yacía el cofre sobre el que se había apoyado, donde también estaban dispuestos estantes con alimentos secos, conservas, un lavarropas y tres sogas para colgar las prendas lavadas en los días de lluvia. El olvido de su tío había dejado esos libros, emigrado de la casa familiar por razones de matrimonio, o acaso, convenientemente dispuestos allí, por haber pensado que superada la era de la tracción a sangre, el motor a explosión los había transformado en un artículo de museo y no tenían más nada que ilustrar. Si bien se parecían a los prolijos tomos del ‘Tesoro de la Juventud’, no había duda que pertenecían a alguna colección cuyo nombre no le quedó registrado, pero suficientes en cuanto a su contenido, para disparar artilugios del pensamiento que lo movilizarían por algunos meses.

    Los primeros días descubrió que a Juan Jacobo Rousseau se le ocurrió inclinar el eje del planeta, al advertir que el hombre nacía bueno y luego la sociedad lo corrompía; quedó impactado por semejante variación de aquéllo que había leído de Caín y Abel en la Biblia familiar, la manzana y la serpiente, y todo lo que sería escrito interpretando que había una tendencia hacia el mal en el bípedo erguido y no en la sociedad, y por eso mismo, Cristo había bajado a la tierra para redimirlo. Le pareció extraña la propuesta, más aun, porque no se mencionaba a ningún Dios o dios, que respaldara el aserto; se advertía una especie de temeraria idea en el escritor francés, un capricho de barrio lanzado para la afiebrada imaginación de un mundo que siempre quiere cambiar las cosas, aunque no siempre sepa para qué. Pensó ‘habrá sido el progreso’.

    La radio cercana de su abuela transmitía un reportaje a un señor que no conocía y que explicaba en forma académica que las sociedades modernas tienen cárceles para recuperar a quienes delinquen, educarlos, y devolverlos a su casa para que continúen trabajando, sin molestar a nadie. Un aserto de doctrina recogido de una ley importante o algo así. Esta ocasional distracción que lo separó de su momento reflexivo puro, le generó una paradojal idea ¿Si al hombre lo corrompía la sociedad cómo podría ser la misma sociedad en sus cárceles la que le quite el baño de corrupción que ella misma le proporciona? En una primera respuesta no se cuestionó demasiado y concluyó que era posible que si era la sociedad la que corrompía, también tuviera la fórmula del antídoto para hacerlo cesar en su estado de corrupción; después interpretó que esto no tenía sentido alguno, y además generaba un exceso de gastos de los tesoros públicos en el mecanismo de corromper para luego quitar la corrupción; no dejó de sugerirse que si las personas eran buenas al conformar una sociedad, no tenía por qué la sociedad transformarse en mala por la simple adición o colección de buenos; tomó en cuenta una posibilidad remota pero cierta: la existencia de otros factores que influyan en el proceso, que no se hubieran analizado. Decidió emprender esta tarea sabiendo que el hombre era bueno, ignorando a la serpiente y a la manzana.

    Los tomos eran vetustos, pero tenían detallados e interesantes registros de una historia que él no conocía, y que por su misma condición de historia, tenía la vigencia de un presente que había pasado pero que había sido. Estaban ordenados y bien encuadernados, por temas y orden alfabético y cronológico, tal como suele ocurrir en este tipo de obras universales. Los fondos documentales de esa época informaban poco sobre civilizaciones antiguas y la edad media; había más prejuicios históricos que verificaciones científicas en ambos casos. De todas formas, al ginebrino lo halló en el segundo ejemplar, sobre un total de quince que allí dormían por falta de lectura habitual.

    Cuando barrenaba con sus dedos por la ‘D’, descubrió a Desttut de Tracy, uno de los primeros escritores que aportó un significado al término ideología, como expresión histórico-social de un grupo, en tanto superestructura espiritual de fuerzas que no tienen nada de espirituales, intereses de clase, motivaciones colectivas inconscientes o condiciones concretas de la existencia en sociedad. Debido a que no tenía mucho más por hacer, se dijo a sí mismo, voy a convertirme en un ideólogo; pareciera que es prestigioso y dejaré de lado la intención de ser médico, ingeniero o arquitecto. Ellos apenas conocen una porción de la realidad, técnica, fría y seccionada.

    Según lo planeó, primero debía hallar una idea para poder ser ideólogo; por lo que sospechaba que bastaría con una idea con pretensión de importancia. Además, debía ser posible transformarla en una relativa interpretación de la realidad, hacia un absoluto imprescindible con el cual todo se explique y justifique. Sabía que la cuestión no era sencilla, pero tenía muy claro que con semejante alquimia se transformaría en el indispensable hombre que quería ser. En primer término, revisó a lo largo de aquella concentración de sabiduría que se advertía entre los libros que había hallado, los logos correspondientes a otros hombres para no caer en el absurdo de la reiteración, y en consecuencia, el descarte o el olvido, por parte de quienes lo escuchen al formular sus planteos.

    No quería problemas con la religión, cuestión de presbíteros -se dijo-, motivo por el cual desechó todo intento de explorar cualquier clase de mecanismo que lo condujera a la idea de Dios; interpretó que bastaba con desconocer esa porción de la realidad, ignorarla, para dar por sentado que podría elegir algún otro ingenio para generar una obra literaria que se imponga como éxito de ventas por lo sabio de sus razonamientos.

    Estaba seguro de poder forjar una nueva ciencia por simple voluntarismo, aun cuando no sabía, si discurriría por campos propios de lo exacto, matemático o geométrico, o en su lugar, hallaría principios que permitieran cambiarle la vida a la gente mediante la economía o cosas similares.

    En el proceso de sus meditaciones estaba decidido a sustituir a la metafísica por la ideología, en la idea de engendrar cuando más no sea una noción de bienestar, consciente de que la ciencia es extraña a todo juicio valorativo, y por lo tanto no se la puede calificar de moral o inmoral; este último aspecto sería descartado porque ya se había discutido mucho en la historia sobre estas cuestiones perdiéndose un tiempo necesario para mejores empeños. Por otra parte, tenía claro en apartar a la metafísica, debido a que la gente estaba feliz o triste, pero siempre viviendo el día de su fecha y no se hallaba interesada en conocer qué pasaría dentro de una semana; el mero momento les impedía cualquier idea que lo transportara un poco más allá del barrio o en el tiempo.

    En la mezcla de autores que fue deshilachando advirtió que no tenía sentido dar respuesta alguna a la cuestión de Dios, tal como había hecho Friedrich Nietzsche, sino que era mejor suprimirlo como problema. Para qué perder tiempo con cuestiones que están más allá de lo que podemos ver.

    Quería avanzar en el desarrollo de una lógica cuyo objeto sea el presente en el que se plantea y se aplique como tal. Estaba seguro que la ideología era un formidable instrumento de explicación de la presente situación de nuestra sociedad que se exhibe bajo un aspecto claramente tecnológico, cruel, economicista.

    También descartó materias conflictivas y que ya se habían enunciado como la libertad, el mercado, la revolución y la lucha de clases, la patria, la guerra justa, la modernidad. Todas fracasadas por el enceguecimiento de sus propulsores y la frustración de sus destinatarios; sobre cada una de ellas tuvo tardes enteras de reflexión, y aun sin desconocer que todas dejaron alguna huella, también debía admitirse que no lograron abarcar una efectiva vigencia en la totalidad del hombre.

    El amor, esa especie de sentimiento agradable y doloroso al mismo tiempo, ya estaba inscripto en el marco de otros intentos, y su eventual utilización como soporte de la ideología que pretendía afirmar, hubiera aparecido como un simple mecanismo que no llegaba a explicar el todo que procuraba abarcar.

    Había escuchado hablar de la posverdad, pero los libros que estaban a su alcance en el ámbito del baúl de los abuelos, no habían llegado a conocer la época en la cual podía suponerse que luego de la verdad podía haber algo, que sin ser verdad, sea verdadero. Se preguntaba qué significaba estar parado después de la verdad, y lo cierto es que las respuestas que elucubraba, no hacían más que desorientarlo: si estábamos en una era posterior a la verdad, no podía haber verdad; con lo cual, se había matado a la verdad -ya no era necesaria- o bien pretendía ignorársela con alguna finalidad de difícil elucidación. Advertía con claridad que vivir sin verdad era como negarle una brújula a Cristóbal Colón, mientras seguía sin encontrar una idea que lo transformara en ideólogo.

    Le pareció oportuna la sustitución de la verdad por la mentira eficaz; por aquellos años en el barrio vivía un vecino que había comprado el primer televisor que salió a la venta. Para escuchar una primera transmisión, invitó a todos sus conocidos, quiénes sorprendidos por el aparato que transportaba la realidad de un lugar a otro, observaban la forma en que una reconocida actriz intentaba vender una máquina para hacer tallarines, a través del sutil artilugio del aviso publicitario; la mujer ilustró sobre las bondades técnicas y casi humanas del artefacto en no menos de diez minutos, prodigando su intervención en detallar cualidades del invento. Su abuela, presente en el acto oficial y barrial de la inauguración de la televisión, había sentenciado: “nunca será como el palo de amasar con el que estiro mis tallarines”. El episodio le había permitido sospechar a la mentira eficaz, y el tiempo siempre sazonador del olvido y de la razón, terminó por demostrarle que a pesar de todo desaparecieron los palos de amasar y las abuelas, imponiéndose aquel aparato...

El cuento completo se puede leer en Amazon bajo el título "Cuentos de Metafísica" en el siguiente vínculo https://www.amazon.com/s?k=cuentos+de+metafisica&i=stripbooks&crid=2SYJPAP6DZVJZ&sprefix=%2Cstripbooks%2C356&ref=nb_sb_ss_recent_1_0_recent

Agradezco el seguimiento de ustedes, y seguiré publicando otras reflexiones en este mismo blog. Saludos cordiales.

                                    Juan López de Rivero.

 


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